01/04/2018

Descripción

Abonar el árbol del futuro no es tarea fácil, se requiere invadir la geografía de los anhelos y la imaginación. Por fortuna, el arte, con su capacidad fabuladora nutrida de realidad, ofrece un asidero vital para los procesos educativos, en especial en tiempos de crisis. De eso trata este libro: de posibilidades y claves, probadas y latentes, que surgen del engranaje entre el arte y la educación ambiental. Los autores, más inquietos por ver el alba que por el asomo del crepúsculo, asumen que el mundo, a pesar de todo, sigue exudando sonidos y colores que nos iluminan la memoria y nos permiten ilusionarnos con mejores presagios. Carmen Villoro desata una madeja que muestra los infinitos hilos que vinculan al humano con la Naturaleza y que hacen posible enhebrar nuevas coordenadas para salvar el rumbo. El que esto escribe, procura abordar las resonancias y relieves que la literatura posee y que emplea para verter saberes con los que se diagnostica el mundo y se intenta evitar la parálisis. Patricia Noguera nos sugiere que a pesar de la atmósfera crepuscular existe un cálido suelo que permite sostener la voz y exprimir las ubres de lo posible para hallar las múltiples sintaxis de la vida. Raúl Bañuelos, por su parte, abre las puertas de la palabra y así atisba que los poemas son una mirada al infinito, una espiral interminable, pues cada relectura gesta una nueva revelación. Jaime Pineda nos ilustra sobre antiguas huellas y rastros, de portentosa vigencia, en los que se entreveran la mitología, la pintura y la poesía, con el fin de pensar la raíz de lo que somos. Joaquín Esteva muestra cómo la música, esa eterna transgresora del tiempo, no sólo marca la nostalgia y nos acompaña en el día a día, sino que ha penetrado el profundo sentido de la vida para imaginar los sonidos de mañana. Jorge Orendáin nos hace cómplices para apreciar que la Naturaleza anida en la razón poética, no como un personaje que palpita entre los versos, sino como sustancia y médula para entender la vida. Alberto Gómez Barbosa explica cómo la fotografía, arte que deletrea las sílabas lumínicas de la realidad, logra que hasta en una toma de lo minúsculo se vea contenida la inmensidad del mundo. Tonatiuh Ramírez, Armando Meixueiro y Oswaldo Escobar nos enseñan que el cine, ese deslumbrante amasijo de códigos –a veces memoria a veces oráculo–, hace germinar profundos significados sobre las miserias y la magia de lo humano. Sergio Echeverri nos advierte que, más allá de las heridas y del letal abrazo de la devastación actual, existen expresiones de la cultura y del arte que, al igual que la vida, son subversivos y llevan en el vientre la resistencia y la renovación, tan inseparables como las olas y la espuma. Gabriel Cruz expresa cómo el son jarocho, antídoto ante la pesadumbre, nos regala en las inflexiones de sus notas y en la agudeza de sus letras la posibilidad de renovarnos a la luz del canto. Diego Echeverry teje sobre la inmensidad del agua: el agua como origen, como encuentro, como celebración sin límites, como triunfo de la sensualidad, pero a la vez como concierto de preocupaciones por ser blanco de la barbarie, manantial en agonía. Elba Castro nos cuenta de la misteriosa bisagra que existe entre la imaginación de la Naturaleza y la embriagada fantasía de algunos creadores de bestiarios, de donde surgen seres que flotan entre el mito y la verdad. Diana Marcela Gómez nos presenta la posibilidad de humanizar en la calle los sentidos, de ver a ésta como arteria de la vida y, en consecuencia, encontrar oportunidades para escuchar el eco de la Naturaleza y así propiciar que el espíritu urbano se robustezca. Finalmente, José Antonio Caride y Héctor Pose cierran el libro con una invitación a escuchar las voces que nos ofrece el mundo, muchas veces secretas o escondidas en los contextos, y que necesitamos aflorar a la superficie para entender mejor dónde estamos y lo que somos. En los distintos capítulos, los autores muestran que así como el viento y el sol barren la niebla, el arte aliado a la educación ambiental y convertido en luz puede redescubrir, en estos tiempos de profunda crisis, la nueva medida de las cosas, la cual está mucho más allá de lo humano, pero lo incluye. El espíritu de esta obra apunta al arte como fuerza, como brillo vivo en el horizonte que, al vincularse con la educación ambiental, hace creer, como diría el poeta René Char, que todo sigue siendo todavía posible.

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