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Enrique Leff: Clima viral, reflexiones para repensar el lugar de la humanidad en el planeta13 min read

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Por: Enrique Leff

Ilustración: Belén García Monroy, para Nexos

Un capitalismo promiscuo viral

A medio siglo del Día de la Tierra, momento histórico que abrió una reflexión para controvertir la normalidad de la vida jalonada por el crecimiento económico, la humanidad amaneció infectada por un nuevo virus. La crisis ambiental había confrontado la normalidad del régimen económico que inducía la mayor anormalidad en el orden de la vida: su precipitación hacia la muerte entrópica del planeta. Los sentidos de la sustentabilidad han sido cooptados por la economía pretendiendo resolver la emergencia climática a través de una nomenclatura que adquiere tintes catastróficos, tonos apocalípticos y signos letales, pero que no logra nombrar la complejidad de la crisis civilizatoria por la que atraviesa la humanidad: una crisis sistémica; económica y ecológica; ambiental y epidemiológica; ontológica y existencial.

La pandemia del COVID-19 ha venido a agudizar la reflexión que abriera la crisis ambiental para orientar una transformación civilizatoria hacia la sustentabilidad de la vida regida por tres principios fundamentales: 1. Una ontología de la diversidad, que afirma la esencia de la vida en su devenir diversificante desde la physis, la complejización de la evolución creativa de la vida. 2. Una política de la diferencia, la manifestación y resolución pacífica de las diferentes visiones, intereses y posicionamientos en la construcción de un mundo “hecho de muchos mundos”. 3. Una ética de la otredad, la convivencia de diferentes mundos de vida, irreductibles a una unidad, a una identidad, a una racionalidad que gobierne los diversos modos y derechos de ser en el mundo.

Hoy la pandemia ha venido a conjugar la crisis ambiental y la crisis epidemiológica con la crisis del capitalismo, de la racionalidad tecno-económica que gobierna el mundo y que ha trastocado el metabolismo de la vida al intervenir en la biosfera a través de procesos extractivistas que muestran la insaciabilidad del capital para alimentarse de una naturaleza limitada en el planeta. El extractivismo es un eje fundamental de reflexión crítica en la ecología política de América Latina en los últimos años, de sus efectos en la crisis existencial de los pueblos y las personas, de los sentidos vitales y los derechos de ser en el mundo que movilizan las acciones humanas en los procesos de apropiación social de la naturaleza.

Hoy la pandemia viene a mostrar un estadio exacerbado del capital extractivista. Ciertamente, ha habido momentos de desprendimientos de virus que han estado hospedados en las células desde los albores de la vida a lo largo de la historia humana, pero una reflexión crítica nos lleva a cuestionar la naturalidad del acontecimiento COVID-19. El coronavirus ha llegado a todos los confines del planeta como indicio de la agencia de un capitalismo promiscuo viral en el proceso de globalización. El capital que venía expandiéndose, engullendo a la biosfera, apropiándose todos los territorios, se ha vuelto promiscuo al penetrar en las células de la vida, recombinando y haciendo mutar sus genes sin contención ética alguna, como lo fuera la prohibición del incesto a lo largo de la historia de las relaciones humanas. La globalización ha alterado el metabolismo de la vida, removiendo y promoviendo mutaciones de los virus que habitan en sus organismos. El capital ha diseminado al virus patógeno transportándolo a través del comercio y del turismo como agencias de la valorización del capital. Este extractivismo promiscuo está “liberando” a los virus de su lugar en la biosfera, convirtiéndolos en agentes mortales de la vida humana.

La excepcionalidad como normalidad

Al acercarnos al medio millón de víctimas del COVID-19, los gobiernos se aprestan a volver a una “nueva normalidad”. Pero, ¿cuál sería esa nueva normalidad? ¿Cuántas vidas humanas será el costo “normal” para reinstaurar la vida económica que dejó de ser normal hace tiempo y que indefectiblemente habrá de reiterar nuevos ciclos de anormalidad? La pandemia cuestiona la a-normalidad de la economía y abre la pregunta sobre el valor y sentido de la vida.

La emergencia climática y el acontecimiento de la pandemia del COVID-19 ponen al descubierto la confrontación entre la preservación de la vida y el dominio del capital; es decir, del régimen tecno-económico que ha objetivado a la naturaleza y puesto la vida a disposición del capital, para ser apropiada y explotada hasta la extinción de la biodiversidad y de la vida humana. El capital es el régimen soberano que gobierna el mundo degradando la vida en el planeta. La vida ha sido la gran olvidada en la historia por el dominio de la Razón. Por primera vez en la historia, la humanidad se enfrenta al imperativo de hacerse cargo de su condición humana, de su voluntad de dominio de la naturaleza; al titánico desafío de deconstruir su Insustentable Razón para reencontrar su lugar en el Mundo; para reinventar sus modos de habitar la Tierra dentro de las condiciones de la Vida.

La pandemia del COVID-19 ha irrumpido en un mundo que ya estaba en punto cero, iniciando la cuenta regresiva para estabilizar el riesgo climático en el planeta. Los Acuerdos de París habían advertido a la humanidad que tenía tan solo una década para recuperar y equilibrar la normalidad de la vida. El coronavirus ha denunciado la anormalidad de ese razonamiento. La pandemia no es un brote normal de la naturaleza, sino un acontecimiento provocado por la intervención del capital sobre la vida. Hoy los gobiernos comienzan a implementar sus planes para la vuelta a una “nueva normalidad”. Pero ya Einstein advertía que “No podemos resolver los problemas con la misma forma de pensar que usamos al crearlos”. La excepcionalidad de la emergencia epidemiológica no puede disociarse de la crisis socio-ambiental que se expande sobre el planeta, degradando las bases de sustentabilidad de la vida, cuestionando los modos de comprensión y habitabilidad de la biosfera frente a las condiciones de la vida.

El virus ha desafiado la responsabilidad de la humanidad ante los destinos de la vida: ante las condiciones termodinámicas y ecológicas de la biosfera de las que depende nuestra propia vida; ante los impulsos inconscientes y la voluntad de poder que predispone las acciones humanas hacia el dominio de la naturaleza. La vuelta a la normalidad dentro de un régimen democrático pone en juego la libre determinación de las decisiones de la vida autónoma (comunitaria, personal), ante la autoridad que dicta las políticas y medidas del comportamiento social para salvaguardar nuestras vidas. La gente genera espacios autónomos, activa por propia mano la desobediencia civil y pone en juego sus decisiones personales cuando el Estado no garantiza la buena convivencia y la seguridad de la vida de los ciudadanos. El estado de emergencia activa los mecanismos del micropoder frente al poder soberano de la autoridad que ajusta los códigos bioéticos para hacer vivir y dejar morir a la gente a través de estrategias que valoran la vida en función de la normalidad económica, de los servicios de salud que debieran garantizar el derecho a la vida de todos. Hoy la bioética para atender la pandemia —la estrategia de aplanamiento de la curva epidemiológica— mesura el número de pacientes que pueden ser atendidos por una política epidemiológica dispuesta bajo el principio de la rentabilidad del capital. Por su parte, la intelectualidad política mesura la normalidad de las muertes en función de su afectación al rating y la posible revocación del mandato del Presidente. En tanto irrumpe el clamor por el derecho universal a la salud y a la vida, la cruda realidad evidencia que éste no es una facultad y una posibilidad equitativa para toda la población, para todas las personas que se juegan la vida dentro de las condiciones de supervivencia de las desigualdades de la normalidad económica. Cumplir el mandato del confinamiento en casa, guardar la “sana distancia”, llevar una vida sana en tanto llega la vacuna para inmunizarnos contra el virus, es privilegio de algunos, no derecho de todos.

El confinamiento ha exacerbado los ánimos de la gente antes de activar los sensores de la prudencia y el cuidado de la vida. La violencia de la metafísica que señalara Jacques Derrida se ha activado en los excesos policíacos que han liberado la virulencia de la voluntad de exterminio del otro en las células del poder político y la vida social: en las comunidades y municipios. La crisis sistémica se ha convertido en una sinergia negativa, en un círculo perverso en el que la catástrofe socio-ambiental viraliza la violencia colectiva.

Desquiciamiento de la razón / Insensibilización del cuerpo / Esperanza de vida

La crisis ambiental vino a plantear la deconstrucción de la racionalidad que ha normalizado las condiciones desiguales de existencia de la vida. El ambientalismo crítico está pasando de la crítica de la razón insustentable a poner en juego la sensibilidad del cuerpo. Desde Nietzsche, Merleau-Ponty y Lévinas, de Freud y Lacan, la bioética ha activado el saber del cuerpo en la comprensión de la vida, desde las pulsiones del inconsciente hasta los deseos y las aspiraciones de emancipación de la vida. En el cuerpo bullen pulsiones, impulsos, sensaciones, percepciones, emociones, sentimientos e intuiciones de la vida que no se aclaran en la Conciencia; que no se conjugan en el Lenguaje; que no se transparentan en la Razón.

La crisis viral ha venido a alertar, a contener y proteger nuestras sensibilidades vitales. Hoy sabemos que ponemos en riesgo la vida al darnos la mano, al abrazarnos y besarnos. El virus ha sonado una alarma ante nuestros modos de gozar la vida. La historia epidemiológica ha registrado la traducción metafórica del mandato del goce inconsciente “¡sé feliz!” en la sífilis por su nominación originaria: Syphilis sive morbus gallicus. El deseo sexual, connatural a la naturaleza humana, se volvió un riesgo para la vida. El virus del SIDA lo devolvió a la escena primaria y promovió la normalidad del uso de dispositivos para condonar y preservar la vida. Hoy, la pandemia del COVID-19 extiende el uso de filtros que protegen pero insensibilizan el contacto del cuerpo con la vida: allí por donde respiramos, olemos, miramos, comemos, amamos.

 “La caricia no sabe lo que busca”, dijo Emmanuel Lévinas, pero la sensibilidad del cuerpo ha dejado de estar “a flor de piel”. El principio ético de Otredad habría de llevarnos a saber a con-vivir con lo Otro que no puedo reducir a mi yo, a mi modo de ser, a mi modo de pensar. La ética de la convivencia humana nos lleva a aceptar al otro como Otro. Si ya antes la sana convivencia había llevado a desviar la mirada en el espacio público para evitar el acoso sexual, hoy la pandemia nos lleva a mirarnos a través de la pantalla del monitor o del celular, cuando ya no se puede dar la cara al otro por prevención de contagio, cuando la epifanía del rostro se ha convertido en la mirada virtual del Facebook. ¿Cómo amar la vida sin mirar a los ojos al otro, cuando ha sido pervertida y contaminada la mirada del otro? El amor se disuelve sin la mirada desnuda del otro, cuando la poesía yace ensangrentada por la insensibilidad ante la vida del otro del Holocausto y del crimen organizado.

La pandemia nos confronta con la naturaleza del deseo humano. Más allá de la condición existencial del ser humano, del axioma de Aristóteles “todos los hombres somos mortales” y del “ser-hacia-la-muerte” que Heidegger pusiera al centro de su ontología existencial, el coronavirus nos coloca ante un riesgo real de la vida. Pero nada garantiza que el virus genere una “conciencia de especie”, un nuevo modo de comprensión sobre las condiciones de la vida en el planeta. La resiliencia de la voluntad de poder instaurada en los órganos institucionales, la razón de fuerza mayor que gobierna el mundo, ha confinado al cuerpo social en la insensibilidad de la vida. La pandemia ha puesto en evidencia la vulnerabilidad y ha vuelto palpable la fragilidad de la vida; ha acercado a la percepción de la vida a la angustia ante la muerte. El virus nos ha quitado el sueño; pero su mayor peligro es que nos devuelva a la peste del olvido en la que cayó Macondo, que despertemos ya sin signos de vida.

Vivimos en un confinamiento temporal de nuestros cuerpos, pero en un reclusorio mental de mucho tiempo atrás. La tragedia de la actual pandemia es el genocidio epistémico viral del que es portador de la COVID-19. Apostamos por la intuición del cuerpo, pero se han obstaculizado sus capacidades de percepción y degradado la sensibilidad hacia la vida. Faltan los giros del lenguaje para aferrarnos a la vida, para decir el dolor y la frustración; pero sobre todo las ganas de vivir y el saber de las condiciones de la vida. El imperativo del cuidado de la vida ha interpuesto una distancia al contacto, al desnudo de la vida; la pequeña “a” que designa la angustia inconsciente, impone una prohibición: a-cercar; a-coger; a-brazar; a-cariciar la vida. El virus ha “enrocado” las letras del laberíntico ajedrez de la existencia humana. La alegría de vivir se ha convertido en alergia hacia la vida. Se han trastocado los sentidos existenciales y desviado los destinos de la vida. Habremos de reinventar las palabras para decir el saber de la vida, a lo que sabe la vida infectada de virus de muerte; para sorber y absorbernos en la vida; para reabrir los senderos de la vida hacia un futuro sustentable.

Del trasfondo oscuro de la vida confinada surgen inciertas preguntas: ¿Lograremos deconstruir la racionalidad dominante y acceder a otros modos de comprender la vida agudizando la inteligencia de la razón y la sensibilidad del cuerpo? ¿Lograremos ajustar nuestros modos de vida a las condiciones de la biosfera, dejando el petróleo bajo tierra para no contaminar más la atmósfera, dejando que los virus vuelvan a encontrar su lugar en la biosfera, dejando en paz a los agentes agresores de la vida humana? ¿Aprenderemos a mirar y a acariciar la vida de otra manera? ¿Aprenderemos a pensar y a comprender las condiciones de la vida y a vivir en las condiciones de la vida? ¿O la post-pandemia será un paso más allá de la insustentabilidad, hacia la insensibilidad de la vida?

La única normalidad hacia el futuro que anuncia la pandemia es el estado de excepción en el que deberá renovarse la esperanza de la vida. La transición civilizatoria hacia la sustentabilidad no podrá ser la readaptación a una vida siempre amenazada destinada a la muerte. Antes de despeñarnos hacia el abismo de la crisis ambiental, la catástrofe ecológica y la emergencia climática, la vida alza la mirada a las estrellas, hacia el firmamento de un nuevo pacto con la naturaleza, para signar nuevos sentidos existenciales acordes con la música del Cosmos y el canto de la Tierra. El COVID-19 nos lanza hacia lo posible de la vida y de otros mundos posibles. Esta es la reflexión radical que trae en ciernes la pandemia, el desafío que enfrenta la humanidad para reacordarse de su naturaleza, con la naturaleza: para reaprender a habitar el planeta en las condiciones de la vida.

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