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Sobre la noción de vida en crisis y su orificación6 min read

Imagen: Paola Vergottini

Esta es la historia de un mori con una suerte enorme para conseguir oro. Las vetas más grandes de los ríos se le abrían y su batea nunca tenía que trabajar mucho para conseguir oro. ¡Tanto oro tenía que un día decidió orificar sus dientes! ¡Quería tener dientes de oro! Se orificó la dentadura toda. Como granos de maíz su sonrisa dorada era. Luego quiso más y comenzó a orificar su cuerpo, se hizo entonces cubrir de oro los brazos, luego las piernas luego las manos y por último los pies. Su cara también era dorada como el sol. Feliz de sentirse parecido a lo que soñó de él mismo, se sentó sobre una piedra frente al río para que todo los moris lo vieran. Luego de un tiempo de sentirse admirado y alabado decidió ir a caminar por el bosque, pero no pudo escuchar al río con tanto oro en su tímpano, quiso pasar la mano sobre la hierba, pero no podía sentir nada con el oro en sus dedos, quiso sentir la brisa, pero había perdido toda sensibilidad en la piel. De esta manera nunca más pudo volver a degustar, a oler, a besar, sentir la tierra en los pies o sentirse abrazado.

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Tenemos en crisis la noción de vida. ¿Qué es una vida vivible?[1]¿Qué se necesita para vivirla? ¿Qué es realmente lo imprescindible? Hacemos enemigo a un virus que es al final la consecuencia de una forma de vivir y de relacionarnos con los ecosistemas. De forma paradójica nuestra carrera por controlar la vida aumentando la esperanza de vida a través de su medicalización, por ejemplo, y su parangón: el control de los ciclos de la naturaleza para hacerla “productiva”, nos han llevado a aumentar hoy el riesgo de morir.

Si los comunes (agua, tierra, semillas, caminos, alimentos) son lo que son, en términos de su reproducción territorial y por el trabajo que ponemos en su reproducción los seres vivos[2], este cuerpo febril[3] que representamos como narrativa social occidental colonial ha reproducido comunes enfermos: agua corrompida, bosques deforestados, aire contaminado, Amazonía en llamas, calentamiento global.

Como un organismo que busca desesperadamente la prolongación de su existencia el cuerpo enfermo colonial acude a reproducirse de la manera en la que su constituyente forma de producir la comunidad patriarcal-capitalista que lo sustenta le guía: extrayendo y primarizando las economías a través de la apropiación de todo a su paso e intensificando la explotación del trabajo no visibilizado e injustamente distribuido que aportamos los cuerpos feminizados y la naturaleza. En pandemia, los territorios son cercados por la implantación de dinámicas criminales que controlan la gestión de los derechos mínimos a la vida y al territorio incrementando la reproducción de violencias múltiples: genocidios, ecocidios, terricidios[5], eco-feminicidios. Pero también «los cuidos»[4] y los mal llamados “servicios ambientales” están encontrando sus límites.

Los mecanismos de endeudamiento, ante la contracción de la producción de presentes posibles vivibles marcados por una fuerte contracción de la esfera de las economías, hipotecan el tiempo futuro. Estamos hipotecando los derechos de las generaciones futuras dando concesiones sobre los territorios y la vida en ellos. Una concesión sobre el oro, el coltán o el petróleo en nuestros territorios es una concesión sobre la vida futura de estos territorios. Comprometer y deforestar un territorio para la producción de la industria cárnica es comprometer el futuro de los suelos y fuentes de agua y vidas futuras.

Las movilizaciones mundiales que ocurrirán en septiembre a nivel global contra la crisis climática son un síntoma de que la evidencia de la insostenibilidad de la vida como la reproducimos nos supera. “No hay planeta B” nos recuerdan lxs jóvenes hoy.

Así la orificación de la vida, como un fenómeno material pero también simbólico, abarca la extracción de los comunes en lugares sagrados, áreas protegidas y todo lugar que se pueda abarcar. La extensión de la idea de desarrollo expresada en imágenes como la “Venezuela Potencia”, se pagan con la orificación de la vida, lo cual implica la misoginización, criminalización, racistización y homogeneización aplastante de la diversidad en las dinámicas de ciudades, espacios y cuerpos más allá de las minas. Esta es una lógica transfronteriza porque la vida como el agua fluye, la afectación de las economías reprimarizadas y criminalizadas no sabe de fronteras.

Como falsas soluciones, existen falsas transiciones. El lenguaje sirve de espejo de esta falsificación de las alternativas: minería ecológica, desarrollo sustentable, minería liberal o economía verde son nuevas formas de colonización a través del lenguaje a través de la publicidad de economías que no se sostienen más. La promesa rota del progreso hecha oxímoron, incoherencia y sin sentido.

Se requieren “políticas de cuido como políticas de transición”[6] pensando además no sólo en la interdependencia si no además en la eco-dependencia. El sumak kawsay de los pueblos del Sur o el Anakueipa de los wayuu son también propuestas políticas. La diversidad es la marca de las políticas imprescindibles, pero la imaginación es corta y no las vemos con la mirada colonial. No son realizaciones de una utopía porque ya existen (reexisten), considerarlas no debe implicar el deseo colonial y patriarcal de apropiarnos de ellas.

La protección de lo común, la lucha diaria contra la oikofobia neoliberal que quiere consumirse al planeta, es ya una práctica de millones de comunidades que históricamente cuidan los comunes y los reproducen recomunalizando permanentemente la vida, especialmente mujeres.

Nuestra soberbia racional y moderna es un obstáculo mayor para la expresión de la diversidad creativa de las políticas para el sostenimiento de la vida. Ver cualquier elaboración política fuera de las epistemologías de occidente colonial nos cuesta. Mientras, el fuego avanza en el Pantanal en Brasil, en Tucumán y las islas del delta en Argentina y a lo interno de las economías cotidianas de cuerpos y Estados febriles orificados.

[1] recordando a Amaia Pérez Orozco

[2] Gladys Tzul Tzul y otras investigadoras indígenas así nos lo señalan en referencia a sus estudios sobre las comunalidades indígenas en Guatemala y Ecuador como ejemplos.

[3] La fiebre del oro trasvasada a la necesidad patriarcal de poseer y devastar el cuerpo naturaleza todo.

[4] Que Amaya Pérez Orozco (2020) denomina como el lado B del sistema https://www.youtube.com/watch?v=RkOG2JCboTY&ab_channel=IzquierdaUnida

[5] Término referido y acuñado por el Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir para referirse a al asesinato no sólo de los ecosistemas tangibles y de los pueblos que lo habitan, sino también al asesinato de todas las fuerzas que regulan la vida en la tierra, o lo que llaman ecosistema perceptible https://www.ecopoliticavenezuela.org/2020/07/15/sentidos-comunes-terricidio/

[6] En Pérez Orozco ya reseñada.

Liliana Buitrago

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