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La inmersión permanente en el inframundo: movilidad y transporte público en la Venezuela de 2018.

Imagen: El Carabobeño.

“El infierno es vivir día a día sin saber la razón de tu existencia”  Marv (Mickey Rourke), Sin City

El epígrafe de marras expresa de manera sintética el tormento alienante que experimentan millones de personas de todas las edades de las áreas urbanas y suburbanas de Venezuela al zambullirse en el caos cotidiano del transporte. Inserta en el marco de la crisis estructural que azota a nuestra sociedad, con su enrarecida atmósfera de penuria material, fatiga crónica, anomia, violencia, escepticismo, degradación e indignación,  la crisis de la movilidad y, en particular, del transporte público, resumen en gran parte el colapso de la aspiración a la modernidad petroadicta y trepidante que ha orientado en gran medida el imaginario colectivo de nuestra nación durante varias décadas. Ciertamente el origen de la debacle humanitaria que hoy padecemos en nuestros desplazamientos del día a día se remonta a períodos anteriores. No obstante la entropía, la arbitrariedad y la incertidumbre que nos cercan y  hostigan en las vías de circulación, calles, avenidas, carreteras y autopistas, túneles, puentes, rieles, pistas, paradas y estaciones, así como en los distintos artefactos que utilizamos para movernos y transportarnos, alcanzan en la actualidad un grado superlativo, propiamente terminal. Buses y microbuses, “perreras”, trencitos, camiones, automóviles particulares, enjambres de motocicletas, escasos ciclistas y aventurados peatones, serpentean en el oleaje asfáltico cundido de hoyos, hundimientos y parches,  en medio del furor de los frenos, de las tóxicas nubes provenientes de los escapes, del motín de cornetas, bocinas, gritos e insultos desatado por el creciente irrespeto a semáforos, paradas y demás señalizaciones. Vagones de metro y ferrocarril  atestados, calurosos, malolientes, sacudidos por frenazos intempestivos, detenidos o accidentados frecuentemente por fallas eléctricas, tumultos, déficit de empleados y, en ocasiones,  por  razones que no se ventilan públicamente;  unidades de transporte superficial que circulan en un estado deplorable con conductores que manejan como si llevaran tubérculos y no personas, pasto recurrente de delincuentes y policías cobradores de peaje,  con asientos y ventanas rotas, puertas clausuradas y huecos en la carrocería que fungen de  accidentales sistemas de ventilación;  interminables  colas de sufridos  usuarios, con prolongados tiempos de espera, sometidos a la inestabilidad del pasaje, que emplean horas y horas en trayectos cuyas circunstancias oscilan entre el stress y el aburrimiento;  todo ello y más conforma un universo desbocado y cruel que se ensaña contra los más débiles y desfavorecidos, pero cuyos efectos desquician la vida de todas las capas de la sociedad.

Para dar cuenta de  las causas de este penoso panorama no basta el argumento simplista de la baja de los precios del petróleo,  el manido discurso oficial  de la “guerra económica” y la denuncia de pasadas acciones de calle violentas por parte de grupos opositores. Además de señalar la ineficiencia, la mediocridad y la falta de escrúpulos que caracterizan el accionar de gran parte de quienes formulan y gestionan políticas, planes y programas relativos a esta materia, es necesario remontarnos a  los años cincuenta del siglo XX cuando las ciudades venezolanas comenzaron a experimentar procesos de  transformación y  expansión que tuvieron como referente fundamental a las urbes estadounidenses,  particularmente al modelo de ciudad que representa la aglomeración urbana de Los Ángeles, centrado en la primacía del automóvil particular y la matriz energética hegemonizada por el petróleo. Se conformaron de esta manera ciudades fragmentadas fuertemente condicionadas por la especulación inmobiliaria, la segregación ecológica,  social y espacial, con opciones de movilidad que  incluyen componentes y dinámicas sin integración orgánica, en gran medida producto de la improvisación, la provisionalidad y la corrupción. Durante las últimas décadas  nuestras ciudades experimentaron un creciente grado de congestión, caída en la movilidad y accesibilidad, sostenido deterioro ecológico, degradación de la red vial y altos índices de accidentes de tránsito, en un contexto de descuido de las infraestructuras existentes e incapacidad financiera estatal para proveer de espacio para la circulación y el estacionamiento de vehículos, al tiempo que aumentaba el crecimiento de la demanda de viajes y del parque automotor (si bien este último ha disminuido en la actualidad como consecuencia de la parálisis de decenas de miles de vehículos debido a la desenfrenada especulación  y la escasez que afectan al suministro de repuestos y servicios, sus impactos medulares se mantienen).

Para superar el caos, dado que la ciudad y el territorio nos cambian, y en los últimos tiempos más para mal que para bien, para evitar más desperdicios absurdos, padecimientos y catástrofes, debemos reconquistar  el espacio para una  convivencia contra-hegemónica, revitalizando y profundizando la democracia y la participación,  con políticas públicas, comunitaria y participativamente generadas. Se trata de  crear y recrear otro territorio y otros asentamientos con modos de desplazamiento alternos, combinando orgánicamente unidad y diversidad, creando infraestructuras peatonales reales y adecuadas, promoviendo el uso masivo y consciente de la bicicleta, cambiando y diversificando la matriz energética, diseñando y construyendo vías inteligentes, estableciendo como política general el privilegio del transporte público sobre el vehículo particular, planificando las rutas de transporte de acuerdo con la demanda actual y futura, adoptando modos de financiamiento que faciliten la migración en el corto plazo a sistemas con mayor equidad social, implantando sistemas de transporte público sostenibles, integrados, multimodales, amigables y eficientes. Deben además mejorarse sensiblemente los niveles de accesibilidad, comodidad, tranquilidad y seguridad vial.

Reapropiarnos del espacio-tiempo que representan el transporte y la movilidad es adentrarnos de nuevo en la plenitud de  una dimensión importante de nuestras vidas. Hablamos de un propósito colectivo que debe formar parte de la impostergable transición hacia nuevos modos de vivir, hacia una sociedad más humana y ecológica.

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.