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La post-pandemia pone en riesgo el uso de tecnologías energéticas sostenibles en Venezuela6 min read

Por: Alejandro López-González

Para Observatorio de Ecología Política de Venezuela

Imagen AP Matias Delacroix

Las lecciones aprendidas de nuestra historia reciente nos hacen ver con poco optimismo las perspectivas de las energías renovables, en un mediano plazo. La organización ecologista Greenpeace, acaba de publicar un informe en el que recuerda que la austeridad y los recortes que siguieron a la crisis de 2008 se han traducido en un aumento de la desigualdad y la exclusión social, una mayor precarización laboral, la relajación de la protección ambiental y la pérdida de derechos civiles, fenómenos todos que, más de diez años después, aún no han sido revertidos. Sin duda, la gran amenaza a la que nos enfrentamos es que los sectores más vulnerables de la sociedad vuelvan a ser los que paguen los platos rotos.

Cuando la economía global se ve golpeada, lo primero en recortarse son las medidas de control ambiental y eficiencia energética. En el caso de los Estados Unidos, las consecuencias económicas de la pandemia ya están golpeando con una velocidad y gravedad sin precedentes. En las últimas dos semanas de marzo, casi 10 millones de personas solicitaron prestaciones por desempleo. Nunca se había registrado un aumento tan marcado y descomunal, ni siquiera en el peor momento de la crisis financiera mundial en 2009. Tras haber mostrado escaso movimiento a comienzos del año, los índices más recientes derivados de las encuestas de gerentes de compras (PMI, por sus siglas en inglés) apuntan a bruscas desaceleraciones del producto manufacturero en muchos países, debidas a caídas de la demanda externa y a crecientes expectativas de contracción de la demanda interna. Todo esto repercute en una reducción de la demanda energética, lo que incrementa los costos operacionales de las centrales de generación y reduce la capacidad de inversión en nuevas tecnologías, manteniendo las centrales existentes y potenciando las más baratas.

En el caso de Venezuela, la situación es aún peor. Siempre he dicho que la transformación de la matriz energética venezolana depende de una maximización en la producción petrolera, hasta unos 6 millones de barriles diarios y el incremento de ingresos por volumen de ventas, no por incremento de precios, ya que estos nunca serán suficientes para elevar las ganancias nacionales. Sin embargo, esto no es lo que están haciendo nuestros socios de la OPEP+. Los países miembros de la OPEP+ acoraron el pasado 9 de abril reducir la producción de petróleo en 10 millones barriles diarios en los meses de mayo y junio para sostener los precios del crudo, afectados por la pandemia de coronavirus. Es cierto que un incremento en los precios del petróleo podría beneficiar a nuestro país en el corto plazo, pero no es suficiente para el apalancamiento de una transformación sostenible de nuestro modelo energético y de desarrollo industrial. Además de que esto, sin duda, tendrá efectos de muy corto plazo, no creo que se pueda sostener mucho más. Los precios del petróleo ya van a bajar inevitablemente, eso no lo dudo, en lo absoluto. Tendrá algunos repuntes puntuales, pero no hará más que bajar. Nuestro problema es que no tenemos ninguna capacidad técnica que, en PDVSA, nos permita tener un control de la producción. En estos momentos, no nos podemos mover al ritmo de la demanda ya que apenas si podemos sostener una precaria producción nacional, sustentada mayormente en los convenios operativos con trasnacionales extranjeras de los Estados Unidos, China y Rusia.

Desde un punto de vista estratégico, la actitud comercial de Arabía Saudita, que nos perjudica a nosotros por nuestra precaria situación industrial y gerencial, es realmente la más conveniente para los productores de petróleo. La tendencia natural de Arabia Saudita va a ser aumentar su producción de crudo en hasta 2 millones de barriles por día, para provocar el quiebre de los productores de crudos pesados en los países no-OPEP y frenar el avance de las energías renovables, eso es evidente. Pueden realizarse miles de reuniones de la OPEP+, pueden firmarse acuerdos, pero no creo que esto de recortar la producción, vaya a ser respetado en un mediano y largo plazo. Más temprano que tarde, Arabia Saudita planea bombear más de 10 millones de barriles diarios y aplicar descuentos sin precedentes de casi el 20 % en mercados clave, una maniobra que le permitiría expulsar del mercado tanto a la industria del esquisto de EE.UU. como a otros productores de mayor costo. Mientras tanto, nosotros en Venezuela nos quedamos muy mal parados, debido a nuestra total inoperancia en PDVSA.

La baja de los precios del petróleo, el hundimiento económico y la crisis post-pandemia significan un freno al desarrollo de tecnologías sostenibles de generación eléctrica. Aplazan la curva de sustitución tecnológica y reducen las posibilidades de que Venezuela pueda acceder a una transición sostenible de nuestra crisis eléctrica. Nuestra transición energética requiere de unos ingentes ingresos por producción petrolera, ingresos que realmente no veo cuando podremos tener. La ventana se cierra y nuestros líderes están absolutamente paralizados ante esta realidad. Confían en milagros de la OPEP+, que no creo que sucedan. Para este momento, la estrategia era tener un gran volumen de producción que nos permitiera influir en los precios y tener alguna capacidad de negociación. Pero la verdad es que hoy no representamos ninguna influencia en el mercado petrolero mundial y dependemos absolutamente de la “misericordia” de los árabes y rusos, en sus medidas de mercado que, evidentemente, responderán primero a sus intereses particulares que, debido a nuestra precaria situación, no están en sintonía con los intereses de Venezuela.

En este momento, nuestro país tiene que evaluar la necesidad de sostener a un pueblo empobrecido y sujeto a grandes calamidades sociales y económicas en contraposición a un necesario avance en las tecnologías energéticas. Nuestra situación amerita hacer una valoración ética y social de nuestra situación. Necesitamos energía abundante y barata, evidentemente también sostenible, ¿pero como hacerlo sin afectar a nuestra población o recurrir a subsidios inviables en este momento? Desde hace más de diez años he venido advirtiendo que nuestro país no estaba preparado para una contingencia global, porque somos demasiado dependientes de la economía capitalista mundial, dependemos absolutamente de que el capital se expanda y la industria depredadora del ambiente crezca, es una contradicción que ahora nos ha atrapado y tenemos que afrontar ¿a que le daremos prioridad? ¿Qué podemos hacer? En un mundo que incrementará el proteccionismo y la autarquía a partir de los próximos años, Venezuela queda descolgada. La transición energética sostenible debe replantearse hacia lo más pequeño, hacía lo comunitario y social, es la única vía. Nuestro pueblo tiene derecho a una energía barata y nuestra economía la necesita, por ahora hay mas preguntas que respuestas. Todo depende de los valores sociales y éticos que realmente estemos dispuestos a asumir en nuestro país “¿Qué hacer?” la respuesta no es nada sencilla.

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