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Rojava: una utopía libertaria y ecofeminista sometida al asedio genocida del estado turco7 min read

Francisco Javier Velasco Páez

Hace unos pocos días el dictador islamista de Turquía, Recept Tayyik Erdogan, ordenó una operación militar contra el Kurdistán sirio, acción  que hasta el momento ha dejado un doloroso saldo de muerte, destrucción y sufrimiento en la población de esa zona. Ciertamente esta  situación es bastante preocupante, por no decir, dramática para la asediada población kurda, pero la agresión puede tener también  serias consecuencias para el resto de  Siria, la estabilidad regional del Medio Oriente e incluso para la propia Turquía y su actual régimen autocrático, tema que por su importancia merece un análisis detenido. No obstante, en este contexto nos interesa poner de relieve la importancia del proceso  sociopolítico que se viene desarrollando en esa zona del norte de Siria desde hace casi dos lustros, una revolución social comunal, multiétnica, feminista y autónoma que ha intentado adaptar y poner en práctica la propuesta de un “Confederalismo Democrático”, teorizada fundamentalmente por  el pensador y activista estadounidense de la Ecología Social Murray Bookchin, y posteriormente por el encarcelado líder turco-kurdo, Abdullah Öcalan.

Comencemos por señalar que el pueblo kurdo comprende una población de cerca de cuarenta millones de personas que en su gran mayoría viven en los territorios de cuatro estados naciones, a saber Turquía, Siria, Irák e Irán.  Su territorio montañoso situado al este de la Anatolia, al oeste de Irán, al sur del Cáucaso y al norte de Mesopotoamia  ha estado durante más de mil años en los márgenes de   imperios (y entre ellos) como el persa, el bizantino,  el mongol, varios califatos árabes y el otomano. Rojava, la provincia del Kurdistan sirio, abarca una extensión de aproximadamente 50.000 kilómetros cuadrados y una población cercana a los 2 millones de habitantes (en su mayoría kurdos, aunque históricamente ha habido  una importante presencia árabe en la zona).  El territorio kurdo, atravesado por numerosas invasiones y migraciones, ha sido siempre pluriétnico y en gran medida común con el de los armenios. El término Kurdistán aparece en el siglo XIV en fuentes persas ilkhanidas, pero ya estaba en vigor mucho antes en Irán. Las expresiones árabes Ard al-Akrad (tierra de kurdos) et Bilad al-Akrad (país de kurdos) han existido en la literatura y la geografía árabe desde los siglos XI y XII. Después de la Primera Guerra Mundial se han sucedido diferentes tentativas de constituir un Kurdistán independiente y autónomo, lo que ha conducido a conflictos con los cuatro estados-nación mencionados. En esta dinámica resalta el papel del Estado turco, que luego de la disolución del imperio otomano, puso en marcha la forma más extrema de homogeneización etno-nacional intentada en el Medio Oriente y con ello un vigoroso y cruento esfuerzo para bloquear el surgimiento de autonomías y de la creación de un Estado-nación kurdo, no solamente en el seno de su territorio, sino también en el de sus vecinos.

Consejos locales y democracia directa paritaria, igualdad de géneros, pluralismo étnico y religioso, respeto al ambiente, desarrollo de una educación autónoma y de una economía social, casas del pueblo, acceso gratuito a servicios de salud…En este territorio, los dos millones de habitantes de Rojava –renombrada como Federación Democrática de Siria del Norte-, vienen luchando con enormes sacrificios, enfrentando complejos inconvenientes y penosas carencias materiales, tratando de impulsar un “tercera vía” emancipadora en un territorio que padece la guerra civil, sometido a la disputa geopolítica de grandes poderes mundiales y amenazado por las feroces dictaduras de Assad en Siria y Erdogan en Turquía.

A partir de julio de 2012, el ejército del régimen de Bachar al-Assad se retiró de la mayor parte de esa región, dejando el campo libre para que las fuerzas conducidas por el partido kurdo PYD (Partido por la Unidad Democrática) y sus fuerzas armadas del YPG/YPJ (unidades populares de protección, unidades mixtas y unidades femeninas). Desde entonces ellos han impulsado la auto-oganización de miles de comunas (komin) en las calles, barrios, aldeas y ciudades. Los habitantes se reúnen allí semanalmente, discuten los problemas locales, organizan cooperativas, eligen voceros paritarios encargados de representarlos en otros niveles, distribuyen víveres alimentarios y energéticos básicos a las familias más pobres, entre otras actividades.

Estas comunas han estado federadas a nivel de los barrios, los distritos y de tres cantones, Cizre, Kobane y Afrin (ocupado militarmente en parte por Turqía el año pasado), que disponen  de sus propias asambleas  legislativas multipartitas y de un gobierno cantonal. En cada nivel, las mujeres y los jóvenes disponen de sus propias estructuras autónomas y no mixtas, que en teoría tienen un derecho a la observación y al veto en todas las decisiones concernientes. En Rojava el pluralismo se abre paso. En cada institución participa un colectivo de al menos 40% de mujeres. Por la primera vez en la historia del Estado sirio se reconocen allí tres lenguas oficiales: el árabe, el kurdo y el arameo (estas dos últimas habían sido prohibidas durante decenios). En múltiples partidos políticos, organizaciones y asociaciones, 40% de la membrecía se reserva a la  representación de grupos minoritarios.

La revolución de Rojava es antes que todo una revolución de mujeres. En una sociedad tradicionalmente patriarcal en la que los matrimonios forzados, la poligamia y los crímenes de honor están todavía presentes, las mujeres encuentran un importante apoyo. Numerosas leyes que prohíben la poligamia y promulgan la igualdad de género han sido adoptadas aunque aún falta fuerza suficiente para aplicarlas integralmente. En todo el norte de Siria han florecido centenares de espacios de solidaridad femenina. Las YPJ, unidades de protección de la mujer, una fuerza militar específicamente femenina, fueron creadas en 2012 y han desempeñado un papel crucial en la derrota de las fuerzas del tenebroso Estado Islámico. En las calles, las madres de familia, portando kalachnikovs, protegen sus espacios en el  seno de la fuerzas de autodefensa popular (HPC) compuestas por habitantes de los barrios.

En el cantón de Cizre, una aldea ecológica de autogestión femenina, se acoge a mujeres provenientes de toda Siria que han sido víctimas de la violencia patriarcal y capitalista. Se trata de una zona desértica, agotada por la monocultura del trigo, en la que se ensaya con la agroecología, se crean muchas cooperativas y  se construye un centro de artes y viviendas comunales.

Aunque ha contado y  sigue contando con meritorios esfuerzos de solidaridad internacional provenientes de brigadas de combatientes, intelectuales, comunicadores sociales  y organizaciones diversas, la puesta en marcha de este proyecto político en una situación de guerra y asedio permanente resulta difícil, supone la tarea de impulsar un proceso de cambio profundo desde abajo, propagar la formación de comunas, mejorar la vida cotidiana, reconstruir el país, consolidar un sistema por medio de elecciones libres y transparentes, ecologizar el modo de vida, convertir las victorias militares en peso político, y diplomático para no quedarse aislados internacionalmente, entre muchas otras. Además de las amenazas externas, el proceso de Rojava debe manejarse con tensiones internas en las que la auto-organización popular se topa con brotes de burocratismo y elitismo político. En fin, al igual que la experiencia de los zapatistas en México, se trata de un experimento sociopolítico inédito de importancia cualitativa para las luchas por construir nuevos y más libres órdenes civilizatorios. En las actuales circunstancias cabe ofrecer toda nuestra solidaridad, movilizarnos y exigir el retiro inmediato de la  fuerza invasora turca de Rojava.

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.