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Áreas protegidas en Venezuela: un historial de impactos (parte 1)

 

Por Douglas Rodríguez-Olarte

Observatorio de Ecología Política de Venezuela

En este análisis especial para el OEP, el investigador Douglas Rodríguez-Olarte analiza de manera minuciosa el impacto que han sufrido las principales áreas protegidas del país a partir del estudio de cuatro casos emblemáticos

Esta es la primera entrega de una serie que dará cuenta de diferentes impactos en las áreas protegidas de Venezuela. Se describen -a grandes rasgos- los principales conflictos ambientales en una selección de áreas con interés para la conservación, como son los Parques Nacionales, Monumentos Naturales, Refugios de Fauna y Reservas Forestales, entre otras, y se ha complementa con imágenes y videos, incluyendo secuencias de productos satelitales en diferentes periodos (1984-2016, 1984-2020) y de fuentes variadas (ver referencias al final); además, se presentan secuencias aceleradas (timelapse) para facilitar la visualización de diferentes atributos en las áreas protegidas. Estas herramientas son de utilidad comprobada para el monitoreo histórico y el manejo del patrimonio natural, ya sea en el seguimiento y evaluación de las coberturas naturales y antrópicas, la geolocalización de impactos específicos y la valoración de la restauración de ecosistemas degradados, por ejemplo. En el siguiente mapa del país (Figura 1) se indican las coberturas incluidas en este reporte.

Figura 1. En el mapa de Venezuela se indican las áreas protegidas incluidas en este reporte.

1. Parque Nacional Médanos de Coro. Costa central del estado Falcón

Figura 2. El Parque Nacional Médanos de Coro es indicado por la línea punteada. La mayor parte del área incluye las cuencas bajas de los ríos Coro y Mitare.

El Parque Nacional Médanos de Coro (a) abarca todo el istmo y parte de la Península de Paraguaná (línea punteada). Sus dunas son emblemáticas para el turismo y se concentran en una franja (~ 2.500 ha) en la base del istmo (Figura 2). En la secuencia que cubre el periodo 1984-2016 se reconoce su lento pero indetenible desplazamiento con sentido este-oeste. Es previsible que este fenómeno terminará por cerrar la autopista entre Coro y la península. Pero hay otros impactos dentro del área protegida que es bueno vindicar. Por ejemplo, entre las dunas destaca un oasis. Este vergel es artificial, cubre un poco más de mil hectáreas y se nutre gracias a las aguas residuales provenientes de la ciudad de Coro, que alberga a unos 260.000 habitantes. En el tratamiento de estas aguas servidas han operado la insuficiencia e intermitencia durante muchos años. Estas aguas negras tienen el valor agregado de ser utilizadas para el riego de cultivos y potreros dentro del área protegida; esto ha mejorado la fertilidad de esos suelos, pero las concentraciones de cadmio y plomo atestiguan un riesgo sanitario. Se desconoce el impacto ambiental que estos efluentes urbanos tienen sobre las especies y los hábitats; un efecto que quizá será sepultado en pocas décadas, acorde con la dirección que llevan las dunas y su velocidad de desplazamiento (~1 km cada 10 años). Otro problema difícil de ocultar ocurre con el enorme Centro de Refinación de Paraguaná y sus oleoductos submarinos, pues las fugas y derrames son periódicos, contaminando el Golfete de Coro, con efectos evidentes en litorales, aguas, malacofaunas y cosechas pesqueras.

Bordeando el parque nacional está la ciudad de Santa Ana de Coro (1527) y, un poco más al oriente, La Vela de Coro (1528). Ambas urbes se expanden al sureste geográfico con rapidez (b). La escasez de agua se advierte por el drástico pulso histórico del embalse El Isiro en la cuenca del río Coro, como una advertencia para la conservación de los frágiles arroyos que lo alimentan, todos originarios de la Sierra de San Luís y que tienen sus cabeceras en el Parque Nacional Juan Crisóstomo Falcón. La expansión urbana está contaminando y reorientando los drenajes locales. Los ecosistemas ceden a la deforestación, luego a las explotaciones agrícolas y, finalmente, al urbanismo. Los residuos irán indefectibles por el camino más fácil hacia el mar: el río Coro, dejando su rastro de contaminación en la misma frontera del área protegida, pero también en el mar.

Figura 3. Parque Nacional Médanos de Coro y cuencas de los ríos Coro y Mitare. Secuencia temporal durante el periodo 1984-2016

Figura 4. Parque Nacional Médanos de Coro y cuencas de los ríos Coro y Mitare. Secuencia temporal y cambios en la intensidad de ocurrencia de agua durante el periodo 1984-2016.

En las imágenes destaca la cuenca baja y el delta del río Mitare (c), que drena las vertientes de la Sierra de San Luis. Este delta se ha desarrollado gracias a las aguas quietas del Golfete de Coro y -por superficie- viene a ser el segundo del país. En la cuenca del río Mitare (4.550 km2), al igual que en la región, predominan el clima árido y la escasa cobertura vegetal, donde los bosques ralos y matorrales espinosos se esparcen por las tierras bajas y se mezclan con una matriz agrícola poco desarrollada, con predominio de ganado caprino y cultivos hortícolas. Como en otros deltas, el del río Mitare tiene cambios constantes. En la secuencia se detecta la aparición de extensas acreciones deltaicas, que quizá son una respuesta a la expansión de la frontera humana en la cuenca en combinación con eventos de precipitación infrecuentes (Figura 3). Un impacto importante en la cuenca del río Mitare es ejercido por la deforestación. Para el año 2000 la cobertura de bosques tenía 40.658 ha; representando cerca del 9% del área total de la cuenca, pero esta se redujo a 4,9% en el año 2015. A esto se añade la intensa extracción de agua en todos los ríos, incrementando su intermitencia y la acumulación de sedimentos en los cauces que, eventualmente, son arrastrados a la cuenca baja. Así, el recado de los suelos de las montañas reposa en su delta fluvial, con el peor mensaje posible: suelos perdidos para siempre.

En el segundo video (Figura 4) se muestra la variación en la intensidad de la ocurrencia de agua superficial durante el periodo 1984-2016. El color rojo indica un decrecimiento en la intensidad en la ocurrencia de agua (como la pérdida de un espejo de agua prexistente, por ejemplo) y el color negro indica que la ocurrencia de agua no tuvo cambios perceptibles durante el periodo, algo usual en los cuerpos de agua permanentes, como el mar. Así, el color verde intenso al norte de los médanos y en extensas áreas del parque nacional, sugiere una ocurrencia de láminas de agua que no se detectaron previamente y quizá se asocie con la vaguada del año 2010, que estuvo acompañada por grandes avenidas fluviales e inundaciones extraordinarias en casi todo el norte del país. El color rojo intenso destaca en los nuevos lóbulos deltaicos del río Mitare, justo en la misma área que antes estuvo cubierta por agua. Los pequeños puntos rojos al sur de la ciudad de Coro probablemente son lagunas secas y se entreveran con pequeños parches verdes dispersos en la matriz agrícola, estos podrían ser son lagunas de construcción reciente o con aportes permanentes de agua.

Ver también Embalses de Venezuela: una puesta al día

2. Parque Nacional Waraira Repano. Cordillera de la Costa.

La Cordillera de la Costa es la unidad orográfica representativa del norte de Venezuela y sus fuentes de agua, así como su elevada diversidad biológica, están ampliamente resguardada por varias áreas protegidas y donde destaca el Parque Nacional Waraira Repano (85.192 ha. 1958). Este parque, conocido como El Ávila, cubre un trecho de unos 80 km del tramo central de la cordillera, desde el abra de Tacagua hasta muy cerca de los pueblos de Birongo y Aricagua en Barlovento (Figura 5). El parque protege diferentes ecosistemas en un gradiente que va desde las cercanías al mar hasta los 2765 msnm en el Pico Naiguatá. En este gradiente se registran formaciones xerófitas, bosques deciduos y nublados y que en conjunto podrían albergar unas 2000 especies de plantas. La fauna del área ha sido ampliamente estudiada, reconociéndose una alta diversidad de especies, incluyendo varios endemismos y otro tanto de especies en peligro.

El efecto amortiguador del parque se demostró en 1999, cuando lluvias extraordinarias saturaron los suelos y ocasionaron deslizamientos donde se destruyeron miles de viviendas y se perdieron vidas en las tierras. El impacto pudo ser mayor, pero la cobertura boscosa del parque aminoró el fenómeno. No está demás especular sobre el efecto benéfico de esta área protegida en la calidad de vida de millones de personas. Es el Waraira Repano un parque emblemático, que interviene en el quehacer y la historia de quienes viven en sus cercanías. Sin embargo, este parque también es vulnerable a variadas amenazas y hay conflictos antiguos y extensos que quedan tras las noticias diarias y, poco a poco, se convierten en parte del paisaje. Los conflictos de uso dentro del área son muy antiguos y complejos, Hay un importante cuerpo de evidencias donde se documentan, tanto en los ministerios como en la literatura científica. Desde su creación, el parque ya incluía comunidades humanas, principalmente dedicadas a la agricultura, como Galipán, Hoyo de la Cumbre y El Corozo, pero se identifican otras. Los incendios de vegetación son periódicos y casi siempre tienen su origen en las cercanías de las ciudades (Caracas, Guarenas y Guatire). La poca eficiencia en la extinción de estos incendios, principalmente por carencia de recursos materiales, los hacen parecer parte del paisaje. Por otro lado, la frontera urbana y la deforestación avanzan y lo hacen rápido. Se destaca la variación en las fronteras del parque en su zona oriental. La secuencia de imágenes satelitales en la periferia del parque refiere una persistente deforestación que ha dado paso a la agricultura itinerante y, posteriormente, a precarios asentamientos urbanos (Figura 6). Es de interés las muchas especies vegetales introducidas en diferentes sectores del parque, principalmente hortalizas en cultivares variados, pero también largos parchos de eucaliptus en los senderos y picas.

Figura 5. El Parque Nacional Waraira Repano es indicado por la línea punteada. La mayor parte del área incluye la cuenca de los ríos Tuy, Capaya y pequeños drenajes al mar.

 Figura 6. El Parque Nacional Waraira Repano. Secuencia temporal durante el periodo 1984-2016.

La frontera del sur parque colinda con Caracas y también con las carreteras al litoral marino, con estas se asocian densos cordones urbanos donde viven decenas de miles de personas, todo dentro de las zonas de protección y recuperación del parque nacional. Esto es un enorme problema que está muy lejos de tener una resolución favorable, pues la sola desafectación de esta área del parque nacional podría dar pábulo a su replicación en otras áreas protegidas. Aún perdura en la memoria de los conservacionistas la trastornada solicitud gubernamental para desafectar un área del Waraira Repano para construir conjuntos residenciales. El afán de expropiar las áreas protegidas es una opción siempre asomada en los jugosos negocios del ladrillo y la terrofagia, pues se valen del crecimiento y transformación de asentamientos humanos dentro de las áreas protegidas para intervenir en la reordenación de territorios y explotar sus recursos (madera, minerales) o, como ocurre ahora, para desarrollar complejos entramados turísticos. Dentro del Parque Nacional Waraira Repano los centros urbanos de Galipán o Las Culebrillas, por ejemplo, ya muestran una reconversión progresiva desde los predios agrícolas hacia el llamado turismo ecológico, implicando en algunos casos conflictos de usos o actividades no contempladas en el plan de ordenamiento y reglamento de uso del parque. Se entiende que más allá de los cambios previsibles en la dinámica socioambiental del parque nacional, pero son noticia repetida la transfiguración de pequeñas viviendas en ostentosas residencias, posadas y centros de ocio, todas destinadas a un turismo muy particular. Al parecer, estos cambios están atizados por la ruta de un turismo de lujo; una nueva política de intervención y aprovechamiento de las áreas protegidas que tiene como ejemplo la remodelación gubernamental de complejo del Hotel Humboldt, luego adjudicado en comodato a emporios de origen y manejo indescifrables. Puesto que la expansión del turismo selectivo se sustenta en su propia diversificación, es necesario modificar los planes de ordenamiento de las áreas protegidas, hacerlas más permisivas, más accesibles. Esto puede explicar el actual interés para revisar el plan de ordenamiento y reglamento de uso y así valorar la legalización de –por ejemplo- competencias de ciclismo de montaña en el parque nacional. Esta pretensión ha sido duramente criticada por movimientos y asociaciones ambientales. Los desacuerdos son basados en evidencias, destacando la potencial erosión de las laderas y senderos, perturbación de la fauna, alteración de procesos ecológicos y generación de pasivos ambientales, entre otros. Además, tal actividad contraviene el marco legal vigente del país, incluyendo los tratados internacionales suscritos en relación con las áreas protegidas. El caso del parque nacional Waraira Repano no es el único, en otras áreas protegida se conoce y protesta por la afectación y destrucción de áreas naturales con los mismos fines, incluso violentando cualquier reglamentación y en medio de una crisis sanitaria generada por la covid-19. Es bien conocido que permitir cambios de uso en las áreas protegidas -sacrificando el patrimonio común por el beneficio de pocos- es el camino para promover su destrucción.

3. Reserva Forestal de Ticoporo. Llanos altos occidentales

Los llanos altos occidentales se ubican en una franja de terreno relativamente plano en la cuenca del río Apure. Con una superficie alrededor de 2,5 millones de hectáreas, esta unidad fisiográfica abarca tierras entre los piedemontes andinos (~450 msnm) y los llanos bajos o inundables (~170 msnm). Es una franja donde se mezclan selvas, sabanas y ríos torrentosos, pero también tierras agrícolas ancestrales, con calzadas y terraplenes precolombinos hasta los complejos agroindustriales de este siglo, incluyendo la explotación petrolera. Por su ubicación, los llanos altos han sido ruta y eje para el poblamiento y la dispersión humana, como se evidencia en los pueblos y capitales regionales hilvanados al piedemonte. En el periodo 1984-2016 se evidencia la rápida eliminación de la Reserva Forestal de Ticoporo (Figura 7), la cual ya venía en franca reducción desde su creación. Esta reserva forestal fue una de las más extensas en los llanos de Venezuela. De las 187.157 ha de selvas asignadas en 1955, se destinaron 16.331 ha para crear la Reserva de Fauna Sabanas de Anaro. Para 1984 una buena parte de la cobertura boscosa había desaparecido. En el año 2001 se estimó que la tasa de deforestación era de 4.079 ha por año y que la extensión de tierras deforestadas abarcaba el 77% de la superficie de la reserva. Ya para el año 2020 la inspección de imágenes satelitales indicó que un remanente de escasos y pequeños parches boscosos. También se distinguieron franjas de bosques ribereños (bosques de galería) en los ríos mayores. El color rojo que bordea los cursos de agua se interpreta como una merma en la ocurrencia de agua en las zonas de ribera o bosques de galería (Figura 8). Esto puede representar una pérdida de áreas de inundación, pudiendo tener efectos perniciosos para los hábitats críticos de faunas acuáticas migratorias o de aves coloniales que anidan en las riberas fluviales. Acaso es cuestión de tiempo para que estas franjas selváticas también sean eliminadas, a pesar de estar protegidas por ley.

Figura 7. Llanos altos occidentales. Cuenca del río Apure. Secuencia temporal durante el periodo 1984-2016. La Reserva Forestal de Ticoporo ocupa el área central de la imagen.

Figura 8. Llanos altos occidentales. Cuenca del río Apure. Secuencia temporal y cambios en la intensidad de ocurrencia de agua durante el periodo 1984-2016.

Las otrora extensas selvas de los llanos altos occidentales, incluyendo otras reservas forestales (e.g. Turén) y parques nacionales (e.g. Río Viejo), han sido eliminadas casi en su totalidad para dar paso a sistemas de producción agrícola, pero la extracción de madera parece ser el único fin en muchos casos. La pérdida de los servicios ecosistémicos asociados con estos bosques es enorme cuando se compara con la productividad actual, que por lo común se muestra en latifundios con ganaderías extensivas y archipiélagos de precarios cultivares que bordean los pueblos en medio de tierras desasistidas y cuyo emblema es la carencia. Según los registros, el crecimiento de estos centros urbanos es acelerado, aun cuando no se evidencia claramente en la secuencia temporal, como tampoco se detectan los efluentes urbanos que, en todos los casos, no son tratados antes de llegar a los ríos.

Otro caso de interés ocurre al sur de Ticoporo. La situación de la Reserva Forestal de Caparo no es mostrada aquí, pero ha sido divulgada ampliamente tanto en documentos científicos como populares. De las 175.184 ha registradas en el año 1961 para esta reserva forestal, en 2020 sobreviven pequeños y compactos parches de selvas en medio de una creciente matriz agrícola. El remanente más extenso de estas selvas es dedicado a la conservación ambiental y probablemente perdura gracias a las acciones para su defensa. El padecimiento transversal de todas estas áreas protegidas han sido las administraciones voraces y fallidas, que incumplieron planes de manejo y otorgaron dudosas concesiones madereras, pero también por las invasiones y las deforestaciones periódicas.

4. Monumento Natural Cerro María Lionza. Macizo de Nirgua

La Cordillera de la Costa empieza -o termina, según se mire- en el Macizo de Nirgua. Justo ahí se extiende el Monumento Natural Cerro María Lionza (11.712 ha. 1960), entre las cuencas del Turbio y Yaracuy, dividiendo las aguas en las planicies cuaternarias de los valles de Las Damas y del Yaracuy y con su máxima altura en el Cerro de Sorte (1.208 msnm). Esta área protegida contrasta con el paisaje local, una extensa y activa matriz agrícola, salpicada por caseríos, pueblos y agroindustrias, y que se aprieta a los límites del monumento. El río Yaracuy nace a pocos metros y ahí mismo ya empiezan los problemas ambientales. Por su margen derecha hay riberas boscosas que, en algunos lugares como Quibayo o Sorte, están surcadas por una intricada maraña de senderos y altares; mientras, por la margen izquierda se cuentan caseríos signados por la agricultura y el espiritismo, este último muy arraigado en la región, pero -en realidad- es un rasgo nacional. Por derecho propio, el espiritismo tiene su nicho en el monumento natural, donde se veneran desde pintorescas cortes espirituales hasta la tríada sincrética de Guaicaipuro, Negro Primero y María Lionza, esta última es una poderosa deidad mestiza que protege a las aguas y las faunas. El espiritismo está muy ligado con el turismo. Los muchos visitantes al monumento generan conflictos, pero estos son conjurados en su Plan de Ordenamiento y Reglamento de Uso, donde se reglamentan desde el desarrollo de los rituales, la deposición de residuos y hasta la celebración de festividades especiales, como el frenético baile de la candela, donde la concurrencia se cuenta en miles de personas.

Figura 9. Monumento Natural Cerro María Lionza. Al Norte está el valle del río Yaracuy y al este el de Las Damas. Secuencia temporal durante el periodo 1984-2016.

 

Figura 10. Llanos altos occidentales. Cuenca del río Apure. Secuencia temporal y cambios en la intensidad de ocurrencia de agua durante el periodo 1984-2016.

Dentro del monumento la intervención humana es diferencial según las vertientes orográficas. El norte, donde mora la reina, es la fachada más visible y turística, ahí se percibe una notable cobertura de selvas en las laderas; no obstante, los centros urbanos (e.g. Chivacoa), caseríos y agroindustrias tienen una peligrosa proximidad al área protegida (Figura 9). Así, las aguas servidas van a parar a las quebradas y luego al río Yaracuy; este sale del monumento y lleva sus aguas contaminadas al embalse de Cumaripa, no sin antes abastecer a caseríos y regantes. En la vertiente sur el escenario es otro, donde la intervención humana es muy poco conocida, pero más activa y creciente, destacando la deforestación y la creación de potreros, pero también la cacería ilegal. En el monumento natural la pérdida de coberturas boscosas disminuyó considerablemente entre los años entre 1995 y 2015, pasando de 16.490 ha a 15.197 ha. De manera simultánea, se multiplicaron las superficies de tierras agrícolas y urbanas. En la Figura 10 se observa una franja de 1000 metros de ancho que bordea todo el monumento. En realidad, esta franja no existe y es utilizada aquí como una zona de amortiguación para medir la transformación de las coberturas de la tierra. En 30 años la frontera humana a avanzado notablemente sobre esa franja. Para 1995 al norte la vegetación natural en la franja ya había sido reemplazada por el uso agropecuario, pero las pérdidas más recientes destacan al sur y este del área protegida, precisamente en aquellas zonas recónditas donde son habituales las fincas y la cría de ganado.

Douglas Rodríguez-Olarte

Colección Regional de Peces. Museo de Ciencias Naturales. Decanato de Agronomía. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, UCLA. Barquisimeto, estado Lara, Venezuela. Accesos: [email protected]; [email protected]

 

Referencias bibliográficas

Las imágenes provienen de una combinación de diferentes fuentes y tratamientos, como son el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (custodio del indicador 6.6.1. ODS), Google Earth Engine (2021), DigitalGlobe 2021 y Global Surface Water Explorer (Pekel et al. 2016). Los textos fueron sustentados parcialmente por las siguientes consultas:

1. Aymard, G., & González, V. 2014. Los bosques de los Llanos de Venezuela: Aspectos de su estructura, composición florística y estado actual de conservación. Colombia Diversidad Biótica XIV: La región de la Orinoquia de Colombia, 483-532.

2. Cressa, C., Vásquez, E., Zoppi, E., Rincón, J., & López, C. 1993. Aspectos generales de la limnología en Venezuela. Interciencia, 18(5), 237-248.

Méndez, W., Rivas, L., Fernández, E., Díaz, Y., Arévalo, M., & Correa, N. 2016. Amenaza hidrogeomorfológica en microcuencas de la vertiente sur del Parque Nacional Waraira Repano, Distrito Capital, Venezuela. Revista Geográfica Venezolana, 57(1), 74-94.

4. Parkswatch. 2012. Venezuela: Parque Nacional El Ávila. Caracas. Disponible en: http://www.parkswatch.org/parkprofiles/pdf/avnp_spa.pdf. p>

5. Pekel, J. F., Cottam, A., Gorelick, N., & Belward, A. S. 2016. High-resolution mapping of global surface water and its long-term changes. Nature, 540(7633), 418-422.

6. Plan de Ordenamiento y Reglamento de Uso del Parque Nacional El Ávila. 1993. Gaceta Oficial de la República de Venezuela, N° 4.548, Decreto N° 2.334

7. Pozzobon, E. N., & Osorio, R. A. 2002. Evaluación de las deforestaciones en la Reserva Forestal de Ticoporo, estado Barinas-Venezuela, en base al análisis multitemporal de imágenes de percepción remota. Revista geográfica venezolana, 43(2), 215-235.

8. Rodríguez, P. y Rodríguez-Olarte, D. 2018. Coberturas de bosques y desembocaduras fluviales: relaciones espaciotemporales en Venezuela. Capítulo 10 (pp: 185-195). En: Rodríguez-Olarte, D. (Editor). Ríos en riesgo de Venezuela. Volumen 2. Colección Recursos hidrobiológicos de Venezuela. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA). Barquisimeto, Lara. Venezuela.

9. Rodríguez-Olarte, D., Barrios, M., Marrero, C. y Marcó, L. 2017. Río Turbio: un síndrome urbano en la vertiente andina del Orinoco. Capítulo 3 (pp: 59-74). En: Rodríguez-Olarte, D. (Editor). Ríos en riesgo de Venezuela. Volumen 1. Colección Recursos hidrobiológicos de Venezuela. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA). Barquisimeto, Lara. Venezuela.

10. Rodríguez-Olarte, D., Marrero, C. y Taphorn, D. C. 2018. Los ríos al Mar Caribe y Golfo de Venezuela. Capítulo 4 (pp: 71-102). En: Rodríguez-Olarte, D. (Editor). Ríos en riesgo de Venezuela. Volumen 2. Colección Recursos hidrobiológicos de Venezuela. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA). Barquisimeto, Lara. Venezuela.

11. Zamora, F., Rodríguez, N., Torres, D., & Yendis, H. 2008. Efecto del riego con aguas residuales sobre propiedades químicas de suelos de la planicie de Coro, Estado Falcón. Bioagro, 20(3), 193-199.

Autor

Douglas Rodríguez Olarte

Colección Regional de Peces. Museo de Ciencias Naturales. Decanato de Agronomía. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, UCLA. Barquisimeto, estado Lara, Venezuela. Accesos: [email protected]; [email protected]

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One response to “Áreas protegidas en Venezuela: un historial de impactos (parte 1)

  1. Excelente el trabajo del Prof. Rodríguez-Olarte.
    Agradecimiento al OEPV por los valiosos y necesarios aportes que nos ofrecen con la publicación de estos trabajos. Esperemos que pronto sirvan de insumos básicos para la reconstrucción de nuestro maltratado país.

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