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Los Feminismos Territoriales como una apuesta de transformación7 min read

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Por Vanessa González Peña

Gráfica: Robinson Moreno

(…) Aparecieron las plantas, aparecieron los pájaros,

aparecieron los animales, aparecieron las personas,

aparecieron las estrellas en el firmamento,

aparecieron todas las cosas hermanadas.

(poesía Wayuú).

 

Cada día que pasa nos demuestra que se hace imprescindible insistir en posicionar temas en el debate público y movilizar acciones que permitan garantizar la defensa de lo que nos mantiene vivos como especie; partiendo por considerar que eso que nos mantiene vivos es la coexistencia de la multiplicidad tanto de especies como de elementos que van más allá de lo humano y que componen lo que hemos de llamar Naturaleza o Madre Tierra.

Esta urgencia, además de promover la defensa de elementos tan vitales como la tierra y el agua, nos lleva también a insistir en cuestionar las formas en que se concibe la relación con la naturaleza, el modo de vida dominante y el cómo se organiza la sociedad desde lo político, social y económico. En primer lugar, si lo que concebimos como habitar el mundo se basa en función únicamente de la utilidad (valoraciones utilitarias, tanto de cambio como de uso) muy difícilmente se podrá superar la visión mercantilista de la vida. Un ejemplo de ello se muestra en cómo funciona el marco de la política “desde arriba” en sus diferentes matices, corrientes y tendencias ideológicas (desde las más conservadoras hasta los progresismos) que han de situarse en un camino muy similiar llamado “desarrollo”: un camino que imposibilita tarde o temprano la garantía de derechos, que se basa en el discurso del crecimiento económico (o de la potencia económica) y que se sostiene a través de los extractivismos. Un camino “desarrollista” basado en un modo de vida que no es posible sostener y que no permite el desarrollo vital e integral de nuestra especie ni de la vida en general.

Desde los extractivismos no se pueden construir opciones políticas antihegemónicas, a pesar de que en algunos casos se utilice como promesa la superación de la pobreza o la justicia social. Y esto es así, porque además de que finalmente se asume la no-pobreza como acceso material y justicia económica, las consecuencias devenidas de los extractivismos a mediano o largo plazo sólo garantizan situaciones de devastación en sus territorios de ocurrencia -los llamados enclaves extractivos– y a nivel general mayores dependencias de la exportación de materias primas para su intercambio en el mercado financiero internacional, en el caso de nuestros países latinoamericanos, lejos de garantizar la soberanía nacional.

La imposición de este sistema económico dominante, explotador, expoliador, que coloniza imponiendo formas de vida ajenas a las existentes en los territorios en los que se inserta, es también patriarcal. Las lógicas de dominación que se desprenden de esto no buscan sólo apropiarse de la naturaleza sino también de sus cuerpos (cuerpos tanto humanos como no humanos); y es por esto que tanto los Estados como las empresas trasnacionales operan desde una posición autoritaria, o desde mecanismos de coacción, manipulación, sometimiento y control. Desde esta lógica, hay una apropiación extensiva de la naturaleza, la cual además de ser privada tanto de su derecho como de su posibilidad de existir y regenerarse, es administrada arbitrariamente o es acaparada y privatizada.

Por eso no es de extrañar que las luchas socioambientales en latinoamérica sean amplias y diversas, teniendo como especial enfoque la defensa de los territorios y sus bienes comunes (o mejor dicho, comunitarios); estando íntimamente relacionadas con todos los aspectos esenciales de la vida, con la búsqueda de derechos tanto humanos como derechos de la naturaleza. Luchas contra el despojo, que parten de la tierra misma para que ésta no sea arrebatada a nadie (ni siquiera a ella misma).

En esto, la mujer ha demostrado desempeñar un papel fundamental y en algunos casos central. Las formas de opresión que se imprimen directamente sobre los cuerpos están vinculadas con las que se ejercen sobre los territorios, siendo evidente que las desigualdades tanto ambientales como sociales y de género se expresan en mayor medida en contextos donde el extractivismo ha dejado sus huellas: contextos de conflicto, precariedad, de profundas degradaciones ambientales, territorios que se han de señalar como especiales para la economía (p.j. ZEE[1]), contextos que califican de sacrificables[2], generando una pobreza y situación de vulnerabilidad que está en su mayoría feminizada. Por esta razón, es que las mujeres encontrándose bajo situaciones de opresiones y violencias múltiples (las cuales se transversalizan) llevan a cabo luchas que son tanto políticas y anti-capitalistas, como anti-patriarcales.

Las desigualdades generadas por estas economías extractivistas, muy al contrario de lo que promueven los Estados, generan situaciones de inestabilidad social, política y económica, teniendo grandes impactos en la dinámicas locales, además de generar consecuencias irreparables en los sistemas ecológicos. Otra de sus particularidades, es que generan una patriarcalización de las economías, masculinizando las formas de producción e invisibilizando las lógicas de reproducción y cuidado de la vida.

Muchas de las luchas socioambientales que en su mayoría se encuentran invisibilizadas, están sostenidas gracias a la resistencia y la fortaleza que tienen las mujeres en sus comunidades y territorios. En este sentido, son las mujeres quienes en conjunto con el grupo humano con el que conviven, construyen estrategias para contrarrestar las condiciones de precariedad o amenaza en la que se encuentran, generando procesos de empoderamiento comunitario, redes de apoyo o de auto-organización, re-configurando modos de vida que permitan generar otra vinculación con la tierra, con los territorios. De esta manera, los sentidos comunitarios surgen como una alternativa al despojo y la violencia, pero también a los sistemas de dominación que son patriarcales, de modelos económicos que están en contra de la vida en el planeta.

Los feminismos territoriales, si bien históricamente han sido impulsados por mujeres que están vinculadas directamente con la tierra (p.j. mujeres indígenas, campesinas), también surgen con mucha fuerza desde contextos y espacios comunitarios diversos; siendo la perspectiva comunitaria la clave para construir multiplicidad de resistencias y alternativas a las formas de vida que se quieren imponer como las principales. Los feminismos comunitarios y territoriales son una apuesta para: contraponerse a la persistencia del capitalismo por negarse a desaparecer, al colonialismo que se refresca de manera permanente bajo diferentes rostros, al patriarcado y al racismo que son alimentados a diario, al despojo-devastación y saqueo; para resistir ante la violencia ejercida sobre los propios cuerpos de manera sistemática. Así como también constituyen una vía para impulsar la expresión de las diversas voces de los pueblos en búsqueda de su reconocimiento, soberanía y autodeterminación. Los feminismos comunitarios buscan recuperar y defender los territorios que además de ser físicos, son territorios-cuerpos y territorios simbólicos que se contruyen en relación. Recuperar los territorios-vínculos.

Las degradaciones ambientales están desarraigando y vulnerando cada vez más a numerosos pueblos que ya no conocen de fronteras. El desarraigo es de la tierra, de los cuerpos, de la cultura, de la identidad, y también de los afectos, de los lazos sociales. Es por eso que vamos a construir feminismos de los arraigos, los cuales además de anclarse territorialmente para situarse desde una posición firme en el mundo, tienen el reto de re-territorializar a aquellos pueblos que están o han estado invisibilizados, desplazados, que han tenido que moverse o se ven amenazados de hacerlo por conflictos generados por disputas por la tierra (esto lo vemos en algunos pueblos originarios, campesinos y migrantes).

Para poder arraigarse hay que tejernos, desde el entendimiendo de cómo somos cada uno y cada una tal cual hebras e hilos.

 

 

[1] ZEE: Zonas Económicas Especiales.

[2] Zonas de sacrificio: aquellos lugares que concentran una gran cantidad de industrias contaminantes, afectando siempre a aquellas comunidades más pobres o vulnerables. Son sectores geográficos de alta concentración industrial, en los que se ha priorizado el establecimiento de polos industriales, por sobre el bienestar de las personas.

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