Los anillos del árbol de Lisa - Observatorio de Ecología Política de Venezuela

Los anillos del árbol de Lisa

Por: Minerva Vitti Periodista (UCAB). Escribe sobre asuntos indígenas, justicia socio-ambiental y ecología. Investigadora de la Fundación Centro Gumilla. Miembro de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI-CPAL) y la Red Eclesial Panamazónica (Repam).

En medio de la defensa de los territorios ancestrales y el cuidado de la familia, muchas lideresas indígenas son las últimas en la fila de sus propios derechos. Sus cuerpos, primer territorio habitado por ellas, son los primeros en enfermar. A través de la historia de Lisa Henrito, indígena pemón y defensora de la tierra en la Amazonía venezolana, nos adentramos en un relato íntimo y político que retrata la necesidad de generar procesos de autocuidado y cuidado como una estrategia de resiliencia y resistencia, para el bienestar individual de las defensoras de la tierra y la supervivencia de los movimientos, que tienen años enfrentando los proyectos extractivistas del gobierno venezolano y la violencia de los múltiples actores armados en sus territorios ancestrales. La crisis climática también es una crisis de los cuidados de los defensores de la tierra.

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Ahí están los mafiosos esos, provoca lanzarles una bomba, pero debo calmarme”, dice Lisa Henrito Percy, defensora de la tierra, cuando pasamos al frente de unos camiones cargados de alimentos, que están estacionados en una de las calles de Santa Elena de Uairén, capital del municipio Gran Sabana, al sureste del estado Bolívar, Venezuela. Su hermano Lenon conduce el carro en el que nos trasladamos. Minutos después entramos al pueblo de Manak Krü donde está la sede del Concejo de Caciques Generales del Pueblo Pemón: “Antes venía la gente, era más importante que la alcaldía”, comenta decepcionada y al volver la vista hacia el cementerio de la comunidad recuerda que el lugar se ha convertido en un corredor para los migrantes forzados venezolanos que huyen de la emergencia humanitaria compleja que azota el país: “Un hombre murió de un infarto mientras caminaba. La familia buscó los papeles para enterrarlo aquí y seguir su viaje a Argentina. Es muy triste lo que estamos viviendo”.

Salimos del pueblo y tomamos la troncal 10 que comunica a Venezuela con Brasil. A la altura del Fuerte Militar El Escamoto, Lisa retoma la historia que va contando por fragmentos: “Aquí nosotros trancamos. Ellos venían con tanquetas. Querían acabar con el pueblo”. A un lado de la carretera se alzan unos terrenos bordeados con palos de madera y alambres: “Las comunidades indígenas están cercando sus terrenos por las invasiones”, agrega la lideresa del pueblo indígena pemón. En eso estuvo trabajando hoy.

Ya empieza a oscurecer y al otro lado de la frontera, ya en Pacaraima, Brasil, buscamos unos pañales para su padre. Hay colas de gasolina, la mayoría de carros procedentes de Venezuela. Las luces incandescentes de los locales alumbran las calles llenas de carros, huecos y gente. Las conversaciones son en español, portugués y portuñol (una mezcla de ambos idiomas). El tráfico es pesado así que Lenon estaciona y nos bajamos.

Lisa, vestida con pantalones estampados, franelilla negra, sandalias de tacón y un bolsito cruzado, se pasea por varios locales atestados de pacas de alimentos hasta que encuentra el tamaño y la marca adecuada de los pañales, que ella y sus dos hermanos se turnan para comprar. Abraza el paquete sin bolsa como si fuese un bebé recién nacido y volvemos al carro.

Antes de entrar nuevamente a territorio venezolano, pasamos frente a uno de los albergues donde viven los migrantes y refugiados warao, otro pueblo indígena cuyo territorio ancestral está en Venezuela, pero que huyó para sobrevivir.

Cuando llegamos a la casa de Lisa hay “gente extraña” llenando unos bidones de agua en el río. “¿Pidieron permiso?”, les pregunta con autoridad. Luego de despacharlos me ubica en una casita de madera, que llama su baticueva. Ordeno mis cosas, me doy un baño en un sanitario en medio del monte y busco a Lisa que está atendiendo a su padre.

El hombre permanece en posición fetal sobre una cama rodeada por un mosquitero, se queja levemente. “Aquí hace mucho frío”, dice la hija como descifrando su lamento y empieza a poner sábanas encima de la red, las prensa con pinzas para tender ropa hasta que todo queda como una tienda de campaña.

Cenamos arepas con queso y una bebida a base de cereales y maíz que les regalaron los misioneros adventistas. Son casi las ocho de la noche del 3 de octubre de 2019 y la jornada para esta defensora continúa. Debe salir a Manak Krü para reunirse con el equipo de la capitanía indígena del sector 6 del pueblo pemón.

Lisa dice que se levanta temprano a ponerle alimento a las gallinas de su madre, que en este momento está de viaje con otro de sus hijos; después vuelve a dormir “por el frío” y porque luego de las masacres perpetradas en su territorio quedó con mucho insomnio. Apenas se cumplen tres semanas desde que volvió a salir a la calle.

Solo han transcurrido tres horas y una parte de la Amazonía venezolana y su compleja realidad se abre ante nuestros ojos: cooptación de las organizaciones tradicionales indígenas, paso de los migrantes y refugiados venezolanos que huyen de la crisis del país, represión, despojo y militarización de los territorios indígenas, cuidado de la familia.

La Gran Sabana en una mujer.

Lisa estornuda varias veces, nos despedimos y entra en la oscuridad del camino sembrado de árboles de moriche.

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Todos los nombres de su familia comienzan por L.: Lloyd, Leonisa, Lenon, Leodan, Lisa.

—Nuestros nombres son un reflejo de lo que somos. La influencia de los misioneros sobre mis padres, ese encuentro cuando los adventistas entraron en las tierras de lo que hoy es la Gran Sabana, el choque con los católicos. Mi nombre no es indígena, es más bien gringo, pero resume lo que soy, mi crianza, mi familia, la historia de mis ancestros. Muchos nombres son impuestos, por ejemplo González es un apellido que colocaron los militares. Era más fácil para identificar a los indígenas, si trabajaban con tres hermanos, les ponían González. Es increíble. Entonces uno busca su árbol genealógico y piensa: ¡Verga! de dónde salió este nombre— dice Lisa Lynn Henrito Percy, hija mayor del primer pastor adventista pemón que se graduó en teología.

La geografía se convierte en genealogía y el Wadakapiapo- tepui, un árbol centro del mundo que daba todas las frutas, sigue siendo protagonista de la historia ancestral que habla sobre la abundancia de alimento para su gente y el diluvio que se desató al cortarlo. Frente a su cuerpo azul fluyen las raíces de Lisa, las mismas del pueblo indígena pemón, que abarcan los diferentes territorios del centro y sureste del estado Bolívar, en Venezuela; así como áreas vecinas de la República Cooperativa de Guyana y Brasil, una extensión territorial no inferior a los 85.000 Km².

Este es el Wadakapiapo- tepui. El tepuy o tepui son las formaciones expuestas más antiguas en el planeta, su origen data del Precámbrico y se encuentran en el Escudo Guayanés. Foto: Minerva Vitti.

—Mi bisabuela materna es de Mowak, zona de Kavanayen. Mi bisabuelo materno fue secuestrado cuando era un bebé por los pemón arekuna durante la última guerra con los indígenas macushí, lo llamaron Unname Percy [Sin nombre Percy]. Mis bisabuelos paternos son de Luepa. Mi abuela materna nació en Wanakpupay, zona de San Rafael de Kamoiran. Mi abuelo materno nació en Mowak. Mi abuelo paterno nació en Luepa. Mi abuela paterna nació en Cuyuní. Mi papá nació en Paruima y mi mamá nació en Apoipo—Lisa despliega sus ramas.

La palabra pemón significa persona. Según el Censo de 2011, existen 30.148 indígenas pemón, divididos en tres subgrupos: arekuna, kamarakoto, taurepán, convirtiéndose en el cuarto pueblo indígena más numeroso de Venezuela. En este país desarrollan su existencia en un área de aproximadamente 38.000 km², distribuidos en 183 comunidades organizadas en 8 sectores indígenas, ubicados en los municipios Angostura, Piar, Sifontes y Gran Sabana, este último formado por 6 sectores.

Los datos genealógicos no siempre son sencillos sobre todo si se pertenece a un pueblo indígena que al menos tiene 5000 años de existencia, pero hay otras cosas más difíciles.

Lisa Henrito ha sido criminalizada por el alto mando militar por promover un movimiento secesionista al sur del país. El señalamiento fue realizado por el General de Brigada Roberto González Cárdenas en un programa de televisión nacional y transmitido por la cadena Telesur, el 23 de julio de 2018, quien también la acusó de ser extranjera por haber nacido en la comunidad indígena de Paruima, en Guyana.

Por estas denuncias, Amnistía Internacional emitió una Acción Urgente el mismo año para proteger a la lideresa. En el documento se explica que “está siendo estigmatizada por su labor como activista de organizaciones de mujeres indígenas pemón que exigen el fin de la militarización y la explotación minera de sus territorios ancestrales sin consulta informada ni estudios del impacto social previos”. Un año después, Lisa también respondió.

Juramentación de Lisa como capitana de Maurak. Foto: cortesía de Lisa Henrito.

La actividad extractiva se ha incrementado de forma desordenada y violenta en toda la región al sur del río Orinoco (estados Amazonas y Bolívar), desde que el presidente Nicolás Maduro aprobara unilateralmente la Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco, que autoriza la explotación de minerales como oro, bauxita, hierro, cobre, coltán, diamantes y tierras raras, en 12 % del territorio nacional (norte del estado Bolívar y bloque especial en la comunidad indígena de Ikabarú); y que además crea la Compañía Anónima Militar de Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (Camimpeg)

El Arco Minero del Orinoco se superpone directamente con los territorios ancestrales de los pueblos indígenas Mapoyo, Inga, Kariña, Arawak y Akawako, y su área de influencia incluye las tierras natales de los Yekwana, Sanemá, Pemon, Waike, Sapé, Eñepá y Hoti o Jodi en el estado Bolívar; los Yabarana, Hoti y Wotjuja, en Amazonas, y los Warao, en Delta Amacuro.

—El sector 6 es la piedra en el zapato porque se resiste a que entre el gobierno y haga lo que hizo en Sifontes. Tú que has recorrido, dime si existe minería ecológica, si hay ríos limpios. No. Eso no existe. El Gobierno ve qué quieren los capitanes y por ahí coopta. Yo que lucho contra el Gobierno no puedo tener rabo e’ paja, no me van a utilizar—Lisa se altera.

Vladimir Aguilar, abogado y coordinador del Grupo de Trabajo y Asuntos Indígenas (GTAI) de la Universidad de los Andes, sostiene que lo único que está conduciendo a la secesión del país es la idea de res nullius (cosa de nadie) que lleva implícito el Arco Minero del Orinoco: “Los principales guardianes del territorio nacional son los indígenas, y en el caso de Guayana, el pueblo pemón, fundamentado en la nueva noción de seguridad y defensa contenida en los artículos 326 y 327 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) los cuales reconocen a las áreas protegidas y hábitats indígenas como espacios claves para la integridad territorial en zonas de fronteras”.

Lisa y el pueblo pemón han protestado contra megaproyectos como el Complejo Hotelero Empresa Nacional de Turismo del Sur (Turisur) (1995), Tendido Eléctrico (1997-2001), Decreto 1.850 que autoriza la minería en la Sierra de Imataca (1998), Gasoducto Transcontinental (2006), Sub-Estación Satelital de comunicaciones en Luepa (2007-2008), Decreto 2.248 que autoriza la Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco (2016), entre otros, por ir en contra de los derechos de los pueblos indígenas y de la naturaleza. En ninguno de estos, el Estado venezolano ha cumplido los procesos de consulta previa, libre e informada, estipulado en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ni los estudios de impacto socio ambiental estipulados tanto en la legislación nacional como en los tratados internacionales que el país ha firmado, además se desarrollan sobre un territorio altamente disputado por el oro.

La autodeterminación del pueblo pemón representa un obstáculo para los proyectos extractivistas del Gobierno nacional y la jurisdicción indígena se convierte en el último reducto de resistencia indígena en un país plagado de disidencias jurídicas. “Esto tiene su fundamento en el principio de administrar justicia pero también el de gestionar sus territorios para garantizar sus ´formas de vida´, o lo que es lo mismo, sus espacios de vida”, explica Aguilar.

Sin embargo, muchos de los sectores en los que se divide el pueblo pemón se han abierto a las actividades mineras. Convertirse en mineros ha sido uno de los recursos para proteger sus territorios, sus modos de vida, autosustento y a sí mismos del despojo territorial, aunque esta decisión sigue lejos de ser el fin de los problemas para los pemón y tampoco es compartida por todas las comunidades.

Actualmente, la lideresa repite como capitana en la comunidad indígena de Maurak, un cargo que ejerció entre 2002 y 2005 y en el que fue electa nuevamente para el período 2021-2025. El proceso estuvo reñido, porque la mayoría de los pobladores sabe que es muy crítica a las políticas del actual Gobierno, y consideran que esto la puede poner en riesgo tanto a ella como a la comunidad.

“Qué no olvide nadie por qué y para qué estamos aquí”, dijo durante la ceremonia de juramentación del 5 de enero de 2021, ataviada con su penacho de plumas azules y rojas de guacamaya, privilegio que solo ostentan algunos líderes hombres en el continente.

A Lisa también le han dado un bastón de mando, que simboliza la máxima autoridad.

De su primer liderazgo aún recuerda cómo se enfermó por la presión y la implicación que demanda el cargo de capitana en una comunidad.

Extracto del artículo Los Anillos de Lisa. Para leer la historia completa haga click aquí

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