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Racismo, xenofobia y monocultivo: un alegato a favor de la diversidad10 min read

Francisco Javier Velasco Páez

El asesinato del afroamericano George Floyd a manos (o más bien bajo el pié) de un agente de la policía en Minneapolis y la subsecuente masiva oleada de protestas anti-racistas que desde entonces han estado sacudiendo a los Estados Unidos, extendiéndose a otras parte del mundo, ha puesto sobre el tapete de la discusión pública, el debate sociopolítico y la confrontación intelectual el tema del racismo, sus causas y consecuencias. En este marco se inscribe el escrito  que presentamos a continuación.

La ideología del apartheid euro-norteamericano, se parasita y se retroalimenta con otros proyectos históricos de dominación (imperialismo, colonialismo, colonialismo interno, neocolonialismo del capitalismo global). Conviene recordar aquí que América Latina no escapa a esta triste realidad que algunos sólo asocian con los Estados imperiales; luego del período colonial, las repúblicas oligárquicas de nuestra región se conformaron con base en una relación de antagonismo étnico-territorial y societario  en la que el racismo desempeñó un rol fundamental y cuyos efectos siguen sintiéndose con mucha fuerza hoy en día.  En lo que concierne a nosotros los venezolanos y las venezolanas, la hostilidad y la discriminación xenofóbica de la que han sido objeto en países vecinos muchos de nuestros conciudadanos migrantes en tiempos recientes, así como los atropellos, injusticias y despojos llevados a cabo por el Estado y otros sectores en contra de los puebos indígenas que hacen vida en el propio territorio de Venezuela, muestran que este abominable flagelo no nos es extraño.

El racismo supone una forma de dominación sustentada en prejuicios, lugares comunes y pseudo-saberes con argumentos pretendidamente biológicos, más específicamente fenotípicos, que resulta de relaciones de poder cuidadosamente modeladas a lo largo de siglos de historia humana. Desenmascarar y combatir al racismo implica hacer frente a poderosos y excluyentes intereses materiales e ideológicos con muchos años de adoctrinamiento. Como propósito emancipatorio, no basta con plantear la necesidad de la abolición de las clases y la explotación e incluso la eliminación del propio Estado. La erradicación del racismo implica igualmente, y además en un nivel más fundamental, la eliminación de todas las formas de dominación y jerarquía, incluyendo la visión que orienta la pretensión de dominar la naturaleza. La imagen general de una naturaleza que debe ser domesticada  por una humanidad ‘racional’, ha fundamentado una epistemología de la dominación que ha fragmentado al mundo social en jerarquías, clases, instituciones estatales, géneros y divisiones étnicas, impulsando aventuras de conquista y sometimiento, políticas imperiales de exclusión y segregación, genocidios y  odios raciales.

Por presentes que estén en la  convulsa y siniestra escena contemporánea, el racismo y la xenofobia están condenados a la desaparición, al igual que los monocultivos y los regímenes de partidos únicos. La creciente diasporización del mundo, el flujo de inmigrantes, las mezclas interétnicas y culturales, los viajes de trabajo y de turismo, demuestran la extrema y posible variabilidad genética de lo humano, así como la plurifecundación cultural de nuestras sociedades  que, contra viento y marea,  se adentra cada vez más en un multicolor mestizaje foliar. Con todas nuestras diversidades, los miembros de la especie humana, procedente de un tronco común homínido, podemos mezclarnos, cosa que no pueden hacer los chimpancés y los gorilas entre lo simios, por ejemplo, o los tigres y los gatos, ambos felinos. No tenemos límites al sin fin de permutaciones cromosómicas y culturales que permiten nuestra condición y naturaleza humana. Algunos individuos o grupos de nuestros congéneres levantan barreras y justifican rechazos erigiendo falsos orgullos y superioridades en torno a las extrañas alianzas del amor, que siempre ha estado por encima de las diferencias, como prueban el arte y la literatura. Lo extraño es que, tras los horrores racistas que conoció el siglo pasado, tras los inenarrables sufrimientos de los judíos, los gitanos y los eslavos injustamente calificados de ‘razas inferiores’ por la horda nazi, aún abunden quienes ponen en duda lo ocurrido y vuelven a la carga con la falsa defensa de los valores blancos, occidentales y cristianos.

Esa pobre y mediocre gente que aupa a Donald Trump en los Estados Unidos, al linaje Le Pen en Francia, a Vox en España y a Jair Bolsonaro en Brasil, por nombrar algunos, ignora que tras un primer rechazo de lo estadounidense, lo francés, lo hispánico o lo brasileño, se oculta la perniciosa anemia del egoísta, del fóbico de la limpieza de sangre e ideas, porque està claro que la obsesión sanguínea de ese tipo de personas apela a lo irracional, sin darse cuenta de que si filosóficamente niegan la igualdad racial buscan, empero, a sus iguales entre quienes comparten las mismas ideas wotánicas de ultratumba. La raíz del odio racial, más allà de condicionamientos sociales, económicos y políticos, es sin duda la falta de amor, de amor a la vida, y la ceguera ante el dinamismo societario o los azares (lamentablemente ligados en este caso especifico al exterminio de pueblos enteros y la esclavitud de otros)  que traen el trigo y el vino meridional a las dos Américas y llevan a Europa la papa y el maíz, revelando así que en la cultura humana todo es modificable, todo es móvil, todo tiene por destino lo plural y lo heterogéneo.

El racismo, que no el amor y respeto por las etnias y los diversos grupos humanos, se relaciona también con el temor a la pérdida de identidad cultural, con el miedo a la dilución genealógica en el abrazo de los genes nuevos, en la incorporación de cromosomas extraños. Ese temor no se justifica, precisamente porque, entre otras cosas, ese drama biológico que han padecido las casas reales europeas y asiáticas, llamado hemofilia, prueba que el narcicismo sanguíneo –la sangre otra vez- produce efectos de coagulación. Por tanto, es paradójico que quienes no aceptan a los de afuera, quienes propenden a la endogamia cultural, religiosa o racial, acaben por ver corrompido su propio sistema circulatorio y vean cómo se destruyen sus grandes vasos y debilitan sus articulaciones tras un largo y excesivo amor a sí mismos, una suerte de onanismo racial. Bajo el racismo, como bajo la endogamia dinástica, no sólo se ocultan la voluntad de poder o la simple omnipotencia de las aristocracias, sino la impotencia del débil corazón, el espíritu cuantitativo del monocultivador, del creador de desiertos verdes, que piensa  la realidad en términos de numerus clausus: o hay demasiados de los otros, o hay pocos de los nuestros. Y la cantidad, ya se sabe, es siempre perversa. Inversamente, si algún valor tiene la calidad, es el de lo auténtico tel quel. El espíritu que cualifica no puede sino ver belleza en todas partes, porque su mirada buscará en todo momento el milagro que hace de las cosas y los seres aquello que son. ¡Qué relación siniestra  hay entre el número que los prisioneros tenían tatuado en su brazos en Auschwitz, Treblinka y Bergen- Belsen, y el desprecio de los nombres, las formas, las personas a quienes otras supuestas personas negaban el derecho a diferir!

Resolver el problema básico que el monocultivo agrícola –panacea de la “Revolución Verde” hace unas décadas y desastre socioambiental hoy- plantea al agricultor, es considerar una doble opción: a la riqueza rápida e irresponsable que desemboca en una degradación del terreno que se dedica al cultivo de un sólo rubro, en un empobrecimiento del suelo, o a la sobriedad ecológica y responsable que regula las mal llamadas malas hierbas y se abstiene de juzgar al gusano o la lombriz que segregan nitrógeno porque sabe que ellos también cumplen un rol. No se piense que comparamos gusanos y lombrices con seres humanos, pero las labores más duras que hacen los inmigrantes africanos, asiáticos y latinoamericanos en Europa – donde ha rebrotado el peor racismo- ¿acaso no los acerca al campo, a la recolección de basuras, actividad sin la cual las calles de los europeos serían irrespirables?

Más que una serie de disposiciones legales que protejan contra el racismo y la discriminación, sería preciso demostrar cuán dolorosas y mortales son sus consecuencias para quienes lo ejercen o hacen de él su bandera. Así como lo hemos señalado más arriba al referirnos a América Latina, y tal y como lo acaban de demostrar una vez más los últimos sucesos ocurridos en los Estados Unidos, la lacra racista no se limita al escenario europeo. Kurdos, tamiles, uzbecos, tibetanos, dakotas, navajos, pemones, waraos, yukpas  y mapuches, entre muchos otros, conjuntamente con minorías étnicas y pequeños grupos humanos que aquí y allá se resisten a marcar el obligatorio paso de las mayorías, son las eternas víctimas de una enfermedad crónica, de un daltonismo que oscila entre el nacionalismo y el racismo que no ve más trascendencia que su propio ombligo.

Como se ha demostrado hasta la saciedad, en la especie humana no existen las razas biológicas. Los seres humanos sólo podrían crear razas mediante una segregación voluntaria, de la misma forma que lo hacen periódicamente con los animales domésticos. Pero estas “razas puras” y artificiales serían muy frágiles y de escaso valor biológico. Tampoco existen grupos humanos biológicamente superiores o inferiores; superior e inferior, como bien y mal, son causa de pertrubaciones psicosociales. Por razones y distrosiones sociohistóricas, algunas poblaciones han logrado acumular medios de poder que les han permitido imponerse a otras. Además, el  racismo que tiende a prohibir el mestizaje para volver a la “pureza racial” monoforme y monocultural, predica falazmente el mismo proceso que se utiliza en la domesticación animal, con miras a obtener la hipertrofia de un carácter determinado (en vacas lecheras, ovejas de lana, caballos de carrera, perros de raza) en detrimento de otros caracteres. Como la estructura genética de los animales domesticados y de las cosechas producto de la agroindustria, la estructura psíquica de los humanos domesticados se degrada. El resultado de esta voluntad de pureza conduce al desequilibrio biológico, puesto que -en los llamados reino animal- fuera de las condiciones artificiales de crianza, los individuos son extremadamente frágiles.  Otro tanto es verdad para los ideales “rubios”, “wasps”, “arios” “filoeslavos” y glaciales de tanto supremacista blanco que anda por ahí.  Todo es desventaja en el racismo, primero para quien es vilipendiado, agredido y aniquilado por ser diferente, luego para quien ejerce estúpidamente la agresión, pues ésta acaba por destruirlo.

La ventaja del ser humano corriente radica en su polimorfismo genético que, al decir de no pocos entendidos en la materia, le ha permitido conservar los caracteres de un animal salvaje sorprendentemente joven. Esto contrasta notablemente con la violencia de la domesticación, la compulsión a un hábitat reducido, el control absoluto de cuerpos y almas llevado a cabo en los campos de concentración del Tercer Reich, la Kampuchea de Pol Pot y los gulags del stalinismo.

Como quiera que sea, la humanidad se encamina de forma inexorable hacia un mestizaje más intenso y generalizado, hacia un amplio pool génico intercomunicante, y una panmixia planetaria. De hecho, en el campo evolutivo, lo viviente nunca puede volver atrás. El polimorfismo es una ventaja para el grupo. De la misma manera, si la humanidad, al borde del abismo civilizatorio, decide salvarse y superar la catástrofe, el drama ecológico, producto de la tendencia al monocultivo, la unidimensionalidad cultural, el industrialismo indiscriminado y el gigantismo urbano, acabará, en lo social hacia una polivalencia étnica y ecológica. La realidad constitutiva de nuestro ser y la naturaleza es múltiple, nuestra corporalidad es dinámica y multicolor. La vida no cuenta, simplemente es, no consiste en un problema que resolver sino una experiencia a ser compartida con nuestros diversos congéneres y el pluriuniverso al  que pertenecemos.

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