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Elogio del jardín

Elogio del jardín

Por: Francisco J. Velasco

Para Observatorio de Ecología Política de Venezuela

Imagen de portada: Jardines Butchart (Vancouver, Canada)


El funesto colapso ecológico que se cierne sobre los bosques y selvas tropicales, amenazando a sus habitantes, vegetales, animales y humanos, tiende a revitalizar sorpresivamente en muchos lugares del mundo las artes del jardín y del huerto. Podemos encontrar cierta lógica en ello si consideramos como buena parte de las ciudades y, dentro de ellas, lo que llaman la “ciudad formal”, se han convertido en leviathanes de hormigón, acero, cristal y silicón, sin la menor piedad para con sus pobres habitantes. En diferentes latitudes, megametrópolis como Sao Paulo, Ciudad de México, Nueva York, El Cairo y Shanghai son ejemplos de esa situación. Pero tiene aún más sentido cuando se hace patente ante nosotros que la inmensa mayoría de las plantas de interior proviene de las selvas, en particular de la selva amazónica. Es una macabra expresión de incompatibilidades el hecho de que en el marco de la civilización dominante se aceleren procesos de destrucción de los últimos enclaves boscosos del planeta, mientras regamos helechos y bromelias en las oficinas y en los balcones de nuestros apretujados apartamentos. La ignorancia de nuestro lugar en la Naturaleza nos pierde. Cuando la cultura se disocia de la regeneración cíclica de la tierra sobre la que se asienta y desarrolla, proliferan la exclusión, la violencia, el malestar y la neurosis. Recurriendo a vías artificiales y efímeras se pretende salir del tortuoso laberinto urbano, del tráfico venenoso y el caos sónico que nos avasalla. Muchas veces la forma de evasión es atroz pero el síntoma es verdadero.

En otras épocas se sabía que la plaza pública, el parque o el jardín brindaban paz. Por algo aún los llamamos “pulmones verdes”. Innegable, el vínculo entre la clorofila y su ciclo, y la hemoglobina de nuestra sangre, corrobora bioquímicamente lo que la ley de complementariedad cromática asegura del rojo y del verde. El bosque es un ámbito auténtico del asombro, una creación magistral de la naturaleza. El jardín bien configurado es también un terreno de maravillas, una obra de arte humana que transforma la naturaleza en un ideal de gozo y satisfacción. Los jardines tienen una larga historia asociada a la invención de la agricultura y la ganadería. Ya sabemos que 10.000 años antes de nuestra era, en la India, Asia Occidental y América del Sur, existieron superficies exteriores a la vivienda delimitadas por seres humanos en parajes como piedemontes húmedos, orillas de oasis, ríos y riachuelos; sitios que contaban con abundante lluvia y cambios en el viento constituyeron típicas locaciones para “jardines bosque”, emplazamientos agroforestales que producían comida, fibras y otros insumos. No obstante, podemos hablar de un tiempo de origen cuando la idea de jardín, tal y como lo conocemos hoy, vale decir como ambientes conformados culturalmente con propósitos combinados de alimentación, protección, refugio, descanso y contemplación, germinó en la mente humana y se crearon esos primeros espacios extraordinarios. En Mesopotamia durante el IV milenio A.C., en el contexto efervescente del creciente fértil, los jardines surgieron como fenómeno urbano, probablemente motivados por el distanciamiento físico de la naturaleza que impusieron las murallas de las recién creadas urbes. Por un lado, el grueso de los habitantes tenía sus cercados destinados al cultivo de vegetales y medicinas. Por otro, los jerarcas y los ricos construyeron jardines dentro de los palacios, de los templos y de las ciudades, jardines que conjugaban belleza y utilidad, y que destacaban por su verdor en medio de la aridez del paisaje. Entre todos los jardines de aquella remota época los más admirados fueron los Jardines Colgantes de Babilonia, los primeros jardines célebres de la Historia que forman parte del imaginario de la cultura universal y con los cuales fantaseamos desde la infancia. Fueron espacios de esplendor que inauguraron los “jardines de los cinco sentidos” brindando frutas abundantes, árboles fragantes que aromatizaban el deambular de los paseantes,  arrullos y cantinelas del agua.

Si nos sentimos bien en los jardines ésa es, sin duda, una de las principales causas. Que la naturaleza amorosamente trabajada, armonizada por la mano del humano, devuelve al dueño de esa mano y con creces, una felicidad simple y plena, lo atestiguan los viejos maestros del jardín. Chang Cha´o, uno de ellos, solía decir: “Plantar flores atrae las mariposas, colocar rosas atrae las nubes, plantar pinos atrae el viento, plantar plátanos atrae la lluvia y plantar sauces atrae la cigarra”. Cierto es que esta persona vivió en un lugar y una época propicia al amor por las correspondencias, pero nos equivocaríamos si la creyésemos caduca del todo. Los ecólogos sostienen que una buena revegetación frena el proceso, tan temible, de desertización de la tierra, y que lo hace aumentando el ciclo hídrico, llamando a las lluvias. De Caus señalaba que a través de la forma de los jardines es posible influir en los astros, porque hay caracteres cuya configuración imita la armonía del universo.

Los jardines occidentales –de origen egipcio y persa- felices milagros de lotos, rosas y jazmines, florecieron contra el desierto. En sus bordes mismos. Pero los jardines orientales –sobre todo los chinos, por haberse salvado esa parte del Asia de las glaciaciones- crecieron, se desarrollaron y prosperaron en un medio relativamente amable, húmedo, fecundo. Y por ello tenemos la sensación al verlos, al observar un jardín japonés, por ejemplo, que está articulado a favor de las plantas y las piedras. Que es, en cierto modo, inclusivo, en tanto el jardín persa, copiado por los romanos, es exclusivo, dominador, geométrico. No obstante, esa diferencia, que podemos atribuir a las condiciones previas a la creación del jardín, el objeto del mismo es idéntico en ambos hemisferios.

El culto de los jardines y el placer que proporcionan tiene mucho de retorno al seno materno, de nostalgia paradisíaca. San Bernardo, padre del Cister, en el período gótico de la historia de Europa, decía que el claustro del monasterio debía ser como un paradisus claustralis. Allí el monje, recogido en sí mismo, entre los cuatro brazos de agua que urgían, en cruz, de la fuente central o font vitae, volvía a estar en el Edén, palabra que, dicho sea de paso, significa tanto en hebreo como en árabe “delicia”, “dulzura”, y también lugar de “recreo”. Los jardines son, pues, lugares para recrear nuestra sensualidad. Lo que muere fuera de ellos está destinado a renacer en su centro. En los jardines algo nuestro recuerda un mundo sin heridas, escisiones ni expulsiones, un tiempo fuera del tiempo.

La escritora francesa Marguerite Yourcenar atribuye a una influencia romana el diseño de los patios andaluces. A su vez, los romanos aprendieron en el Oriente Medio a podar y armonizar sus jardines. En el Renacimiento europeo, que conoció una inusual prosperidad jardinera, -gracias en parte a las plantas que provenían del entonces llamado Nuevo Mundo-, por vez primera las ruinas ocuparon un lugar en los jardines. Una columna, un ángel, un ánfora cubierta por la hiedra dotaban al lugar de una pátina melancólica. Estas ruinas eran equivalentes a las piedras de los jardines chinos y japoneses: fijezas que lo verde caricia y realza. Tras los italianos, los franceses, cartesianos hasta en los setos y las fuentes. Geómetras del boj, amantes del agua cantarina como los musulmanes nazaríes de la Alhambra. Después los holandeses, amantes del tulipán y los narcisos, y finalmente los ingleses, cuya idea de jardín “abierto” estaba en consonancia con su momento imperial y expansivo.

Tal vez se deba a la misma aquiescencia de las plantas, al silencio inherente al mundo vegetal, que sólo sea posible sentir en los jardines botánicos o en los huertos caseros esa paz del corazón que elogiaron Vespasiano y, en el convulso siglo XX, Wittgenstein, que relajaba su poderosa mente lógica ejerciendo de jardinero. Lo vegetal constituye el polo necesario para calmar, desde sus hojas, ramas y flores, la ansiedad roja de nuestros músculos animales, tendidos y distendidos en su trajín cotidiano.

En el continente americano, incas y aztecas tuvieron en sus jardines templetes y especies protegidas. Los antiguos mexicanos aprendían en ciertas casas llamadas “del canto”, la música floral y el vuelo de las aves. Era parte integral de la buena educación. Pues quien no ama su entorno ¿cómo podría amar a sus semejantes?  De modo que la verdadera sabiduría debe mucho a los jardines, para no hablar del amor. En el medieval Libro de la Rosa, de Guillaume de Lorris y Jean de Menú, el poeta sueña lo que será su obra y ve un río que debe seguir hasta llegar al jardín. En un momento de su viaje, el poeta se topa con la fuente maravillosa de Narciso. Hecha de mármol, esta fuente simboliza el Paraíso Terrenal. Es el centro del Jardín del Amor, el centro de un microcosmos en el que se sintetiza toda la cortesía medieval. Por fin, atreviéndose a mirar esa agua que fue, antiguamente, perdición de Narciso, el poeta halla dos piedras de vidrio que reflejan el jardín. Pero, en realidad, esas piedras son los ojos de la dama, ojos que resumen todo el deleite al que puede llegarse en el amor, pues si peligroso es el espejo en el que cae Narciso, sublime es aquel que sostiene Afrodita.

No podemos ignorar el trágico hecho de que en la actualidad millones de personas pasan hambre en diferentes rincones del mundo. De igual manera tampoco debemos soslayar las siniestras consecuencias que ya se derivan del cambio climático, expresión apocalíptica de una crisis ecológica global. Es por ello que necesitamos más jardines que nunca para cultivar alimentos sanos y variados, necesitamos muchos espacios verdes para contrarrestar los efectos de las masivas emisiones de carbono. En nuestro atribulado país, afectado entre otras cosas por la penuria hídrica, alimentaria y energética, resulta de capital importancia reconocer el significado del conuco y promover su difusión diversa, regalo de la profunda y refinada sabiduría ancestral de nuestros pueblos originarios, caribes y arawaks, entre otros. Hacen falta jardines comunitarios que contribuyan, en varias escalas ecosociales, a la re-conexión de las personas y los grupos; son ámbitos de intercambio y confluencia estratégica  para animar la solidaridad y la ayuda mutua, servir de refugios urbanos, facilitar la resiliencia, la protección de la diversidad biocultural y la memoria socio-ecológica ante la creciente homogeneización y degradación de los paisajes urbanizados. Pero además conviene altamente tener en cuenta que, en cada pequeño, modesto jardín, en cada maceta o en cada planta que mimamos, hay oculta una celebración, el reflejo de una alianza entre lo activo y lo contemplativo. La atmósfera de los jardines es terapéutica y formativa porque en ella el tiempo es un nido que impulsará la música, un caracol que nos obliga, al mirarlo, a aminorar nuestra marcha, o bien esa pelota de colores que un niño pierde tras el follaje de las cayenas para que, al ir a buscarla, el canto del turpial le corte de alegría la respiración. El jardín es un devenir suspendido entre sus hojas perennes y el parsimonioso crujir de las ramas y, al detenerse, revitaliza nuestra mente,  nuestro jardín interior.

 

Doctor en Estudios del Desarrollo (CENDES, 1999). Doctor en Sociología (Université du Québec á Montréal, 1990). MsC. en Planificación Urbana (McGill U, 1986) y Antropólogo (UCV, 1981).  Ha sido profesor-investigador de las áreas socio-ambiental  y teoría social.

Actualmente miembro de la coordinación general del Observatorio de Ecología Política y activista de la Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco.