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El retorno a la normalidad: una proclama inconsistente y engañosa.

El retorno a la normalidad: una proclama inconsistente y engañosa.

Por: Francisco Javier Velasco

Imagen de portada: poster-slogan del Mayo Francés, 1968 «Retorno a la normalidad»


En 1944, cuando la Segunda Guerra Mundial se acercaba a su fin y con ella la pesadilla del III Reich, escribió Theodor Adorno que pensar que después de esa guerra la vida podría continuar “normalmente” era propio de idiotas. Tiempo después, este mismo autor formularía su famosa sentencia sobre la suspensión de cualquier pretensión de normalidad tras el Holocausto: ‘No es posible la poesía después de Auschwitz’.  Luego de culminado el apagón que mantuvo sin energía eléctrica a la mayor parte del territorio nacional durante unos tres días (en algunas regiones y localidades la ausencia del fluido eléctrico se prolongó por más de 100 horas), diversos voceros gubernamentales, con el Ministro Jorge Rodríguez a la cabeza, se dedicaron a anunciar con bombos y platillos, esbozando sonrisas estereotipadas y en un tono forzadamente celebratorio y triunfalista, que Venezuela había retornado a la normalidad. Creemos conveniente exponer brevemente las implicaciones que se derivan de tal afirmación y, en particular, su contraste con la realidad en la que día a día le toca sobrevivir a la mayoría de los habitantes de este atormentado país.

En términos generales la noción de normalidad suele estar referida a una situación o circunstancia  de lo que se ajusta a cierta norma o a características habituales o corrientes. No obstante conviene recordar aquí que el concepto de lo “normal” se presta con cierta frecuencia para una utilización indiscriminada en nuestra sociedad. En multitud de ocasiones escuchamos que ciertas cosas o comportamientos son o no son normales. Ahora bien, cuando intentamos definir la idea de normalidad, el asunto se complica. No siempre resulta fácil delimitar qué es normal y qué es lo anómalo, extraño o raro. La normalidad es un concepto fugaz, la norma difiere dependiendo como se mire, pero es crucial que esta observación se haga con respeto a la sociedad concreta a la que nos estamos remitiendo y su contexto socio-histórico particular. Un aspecto realmente escabroso del concepto de normalidad son las connotaciones asociadas. Ya que se utiliza en multitud de ocasiones como medidor de lo qué es o no correcto. Si tomamos algunos de los sentidos del término que se presentan impregnados por la Estadística nos topamos con palabras como común  – constante – regular – general – estándar -típico – mayoría – equilibrio – completo – mucho – justo – modelo.  Lo normal puede ser entendido además como demarcación: norma – recto – patrón- lo permitido – conocimiento – natural – reglas – apto –  no transgresor -legal – establecido. Lo normal se vincula también a ciertas valoraciones que dan cuenta de:  bueno  – correcto – requerido – adaptado – deber ser  – positivo – aceptado – lo que está bien -armónico – bienestar  – cordura. Tales palabras están presentes en variados discursos y prácticas sociales, constituyen denominaciones que fijan fronteras y definen conjuntos de normas que regulan nuestra convivencia, el comportamiento de las mayorías, los lugares comunes, las lógicas dominantes en la sociedad. La normalidad cambia de acuerdo a las zonas geográficas, los ámbitos ecológicos, las épocas históricas, los grupos y clases sociales, las etnias, los géneros…. y las circunstancias personales.

La normalidad también tiene que ver con el ejercicio de la hegemonía. La perspectiva de «lo normal» en un grupo determinado se convierte en hegemónica cuando ese grupo obtiene el poder y puede imponer a los demás, a través de la cultura y de la información, de la propaganda y de la coacción, su cosmovisión, sus intereses, sus concepciones sobre cómo es la realidad y cómo deberían ser las cosas, facilitando de esta manera una domesticación simbólica funcional al orden jerárquico existente.  Para quienes nos oponemos a toda forma de dominación el tránsito por este camino, lejos de ser normal o conducir a una normalidad, supone más bien una anomalía respecto a lo que debería ser la sociedad y la política, es un argumento para justificar acríticamente las cosas que pasan. Afortunadamente no todo el mundo se adapta a las circunstancias de normalidad de igual forma. Aceptamos algunas normalidades y otras no, rompemos con normalidades en determinadas épocas y en otras asumimos… nos cuesta más asumir situaciones que nos han sido impuestas y nos cuesta menos cuando participamos en su configuración y aprobación. En este sentido nos ubicamos en una postura radicalmente disidente de la normalidad a la que, según el arbitrario y nefasto gobierno de Nicolás Maduro, hemos vuelto, la cual, dicho sea de paso, se topa con múltiples disidencias que surgen por todas partes.

Veamos ahora cuáles son los rasgos fundamentales que caracterizan a la situación de supuesta normalidad pregonada desde el Olimpo madurista. Comencemos por señalar, tal y como lo habían indicado algunos calificados conocedores del tema, que pocos días después de haberse producido la pretendida vuelta a la normalización de la vida de nuestra población se produjeron nuevos y extensos apagones que afectaron a varios sectores de la gran Caracas. En Maracaibo, la segunda ciudad en importancia de Venezuela, la condición de la provisión de energía eléctrica es realmente crítica y se han anunciado estrictos horarios de racionamiento. Otro tanto puede decirse del suministro de agua que opera de manera intermitente en muchos lugares y que, en el caso de algunas localidades tiene más de diez días interrumpido, amen del hecho de que en otros lugares la suspensión del servicio data más allá de los 30 días, es decir que es anterior al evento que ocurrió el viernes 8 de marzo del presente año. En todo caso, cabe destacar que, en el supuesto negado de la superación total y permanente del corte súbito y prolongado de la energía eléctrica, lo que ha ocurrido es un retorno a un estado cosas crecientemente caótico, signado por la incertidumbre, la inestabilidad, la angustia, la injusticia y el desamparo. En este contexto poco valen las añagazas a las que recurren los voceros y estrategas oficiales para tratar de ocultar o justificar con argumentos de sabotaje interno y externo el acentuado deterioro de los servicios públicos y, más aún, su virtual estado de colapso, causado por una descomunal corrupción, una mediocre y negligente administración, falta de mantenimiento y obsolescencia de equipos e infraestructuras, migración en gran escala de personal calificado, entre otras.

A este dramático cuadro se suman otros factores de fuerte incidencia en la acelerada y despiadada precarización de la cotidianidad ciudadana como son la indetenible hiperinflación, la aguda escasez de alimentos y medicinas, el continuo cierre de empresas, comercios y otras fuentes de empleo, la caída brutal de la producción petrolera (principal fuente de ingresos a las arcas de la nación), el aumento progresivo del “bachaqueo” que involucra desde grupos enquistados en la alta burocracia y las altas jerarquías militares y empresariales hasta los estratos y grupos más descompuestos del lumpen, la marcada pauperización de los sectores populares y la masiva proletarización de los sectores medios, los procesos de perverso debilitamiento de las condiciones de vida de los pueblos y comunidades indígenas que se acompaña con represión y una intensa segregación socio-territorial, el aumento de las tasas de morbilidad y mortalidad, la extendida deserción estudiantil y  laboral, la voluminosa  migración de amplios contingentes de personas hacia otros países y latitudes, la creciente inseguridad que cada vez más reduce la vida en las zonas urbanas, periurbanas y rurales a una dinámica conventual que debilita fuertemente la comunicación y los lazos de intercambio entre personas y grupos, vedando entre otras cosas el disfrute y aprovechamiento de los espacios públicos y la noche, la intensificación del extractivismo que tiene como  proyecto bandera a la denominada zona Especial de Desarrollo  del Arco Minero del Orinoco, la cancerosa proliferación de la actividad minera ilegal  que atenta contra la estabilidad de bosques, selvas y otros ecosistemas altamente sensibles. Todo este conjunto de males y padecimientos se despliega en un contexto de agresiva confrontación interna y vociferante retórica belicosa que se desarrolla entre dos polos que, sin desconocer sus diferencias de estilo y origen, constituyen en lo esencial variantes de un mismo propósito de sometimiento y expoliación. Este enfrentamiento tiene también una expresión externa de alcance y naturaleza geopolíticas que, no obstante, tal y como lo demuestran las recientes conversaciones llevadas a cabo entre negociadores rusos y estadounidenses en torno a la situación venezolana, no excluye la posibilidad de zanjar sus disputas imperiales con acuerdos, alianzas y repartos. En este marco el panorama societal de conjunto se encuentra cruzado por amenazas, amedrentamiento policial y paramilitar, censura, cooptación forzada, criminalización de la disidencia y la protesta, detenciones, torturas, desapariciones, asesinatos, tensiones fronterizas y sanciones internacionales

Cabe entonces con todo derecho interpelar a la cínica élite que conduce nuestra nación al abismo y la disolución preguntando ¿Entonces de qué normalidad hablan ustedes señores?

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.