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Réquiem por la muerte de un noble artista, ángel guardián de Galipán

Imagen de Portada Zóez . Crédito página Museo de las Piedras

Vivimos en una época difícil y peligrosa, en la que, a las crecientes desigualdades sociales, la feroz pugna geopolítica, las opacidades burocráticas y corporativas, las mazmorras y la precarización extrema de la base material de miles de millones de seres humanos, entre otros flagelos sociales, se suman el desorden climático, la contaminación y el empobrecimiento acelerado de la diversidad natural. En la soledad de nuestros corazones nos confrontamos con el dilema de qué especies, paisajes y ecosistemas podemos y debemos salvar del mega-desastre en curso. Anotaba el antropólogo Levi Strauss que cada especie perdida es un fragmento artístico del universo que se desvanece. Una cosmovisión maniquea que se ha hecho hegemónica a escala global, nos ha conducido a la actual situación crítica. El planeta que llamamos Tierra (del cual formamos parte) está seriamente amenazado por un frenesí depredador, despilfarrador, egoísta y consumista. Las respuestas de regeneración y emancipación integral que debemos acometer de manera individual y colectiva pasan necesariamente, a nuestro entender, por el despliegue de nuevas sensibilidades ecológicas y nuestro reencuentro como especie y como galaxia de culturas con el conjunto de la trama de vida que constituye la biósfera, para que lo fugaz se eternice, se haga evidente la bondad de las cosas y el amor y la solidaridad, antes que la utilidad, guíen  nuestros actos en un camino de responsabilidad cósmica. Y es aquí en la Tierra, en esta misma vapuleada y martirizada Tierra, donde aún podemos y debemos construir un ámbito de convivencia pacífica, vitalidad, diversidad, ayuda mutua y tolerancia ecosocial.

En la tarea de restañar las heridas, unir lo que nos separa de nuestros semejantes, provocar en las dobles miradas una única transparencia, transformar locura en maravilla inspiradora y rescatar tantas cosas bellas que todavía existen en nuestro mundo, contamos con seres excepcionales que de cuando en cuando emergen y se manifiestan de manera luminosa. Hace poco, uno de ellos falleció víctima del Covid 19 para luego iniciar su propio pasaje de transmutación. Nos referimos al entrañable amigo Gonzalo Barrios Pérez, mejor conocido como Zóez, término que en griego significa vida y en japonés “el origen de todas las cosas”. Artista, filósofo, poeta, ecologista, cultor de la amistad y la armonía, Zóez dedicó la mayor parte de su vida a rescatar y cuidar la belleza de la Naturaleza, en particular la de su lugar de residencia y trabajo, así como a investigar con perspicacia y humildad los fenómenos y dinámicas del universo que nos rodea. Nacido en Catia, Caracas, en 1948, abandonó el bachillerato a la edad de 17 años y optó por ser autodidacta. Se instaló en la vertiente norte de la montaña de El Ávila” o Waraira Repano (actualmente parque nacional) para meditar, crear y recrear su circunstancia inmediata en la localidad de Galipán, permaneciendo mayormente allí hasta sus últimos días.

Luego de una dilatada, tesonera y fecunda trayectoria, este cultor nos legó una obra magistral, tangible y perdurable en su museo de arte ecológico, pionero y único en el mundo ubicado a 600 metros sobre el nivel del mar, en donde prevalece el equilibrio, se rinde homenaje a la Naturaleza, la mujer y la paz, así como a valores de respeto y conciliación dotados de una alta espiritualidad, no entendida esta última como beatería sino como sentido de trascendencia y conexión universal. Este mágico lugar que lleva por título “Museo de Arte Ecológico de las Piedras Marinas Soñadoras”, posee creaciones artísticas construidas con piedras del cercano Mar Caribe, que Zóez recogía día a día durante años, buscando la perfección en cada una de ellas. Cabe destacar que en ningún momento el artista modificó las piedras y que en el museo no existe ninguna piedra que sea igual a otra. Se trata de un lugar donde los visitantes establecen una correspondencia natural de reciprocidad con las obras que allí se presentan. Es un ámbito hermosamente seductor, pleno de vitalidad, en el que nuestros sentidos se agudizan para indagar, develar códigos, desentrañar misterios, jugar y disfrutar de los objetos de arte y sus sorprendentes significados.

Vaya para Zóez nuestro aplauso de reconocimiento y el deseo de que en su nuevo tránsito la alegría, la belleza y la fecundidad se multipliquen.

Autor

Francisco Javier Velasco

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