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A propósito del pavoroso incendio de la Amazonía: el colapso ronda al planeta7 min read

Francisco Javier Velasco Páez

El incendio que ha arrasado gran parte de la Amazonía este mes de agosto de 2019 tardó varias semanas en llamar la atención regional y mundial. Sin embargo, una vez conocido el hecho, se ha desatado una importante discusión sobre sus consecuencias y una significativa movilización internacional. Tachados de alarmistas durante mucho tiempo, vale decir de locos, nunca antes habían sido escuchados con tanta atención quienes auguran un cercano colapso civilizatorio de mantenerse las tendencias destructivas actualmente en marcha, como las que convergieron en el desencadenamiento de esta calamidad monumental.

La terrible tragedia ecológica que, en el macizo amazónico, se abate sobre sus habitantes vegetales, animales y humanos, va a vigorizar el debate ya en curso de un posible fin abrupto del orden global social dominante en proceso de caos. Nos referimos a un escenario asociado a una crisis ecológica mayor caracterizado por un hundimiento brutal de los ecosistemas que se expresa tanto localmente, a la escala de un mar interior, de un río, de un lago, etc., como biosféricamente, es decir a la escala del planeta entero, sobrepasando las posibilidades de resiliencia de la trama de la vida a corto, mediano y largo plazo. Se trataría de una situación en la que la capacidad de la biósfera de renovarse y perpetuarse es destruida de manera definitiva.

Los signos de un posible cataclismo socio-ambiental generalizado se revelan por todas partes bajo la forma de eventos climáticos extremos, contaminación galopante, lluvia ácida, deforestación masiva, esterilización creciente de suelos, desecamiento desbocado de acuíferos, disminución acelerada de biodiversidad, entre otros. Todos ellos se agregan a las múltiples crisis geopolíticas, políticas, sociales y económicas. Cada crisis, cuya lista no es exhaustiva, refuerza a las otras, conformando un todo, una sola y misma crisis sistémica.

Numerosas investigaciones no cesan de alertar acerca del desorden climático. De hecho, a causa de las incesantes emisiones de gases de efecto invernadero producidas por ciertas actividades humanas, la temperatura promedio de la superficie del globo terráqueo ha aumentado en 1,1° con respecto a la era pre-industrial, causando el derretimiento de glaciares, olas de calor, sequías, incendios y mega tempestades. Aún en el caso de que los países signatarios del acuerdo de París de 2015 respetaran sus promesas, el planeta se confrontaría muy probablemente con un recalentamiento de al menos 3° C de aquí a finales del siglo XXI, lo que constituiría una catástrofe para la vida tal y como la conocemos. Puntillosos equipos de investigación constatan que el calentamiento global está haciendo subir la temperatura de mares y océanos (y por ende el nivel del mar) a tal punto que vastas regiones del planeta serán inundadas por las aguas, lo cual modificará radicalmente los mapas y provocará migraciones en masa más numerosas que todas las que registra la historia.

La situación es de tal gravedad que, incluso algunas figuras relevantes del status quo global han expresado su preocupación por el estado de cosas imperante en el ámbito ecológico. Tal es el caso del Papa Francisco que ha exhortado a los estados a actuar para luchar contra el cambio climático “porque nuestra supervivencia y nuestro bienestar dependen de ello”, o el del Secretario General de las Naciones Unidas Antonio Guterres quien llama a salvar el mundo ante lo que califica de “amenaza existencial directa. Incluso en el establecimiento militar surgen ciertas angustias. Así por ejemplo, el Pentágono ya ha hablado de cambio climático como un “multiplicador de amenazas. No se trata pues de una simple crisis de la cual salimos idemnes ni de una catástrofe puntual, como por ejemplo un tsunami, de la cual nos olvidamos unos meses después. La deuda ecológica que enmarca esta circunstancia es peor que la deuda financiera global porque, a final de cuentas, el dinero es una construcción puramente social pero la naturaleza, pese a su intervención social, tiene límites físicos muy concretos.  Los informes científicos más serios y rigurosos han insistido desde hace años que, si permitimos que persistan las tendencias imperantes, la humanidad no tiene muchas posibilidades de sobrevivir como especie más allá de la mitad del siglo en curso. A esto se suman las desdeñadas advertencias hechas por voceros de pueblos originarios que, con sus refinadas sabidurías ancestrales, han percibido desde hace mucho tiempo la deriva auto destructiva del patrón civilizatorio hegemónico.

Proveniente del latín collapsus “que cayó completamente”, el colapso hacia el que no dirigimos tiene hasta ahora más de proceso que de caída brutal, pero, en cualquier caso, el resultado final sería el mismo. Desde la época de la Revolución Industrial, y de manera acelerada desde hace un puñado de decenios, Homo Sapiens destruye las condiciones mismas de la vida sobre la Tierra, cortando la rama en la que está sentado. Esto ocurre por primera vez en su historia a la escala del planeta. Incluso si el asunto del colapso atrae ciertas burlas y escepticismos, no se trata de delirios milenaristas o de predicciones pseudo esotéricas. La constatación científica es sólida, innegable, cada vez más alarmante y crecientemente reforzada.

La civilización del petróleo y la acumulación exponencial explotan los límites de la Tierra.  Las llamas   que amenazan con envolver a nuestra casa común pudieran llegar a convertirlo en una roca cenicienta hostil a la vida, un testigo silencioso de un lamentable fracaso cósmico. Si nada cambia, mientras llegamos a la extinción estaremos condenados a malvivir en condiciones ambientales, fisiológicas, sociales y psicológicas cada vez más miserables e insoportables y a las cuales un número creciente de seres humanos será incapaz de adaptarse. Como consecuencia de ello aumentarán los niveles de stress, el suicidio, las adicciones a sustancias químicas, las neurosis y otras patologías, surgirán nuevas y graves enfermedades y epidemias, se extenderán muchas de las ya existentes, se incrementarán la exclusión, la segregación y las conmociones sociales.

El clivaje no es entre optimistas y pesimistas, sino entre las pruebas que se acumulan y una propaganda que las niega, que se sitúa en el corazón de la dinámica de voceros de alianzas depredadoras como Donald Trump y Jair Bolsonaro. La humanidad se encuentra ante una disyuntiva de enormes significaciones: o dejamos que los bárbaros poderosos continúen su labor apocalíptica o generamos democráticamente y horizontalmente un cambio radical para organizar nuestra resiliencia, proteger nuestras necesidades vitales y configurar nuestras nuevas maneras de habitar el mundo. Esto supone reconocer, actuando en consecuencia, la necesaria convergencia de múltiples actores humanos con identidades y dignidades diversas, superando la comprensión unilateral, la ocultación, el autoengaño y la manipulación de la información deformada.

Pero no basta con ello, es fundamental reconocer también a actores no-humanos con quienes debemos configurar y reconfigurar de manera reticular y creativa, relaciones de coevolución, colaboración, solidaridad, mutualismo, reciprocidad, ayuda mutua y unidad en la diversidad. Todo esto implica trascender la visión fragmentaria que nos hace sentirnos separados de la naturaleza y los demás seres humanos y, por lo tanto, nos impulsa a contraponernos a ellos e intentar dominarlos, y a destruir los aspectos de la naturaleza que nos incomodan y apropiarnos de los que suponemos que nos proporcionarán confort, placer y seguridad.

Esto nos conduce a poner un fin al proyecto tecnológico de dominio de la naturaleza que ha destruido sistemáticamente los sistemas de los cuales dependen los seres vivos y ha generado, perpetuado y ampliado las divisiones entre géneros, pueblos, etnias, naciones, Estados y clases. Necesitamos una transformación psíquica y cultural profunda, una revuelta ciudadana de grandes proporciones que una lo separado y postule nuevas bases de convivencia social y ecológica.

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.