Artículos

Aquaman: una zambullida sorprendente y kitsch con un toque ecologista

Aquaman: una zambullida sorprendente y kitsch con un toque ecologista.

Por: Francisco Javier Velasco

Imagen de portada: AQUAMAN, Warner Bros, 2018.


Esta película, obra del director, productor y guionista malayo, nacionalizado en Australia, James Wan, está consagrada al “Rey de los Mares”, Aquaman, superhéroe del universo de la editorial de comics estadounidense DC, miembro de la Liga de la Justicia que, hasta la fecha, permanecía como el menos popular de esa banda de superdotados. En ese sentido era justo que tuviera su propio largo metraje. Hemos de confesar que acudimos a la proyección del film con no pocas aprensiones, esperando una ducha fría, pero realmente sentimos que Wan consiguió reivindicar al superhéroe acuático creando un poderoso tsunami cinematográfico en cuya cresta cabalga un casting impecable, con olas que se expanden en un tono “cartoon”, con una buena mezcla de humor, excitantes acciones, grandes emociones, visuales submarinas espectaculares, un modesto y honesto mensaje contra la contaminación marina y, ciertamente, hay que decirlo también, unas cuantas imperfecciones y cursilerías que le dan un rasgo de cierta bipolaridad.

A manera de sinopsis diremos que la historia comienza en 1985, en el Maine, cuando el guardián de un faro (Temuera Morrison) salva a una joven y algo extraña mujer que estaba a punto de ahogarse. En efecto, esta última resulta ser ni más ni menos que Atlanna (rol interpretado por la veterana y bien conservada Nicole Kidman), la Reina de los Atlantes, un pueblo oculto que vive en el fondo de los océanos. Después de ese encuentro, algo turbulento, un lazo de amor se establece entre ambos y esa pareja improbable da nacimiento a un bebé que ellos llaman Arthur y que, de hecho, se convierte en el futuro Rey de Atlantis. Pero el entonces soberano de ese reino submarino, abandonado por su legítima mujer, ordena a sus tropas traerla de vuelta a sus dominios.  Habiendo descubierto su infidelidad, la condena a muerte y la lanza a un foso. Varios años transcurren y el joven Arthur se hace mayor, y al no ser aceptado cerca de los atlantes se queda junto al pueblo de la Tierra. Del lado de Atlantis, su medio hermano Orm Marius (representado con gusto por Patrick Wilson), mayormente conocido como Ocean Master, víctima de un complejo de abandono ante la temprana ausencia de su progenitora, accede al trono y desea reunir a los pueblos del mar para lanzar una guerra contra los habitantes de la superficie, a quienes considera una amenaza física y ambiental. La princesa Mera (Amber Heard), guerrera de una fuerte personalidad y originaria de Xebel, un reino submarino adyacente a Atlantis, no comparte esa opinión y trata de convencer a Arthur Curry, Aquaman (papel desempeñado por el actor hawaiano Jason Momoa) para que retome el trono y detenga la furia de su medio hermano. Por ser hijo de la soberana atlante, Aquaman obtiene poderes extraordinarios sobre las criaturas marinas y oceánicas. Entre Arthur y Mera se teje una historia de amor, en parte complicada por un antagonismo que responde a la diferencia de lugares de proveniencia de cada uno. Al final de su viaje conjunto en busca del tridente mágico, Arthur aprende a no juzgar negativamente la totalidad de Atlantis por la muerte de su madre y Mera se da cuenta de que el mundo de la superficie es un lugar que merece ser preservado y con el que debe buscarse una forma de coexistencia. El resto del reparto lo integran Willem Dafoe como Vulko, consejero del trono atlante; Dolph Lundgreen, que encarna a Nereus, Rey de Xebel; Yahya Abdul-Mateen II, que interpreta al vengativo enemigo de Aquaman Black Manta; y el actor Ludi Lin en el rol del Capitan Murk, Comando Atlante.

Con Aquaman encontramos una suerte de fértil locura de creación. El largo metraje de Wan es, en efecto, de una enorme generosidad. Profusión de colores, naves acuáticas, puestas en escena de asombrosas bestias marinas, diversidad de protagonistas, deslumbrantes ciudades submarinas, vestimentas, armas de fuego, todo ha sido pensado, extremamente trabajado, algo nunca antes visto después de Avatar. No obstante, la riqueza de la producción DC Comics es también su punto débil. De tanto desear mostrar a qué punto Aquaman dispone de recursos casi ilimitados, el film se sobrecarga de secuencias visuales trepidantes, unas más atolondradas que otras, en detrimento de la coherencia del guión que afectan al conjunto. Esto hace que la búsqueda del tridente mágico luzca a ratos desastrosa en lo que refiere a la narración. También encontramos otras incoherencias tales como el hecho de que los atlantes hablen naturalmente sin distorsión debida al agua, que uno se encuentre en medio de un asador volcánico sin ninguna reacción particular con el líquido que todo lo rodea y contacta, o incluso el que los humanos de la superficie no tengan ninguna prueba de la existencia de civilizaciones en el mar, siendo que éstas no parecen ser muy discretas.

Arthur, el personaje central de esta obra de la cinematografía reciente del siglo XXI, proviene de un lugar mítico y mitológico, Atlantis, (que remite a la Atlántida). El personaje se beneficia de la majestad y el misterio que rodean a esa ciudad, a ese reino que ha marcado la historia humana, a tal punto que se inscribe en el inconsciente colectivo. Wan desarrolla un prometedor universo mitológico de fantasía fuerte. Desde la exploración de los siete reinos hasta el bestiario, Wan toma lo mejor de los comics para dar vida a una realidad  apasionante donde cada zona y cada monstruo merecen ser recreados.  Como ocurre en Star Wars, James Wan dispone de un impresionante y rico conjunto de recursos que permite insuflar los paisajes urbanos omnipresentes en los filmes de super-héroes. A diferencia de otras películas del género, como ocurre por ejemplo en el caso del escandinavo dios Thor, el héroe de ésta no se encuentra propulsado a una ciudad de Texas o a un combare final en Londres o Nueva York. Eso no le interesa al director. Si muchas producciones super-heroicas siguen siendo el fruto de estudios donde los directores no tienen nada que decir, Aquaman es clara y ciertamente el film de James Wan. Es esencial además reconocer la influencia de la visión artística de Zack Snyder quien modela esta nueva versión del personaje, alejándose del hombre bien parecido de cabello liso, rubio y corto, para centrarse en una masa musculosa y tatuada, con cabello negro y largo. De todas maneras, James Wan propone su adaptación propia y su notable visión de la cinematografía de comics. La ambición es audaz y la apuesta es asumida sin ambages. Los personajes parecen salir directamente de las páginas de historietas, exaltándolos y también haciéndolos vertiginosos en una interesante y colorida vuelta a los orígenes, ya que la inspiración del medio propio de los comics se ha perdido en los films de superhéroes.

Para cortar sus escenas de acción, James Wan concibe sus planos como compartimientos donde el fulgor y el virtuosismo de sus personajes super-humanos extienden los límites de la adrenalina. Las secuencias de acción son verdaderamente memorables y magníficas, como aquella de una noche en barco donde el director nos demuestra su dominio del horror. Llevar a cabo una película de esta envergadura con una trama que se desenvuelve casi totalmente bajo el agua remite a lo nunca antes visto y a un increíble desafío tecnológico. Con excepción del guiño hecho a la Justice League, la obra de Wan se mantiene original. Y hablando de guiños, también detectamos uno sorpresivo hecho al escritor británico H.P Lovecraft.

A pesar de la prevalencia de la animación por computadoras CGI, su vedette, el Aquaman Jason Mamoa, conserva una centralidad. Hércules carismático, corresponde idealmente a la imagen que uno se puede hacer de un hombre anfibio, aunque, solemnidades aparte, en algún momento, tridente en mano, nos recordó al emblema del otrora icónico restaurant playero “El Rey del Pescado Frito”. Su labia iluminada forma parte también de su encanto. El actor está muy bien apoyado por su compañera Amber Heard quien, lejos de jugar a la señorita en peligro, resulta ser tan buena como Momoa en los enfrentamientos sin dejar por ello de ser sexy.

Aquaman navega en un mar intencionalmente kitsch, onduloso y multicolor, donde a veces la saturación cromática es tal que provoca cerrar los ojos. Obviamente, está muy lejos del ambiente “dark” de producciones DC precedentes. Estéticamente hablando es una película en la que se alternan y rozan lo sublime y lo horrible. En lo que a vestimentas se refiere, el traje medusa de Mera es la indumentaria más exitosa. Los guardias atlantes resultan ridículos con sus grandes cascos plásticos, tanto como la combinación “impresiones escamas de pescado” de Atlanna. Seguramente los fans de los comics apreciarán con placer la vestimenta verde y dorada del super-héroe.

Mención aparte merece el no muy profundo pero eficaz contenido ambientalista. Como hemos señalado, la razón de venganza de Orm es la culpa que él le atribuye a Aquaman y al mundo de la superficie por la muerte de su madre, por haberse enamorado ella de un humano y no de un atlante. Pero a eso se suma con fuerza un motivo nada personal, la conversión acelerada de los océanos en un gigantesco basurero acuático y, en consecuencia, la necesidad imperiosa de llevar adelante una guerra para salvar a los dos mundos. Y en esto, el medio hermano de Arthur Curry tiene un sólido argumento a mano. En el húmedo  film de Wan las únicas vistas que no tienen colores acaramelados son aquellas que muestran cuánta porquería se vierte y deposita en el mar, con informaciones referidas al cambio climático y la degradación de los corales. Aunque de corta duración, son escenas lo suficientemente concisas como para suscitar una inquietud en torno a la situación ambiental de los mares y sus consecuencias para la vida en general. Siendo razonables, podemos decir que no le corresponde a Aquaman (ni tampoco a Orm) averiguar cómo se resuelve la creciente polución marina y los efectos del cambio climático (pudiera ser sin embargo parte de la trama de un Aquaman 2), pero la introducción del tema, heraldo de un posible y cercano apocalipsis planetario, en vez de apelar al lugar común de unos supervillanos tramando la voladura de la Tierra, revela sencillamente un cambio notable al compararlo con otras producciones del género. Después de todo el argumento de Orm no es errado. La decadente civilización que domina al mundo contemporáneo está arrasando con la ecología marina (y con la terrestre también). La apuesta ecológica es vital y, ante una incompetencia política en la materia generalizada a escala global, frente a la intensificación extrema de la pesca industrial masiva y la arbitraria decisión del gobierno japonés de continuar con la caza de ballenas, confrontados con el crecimiento constante de una enorme isla de plástico en el Océano Pacífico, ante las amenazas que representan un obstinado y poderoso negacionista climático como Donald Trump, un fanático Jair Bolsonaro dispuesto a destruir la Amazonía sin mayores contemplaciones y un demagógico Nicolás Maduro que condena el Arco Minero del Orinoco a una infame depredación minera a cambio de un plato de lentejas, todo lo que pueda hacer avanzar ese tema es importante. Pero no hay que preocuparse, Aquaman no es un panfleto ecologista, sino un divertimento creativo y alocado que simultáneamente invita a la reflexión.

Para finalizar, diremos que el director Wan, quien es en realidad la gran figura de este film, nos brinda una creación a mitad de camino entre Avatar y Star Wars, extravagante, divertida y sin miedo al ridículo, se trata de una película de superhéroes única, en el límite de la fantasía.  Dista de ser una obra maestra pero, en honor a la verdad, es algo que resultó ser mucho mejor de lo esperado. Siendo convencionales le daríamos 4 estrellas sobre 5.

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.