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Por una reconfiguración ecológica de los imaginarios sociales10 min read

Francisco Javier Velasco Páez

Dedicado a Aidualc, elfa tropical

 

Antes de hablar propiamente de los imaginarios y la necesidad de su transmutación ecológica, conviene aclarar desde qué perspectiva estamos hablando. En ese sentido entendemos la ecología en su sentido social más profundo, el del despertar de la comunidad terrestre, que reflexiona sobre sí misma y descubre su historia, explora la situación difícil en que se encuentra en la actualidad y visualiza su futuro.

En este orden de ideas la ecología social desarrolla un análisis que es a la vez holístico y dialéctico y una práctica social que bien podemos llamar eco-comunitaria. El término mismo de ecología tiene fuertes implicaciones comunitarias. Literalmente significa el logos, reflexión sobre o estudio del Oikos, la morada.

Vista así, la ecología nos enseña que hay que comenzar a pensar el planeta entero como una suerte de comunidad de la cual formamos parte. Ella indica que en un cierto sentido todas nuestras políticas y todos nuestros problemas son “domésticos». De una cierta manera, el término “social” de la ecología social es el más problemático. Tradicionalmente en la teoría el dominio “social” se ha opuesto al dominio “comunitario”.

Hay una paradoja aparente en la utilización de “social” en lo que en realidad es una fuerte tradición comunitaria. Sin embargo, esta aparente contradicción interna puede conducir a una verdad más profunda cuando se piensa en un proyecto que busca reconquistar las dimensiones comunitarias de lo social. En ese caso es entonces pertinente recuperar la herencia lingüística colectiva del término. “Social” deriva de socius o compañero. En consecuencia, una sociedad es un conjunto de relaciones entre compañeros y de alguna forma es también una morada al interior de la morada terrestre.

Nuestra responsabilidad ecológica, en tanto que miembros de la comunidad terrestre, deriva simultáneamente de nuestra relación con el tejido de la vida sobre la Tierra y de nuestro lugar como forma singular mediante la cual la naturaleza y la Tierra se expresan.

Si aceptamos las responsabilidades implicadas en nuestro rol en la naturaleza que toma conciencia de sí misma, podemos comenzar a revertir nuestra dirección actual anti-evolucionista y ecocida, y contribuir con la búsqueda de la evolución planetaria natural y social. De esta forma podemos cooperar con la evolución natural a través de nuestro propio desenvolvimiento.

Antes que nada, el desafío ético que se le plantea a la humanidad consiste en determinar cómo podemos seguir nuestro propio camino de realización en tanto que comunidad humana, permitiendo de manera paralela al conjunto de la comunidad terrestre proseguir con su propio proceso de manifestación y su despliegue evolutivo en un contexto de unidad en la diversidad social y ecológica. Esta tarea requiere considerar que la ética supone la aspiración a la buena vida o la realización de sí mismo, la política es la búsqueda de una vida buena en la comunidad y de la realización de sí mismo por la comunidad entera.

Una ecología social proclama la política en ese sentido, pero supone también una interpretación nueva en términos ecológicos. Busca reencontrar nuestra naturaleza oscurecida durante mucho tiempo por el zoon politikon y explorar nuevas dimensiones de esa naturaleza. Con este vocablo no se significa solamente “animal político”, aquel que participa en los procesos de la toma cívica de decisiones, sino el ser social inscrito en una colectividad en la que la individualidad se extiende.

La transformación social que se plantea, radical y ecológica, debe abordar teóricamente todas las dimensiones institucionales significativas de la sociedad. Debe tener en cuenta el hecho de que toda institución social posee aspectos organizacionales, ideológicos e imaginarios (momentos que solo debemos separar circunstancialmente con el propósito de llevar a cabo un análisis). Por ejemplo, una institución económica supone una forma de organización de personas y grupos, de sus actividades y prácticas, y de la manera de utilizar los materiales con fines económicos. Esto implica también un tipo de discurso y un sistema de ideas por medio de las cuales se comprende a sí misma y busca legitimar sus fines y sus actividades.

Finalmente supone una forma de auto representación y auto expresión que le permite simbolizarse y representarse a sí misma. El imaginario social hace parte de esta tercera esfera y se compone de un sistema de imágenes socialmente compartidas con las cuales la sociedad se auto-representa.

Un reto que se nos planta por delante en estos tiempos de crisis ecológica global, regional y nacional, es la de la creación (y también recuperación) de imaginarios ecológicos, proyecto que implica una toma de conciencia sobre nuestra posición al interior del movimiento dialéctico del mundo social. Pensar en una ecología social del imaginario nos compromete a involucrarnos en una investigación de las más concretas y de las más fundamentadas en la existencia.

En la medida en que eso se hace nos damos cuenta de que vivimos en una época que se define por encima de todo por las instituciones económicas dominantes. Esta dominación se ejerce a través de todas las esferas institucionales importantes: las formas económicas de la organización social, la ideología economicista, y un imaginario económico. Pero el economicismo dominante está lejos de ser simple y monolítico.

De manera muy significativa, comprende dos momentos esenciales que interactúan el uno con el otro mediante vías complejas y socialmente eficaces. Estos dos momentos esenciales, el productivismo y el consumismo, son inseparables e interdependientes, siendo la distribución y el intercambio términos mediadores entre la producción y el consumo. En la actualidad es necesario concentrarse en la escena contemporánea de una extraña dialéctica entre la racionalidad abstracta, sistémica, y la irracionalidad social y ecológica.

El economicismo de la sociedad conduce implacablemente a una racionalidad absoluta en la explotación de la naturaleza y los humanos, en la búsqueda de la eficacia de la producción, en el desarrollo de técnicas, en el control de los mercados con los estudios de mercado y en la manipulación de los comportamientos a través del marketing. Al mismo tiempo esa racionalidad se precipita en una completa irracionalidad generando un deseo sin fin, colonizando la psique con imágenes mercantiles, transformando el mundo natural y social en un sistema de objetos de consumo y, más fundamentalmente y sustancialmente, erosionando las bases ecológicas de su propia existencia.

Uno de los resultados del estudio del imaginario social es el de hacernos conscientes de que un momento decisivo de la transformación social e incluso civilizatoria, es el de la configuración y recuperación de contra-imaginarios. El éxito en la lucha por lograr establecer sociedades ecológicas diversas dependerá en parte de la creación y, como ya indicamos revitalización, de imaginarios ecológicos potentes capaces de desafiar al imaginario economicista dominante. Aunque ese proceso está aún en un estado que pudiéramos llamar embrionario y, en, contextos, como el que priva en Venezuela en estos momentos, realmente primarios, existen contribuciones importantes para la emergencia de imaginarios ecológicos.

Por ejemplo, la imagen que constituye la región representa un potente reto a los imaginarios del fundamentalismo tecnológico, el estatismo y el economicismo. Las regiones, a pesar de no poseer fronteras claramente definibles, tienen una presencia sólida en el territorio. Esto es así trátese de eco-regiones, geo-regiones, bio-regiones, etno-regiones o mito-regiones. El regionalismo despierta una imaginación dialéctica que da cuenta de la determinación mutua entre los diferentes dominios del ser, entre la cultura y la naturaleza, la unidad y la multiplicidad, entre la forma y el informe, entre el ser y la nada. La noción de lo regional supone un juego recíproco entre las fronteras de los espacios imaginarios, que circulan y se redefinen.

La imagen de la región está estrechamente ligada a otra imagen ecológica poderosa, la de lo salvaje. Lo salvaje está presente en todos los aspectos espontáneos de la cultura y la naturaleza. La encontramos bajo la forma de cultura salvaje, de naturaleza salvaje y de espíritu salvaje: bajo la forma poética, carnavalesca, en los sueños, en el inconsciente, en la extensión salvaje. La encontramos en la tierra viva y en el proceso de crecimiento y de desvelamiento a los niveles personal, colectivo, planetario y cósmico.

No se trata de reencontrar lo salvaje en estado “virgen” en estos tiempos de Antropoceno, puesto que siempre está impregnado de civilización, domesticación e incluso de dominación. El descubrimiento de lo salvaje en el seno de cualquier ser o de cualquier ámbito del ser, remite al descubrimiento de sus manifestaciones propias, de sus aspectos creativos, de su autonomía relativa. Esa es la base del respeto a todos los seres, más aún, del asombro y la admiración: es el sentido de lo sagrado que se encuentra en todas las cosas como bien lo saben las culturas indígenas de este continente, los verdaderos artistas y los niños con su gran intuición. Las revueltas y el individualismo de la cultura dominante lucen claramente risibles cuando la civilización dominante es sometida a la crítica de lo salvaje, entendido en el sentido que hemos expresado.

La imagen de esta Tierra que es nuestra casa común planetaria y la de los humanos en tanto que integrantes de la comunidad terrestre, ejerce un gran poder sobre la imaginación. A medida que desarrollamos un mayor conocimiento de la complejidad ecológica y que redescubrimos la maravillosa riqueza del lugar, la imagen de la Tierra comienza a incorporar una rica especificidad local y regional, deviene en una representación holística de la unidad en la diversidad planetaria. A medida que el proyecto estatal corporativo de la globalización económico-tecnocrática se revela en todo su horror y que el mundo es progresivamente reconfigurado a imagen de la fábrica, la maquila, la prisión y la galería mercantil, las contra-imágenes, ricas y dinámicas, de la Tierra obtendrán una fuerza en el imaginario cada vez mayor.

Más allá, el imaginario ecológico puede extenderse hasta dimensiones cósmicas o universales. Todas las culturas han experimentado la necesidad de imaginar el macrocosmos y de orientarse con relación al todo. La historia universal guiada por la cosmología contemporánea y transformada en narración que estructura la cultura, es una vía que puede proporcionar hoy en día lo que las historias míticas del universo han ofrecido a numerosos pueblos. A través de la historia de la Tierra y del universo, el pueblo se ve a sí mismo en un proceso de despliegue más amplio, en un proceso de puesta al descubierto del cosmos. Alcanza de esta manera un sentimiento de la relación existente entre los diferentes componentes vivos y no vivos de la comunidad terrestre. Estas narraciones de mucho poder, realmente sublimes, relativizan los absolutos culturales y sacuden el imaginario dominante al tiempo que otorgan una nueva significación imaginaria a la existencia humana, a la conciencia y la creatividad.

Toca a nosotros, en este trance de urgente reconstrucción societal en el plano doméstico y de inminente colapso civilizatorio a escala global, salirle al paso a tanto pragmatismo ramplón y tanto recetario instrumental, sometiendo a revisión profunda nuestros imaginarios y emprendiendo el trabajo político-cultural de su enriquecimiento y reformulación ecosocial  pluridiversa.

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.