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REVISTA Energía y Equidad: Transiciones en disputa4 min read

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Prensa OEP

Como parte de nuestro trabajo de articulación estratégica y debate para la construcción de alternativas de energías para las comunidades en Venezuela y la región, como una forma más de confrontar la avanzada del extractivismo, compartimos con gran orgullo este 1er número de la Revista Energía y Equidad, dedicada a las transiciones en disputa, fruto del trabajo del comité editorial de la revista compuesto por referentes del sector académico, sindical y movimientos sociales.

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EDITORIAL

El escenario energético actual

Nuestras visiones sobre la energía pueden ser diferentes. Mientras en la comprensión occidental tradicional, la energía es un concepto vinculado a la movilidad, el calor y la electricidad, existen también otros usos del concepto. Para muchos pueblos y comunidades, la energía no está vinculada con las leyes de la termodinámica sino con el tiempo, el espacio y sobre todo con las relaciones. Muchos pueblos ven que, al mismo tiempo que las compañías extraen combustibles fósiles del subsuelo de sus tierras y territorios, se acaba lo que ellos llaman la buena energía en la comunidad – la alimentación se empobrece, la gente se enferma, se pelean entre familias, aumenta la violencia- y además entran lo que llaman malas energías, las que provienen de la presencia de militares, paramilitares, empresas que explotan intensivamente la naturaleza, y múltiples formas de contaminación. Muchas veces son los territorios habitados por estas comunidades los que pretenden ser utilizados para la producción de energía en el sentido tradicional, produciéndose entonces un choque conceptual. Es por esto que es importante entender las diferentes visiones de la energía desde la plurinacionalidad y la pluriversalidad, valorando las concepciones más integrales que permiten una relación más armónica con el hábitat en el que vivimos.

Sin embargo, resulta evidente, que hoy existe un sistema energético hegemónico, crecientemente impugnado, determinado por las pautas de producción y consumo, por las relaciones de poder, así como por las formas en que se desarrollan las relaciones humanas y con la naturaleza. En esta línea, a nivel regional, las características de este sistema energético, no difieren mayormente de lo que se observa a nivel global, aunque si posee ciertas particularidades.

El modelo energético vigente se caracteriza por un fuerte crecimiento de la extracción y el consumo de energía, con un importante peso de combustibles fósiles y no renovables, los que a su vez descienden sostenidamente su eficiencia en la producción de energía (cada vez se necesita más energía para producir una unidad de energía útil. Este modelo determina economías rentistas dependientes de la extracción de hidrocarburos como única alternativa de “desarrollo”, donde los bienes comunes energéticos mediante su apropiación privada o pública son convertidos en mercancía en todas las etapas de las cadenas energéticas. Además, la alta concentración en la propiedad y gestión de los recursos energéticos convencionales genera una distribución inequitativa de sus cargas y beneficios económicos, sociales y ambientales que configuran condiciones de desigualdad inadmisibles.

Hoy en día, las consecuencias del sistema energético vigente son perceptibles multidimensionalmente tanto a escala local como global. El crecimiento sustancial de las emisiones de gases de efecto invernadero, asociado en alrededor de un 70% al sector energético, han generado una crisis climática que ciertamente será uno de los grandes desafíos que enfrentará la humanidad durante el presente siglo, sino el más. En Latinoamérica, el sector energético es responsable de gran parte de los impactos ambientales negativos sobre la biodiversidad, tanto en zonas rurales como urbanas, deteriorando ecosistemas cruciales para la vida, así como la afectación de dinámicas sociales y culturales en muchos casos ancestrales. Esto último muchas veces se traduce en conflictos socioambientales generados por las grandes obras de infraestructura energética, en todos los eslabones de su cadena, sobre los territorios y la naturaleza, muchas de ellas desarrolladas con fondos y/o subsidios públicos.

En definitiva, en nuestra región el sistema energético vigente da cuenta de un déficit democrático que se manifiesta en la ausencia de espacios para la participación ciudadana efectiva en la construcción de las políticas energéticas y, sobre todo, en la posibilidad de decidir sobre los usos del territorio. Ante el auge de las energías renovables, Latinoamérica no ha abordado adecuadamente la deuda en términos de gobernanza energética, es más, lejos de abordarlo y superarlo, lo ha reproducido.

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