Breve historia de la relación entre salud, política y modelo de desarrollo en Venezuela - Observatorio de Ecología Política de Venezuela

Breve historia de la relación entre salud, política y modelo de desarrollo en Venezuela

I. Introducción

La Pandemia de COVID-19 nos ha cambiado por completo la vida en el complicado año 2020; nos ha hecho plantearnos más seriamente lo conseguido por la modernidad, y la crisis civilizatoria. Hemos visto la vulnerabilidad de los sistemas de salud en el llamado “Primer Mundo” y cómo las poblaciones han buscado crear alternativas para proteger la salud y cuidarnos los unos a los otros. Nos ha hecho, en última instancia, cuestionar la visión de salud y los sistemas existentes y cómo se relacionan con el poder.

En este sentido, es pertinente hacer una revisión de cómo ha sido el proceso histórico del surgimiento de las epidemias y el abordaje político que se le ha dado a la salud en Venezuela. Las epidemias son también el resultado de una determinada forma de relacionarse con la naturaleza, así como su difusión o confinamiento en el territorio. La forma política con la que se afronta el problema, así como el tratamiento desde los sistemas de salud y el poder, están determinados por las relaciones sociales de dominio reflejadas en diferencias raciales, de clase y género; el poder político dominante pues, se expresa también en el abordaje de las epidemias.

El modelo extractivista impuesto en el continente desde la colonización europea ha definido el comportamiento de las epidemias, sus tipos y difusión, así como su tratamiento. El caso venezolano no fue la excepción, siendo que el tratamiento de estos asuntos sanitarios han estado íntimamente relacionados al modelo de desarrollo nacional, al proyecto de país surgido a raíz de la Independencia, que buscó articular las provincias de Tierra Firme con el circuito económico del Atlántico Norte, al capitalismo y la modernidad que se venían consolidado a principios del siglo XIX en Europa.

En este artículo presentaremos un breve recorrido histórico, desde el siglo XIX hasta la actualidad, sobre la relación salud y política en el país. Veremos cómo se dispararon las primeras epidemias del período republicano, desde las etapas previas a la Guerra de la Independencia y que luego se consolidaron en el territorio, frenando los intentos de avance de la modernidad y la conquista espacial. Posteriormente, con el descubrimiento del petróleo y el desarrollo urbanístico, estas endemias serían prácticamente erradicadas, pero la población se vería afectada por otras enfermedades producto del estilo de vida urbano y la contaminación derivada de la producción industrial y la agricultura a gran escala. Cerraremos con el reciente colapso del modelo petrolero y la reconstrucción del modelo extractivista, la invasión de las tierras del sur del Orinoco y la reaparición de las viejas epidemias. Lo que nos invita a replantear nuestra relación con la naturaleza y cómo esta influye en nuestra salud y el abordaje que desde el Estado se le ha dado en las distintas épocas.

II. Siglo XIX: pestes, búsqueda de la modernidad y disputas en torno a la salud

Durante el siglo XIX, veremos un país asolado por las enfermedades y las epidemias. A través de las décadas de la centuria se darán diversos brotes de fiebre amarilla, y el paludismo será una constante tan permanente que se considerará característico de las áreas rurales. Mucho se ha discutido sobre la causa de la fuerte presencia de epidemias durante este período. Diversos autores de la talla de Federico Brito Figueroa, Francisco González Guinan, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Ramón Escovar Salom y Rómulo Betancourt, para nombrar algunos de distinto signo político e ideológico, atribuyen este estado de insalubridad al escaso crecimiento demográfico de aquel siglo, así como al atraso económico. Se alegaba que las enfermedades evitaban el desarrollo del potencial agrícola y la expansión del capital en las áreas rurales, donde la mano de obra era azotada por estos males. Las fronteras extractivas se mantuvieron relativamente estables, no hubo avances de conquistas territoriales de gran magnitud, se dio en un proceso lento y no exento de retrocesos; cada vez que se desmontaba una región, aparecían brotes de insalubridad que obligaban al abandono de las empresas. El historiador José Luis Salcedo-Bastardo incluso retrataría este siglo XIX como el siglo perdido, un paréntesis en la historia, en el cual la civilización no pudo avanzar ante la naturaleza que se oponía, plagando de enfermedades a una población en su mayoría “barbarizada” por “gobiernos indolentes” (Salcedo-Bastardo, 1972).

Venezuela nace con las ideas de la Ilustración, surge de las clases mantuanas, criollos ilustrados, que deciden romper con el Antiguo Régimen, representado por el sistema colonial español, e integrarse al nuevo mundo que se conformaba en torno a los círculos comerciales de Gran Bretaña y el creciente capitalismo. La idea de modernidad y progreso se asienta así en el ideario común de quienes deciden romper los lazos con la metrópoli peninsular y fundar una nación en aquellas provincias algo relegadas del engranaje imperial. Dentro de esas ideas de modernidad y progreso, la salud era considerada en eje fundamental, entendida desde la aplicación de las ciencias modernas y el racionalismo, así como desde un enfoque sanitarista que buscaba erradicar la enfermedad, vista como una amenaza a ese progreso.

Ya en los prolegómenos de la Independencia, las autoridades locales, sobre todo el Cabildo de Caracas, de donde nació la rebelión del 19 de abril de 1810, se empeñaba en difundir la vacuna contra la viruela como un factor de modernización. En este esfuerzo destacarían figuras como Francisco Javier Balmis, Vicente Salias, Santiago Limardo y Andrés Bello. Previo a la Independencia se registraban “fiebres epidémicas” (paludismo) alrededor del Lago Tacarigua (Lago de Valencia), las cuales son producto de la deforestación que se venía realizando en el área del sur de dicho lago para ampliar la frontera agrícola y expandir los cultivos de exportación de añil y tabaco en aquellos valles (Silva Álvarez y Archila Medina, 1995). Estos territorios, principalmente inundables, antiguo lecho del propio lago, son terreno propicio para la proliferación del mosquito vector del paludismo, razón principal de la aparición de dicha epidemia. Esto se evidenciaría con más fuerza durante la campaña del comandante realista Domingo Monteverde en 1812, la cual se desarrolló por varios meses en la cuenca del lago ya mencionado, generándose enormes bajas en ambos ejércitos producto de fiebres palúdicas que venían afectando la región (Parra-Pérez, 1992). El “batallón francés” formado por voluntarios europeos y comandado por el coronel Du Cayla, pierde dos tercios de sus hombres por enfermedad y el mismo coronel debe ser reemplazado por Juan Pablo Ayala; igualmente José Félix Ribas, quién debía defender el Portachuelo de Guaica, cerca de Güigüe, debe retirarse a Caracas por enfermar de “fiebres” (Ibíd.).

La Guerra de Independencia vendría a ser un importante difusor de enfermedades. El movimiento de las tropas por todo el territorio, la ocupación de espacios que hasta ese momento permanecían ignotos o alejados de los núcleos de población criolla, penetrados por fuerzas de ambos bandos –ejércitos que poseen entre sus filas enfermos–, llevarán de un lugar a otro, las distintas enfermedades que irán encontrando en los territorios por donde pasan; teniendo en contexto el aislamiento en el que se encontraban las regiones entre sí. Se observa el tratamiento discursivo en la política sobre la epidemia y la confrontación, “la peste son ellos”, semejante a los discursos actuales, mientras se acusan entre los bandos de ser más destructores que las enfermedades que azotan el país (Gómez, 2020). La fiebre amarilla y el paludismo arrasan los campamentos patriotas llevándose consigo a insignes próceres como Manuel Palacio Fajardo o Manuel Valdéz, entre otros; así como son diezmados los batallones de la Legión Británica durante los primeros años de su estadía en Guyana, no por el fuego enemigo sino por las enfermedades (Thibaud, 2017). En el bando realista igualmente en Maracaibo se observa cómo el paludismo y la fiebre amarilla hacen estragos, luego de que las tropas penetraran las selvas del sur del Lago para poder realizar sus campañas andinas; igualmente en los valles de Aragua y Barquisimeto la fiebre amarilla hará estragos en las filas realistas (Archila Medina, 1995).

Al finalizar la guerra el país quedó devastado por completo, grandes contingentes de población sufrieron movilizaciones forzosas, los bosques fueron quemados y talados. La naturaleza empezaría su proceso de regeneración luego de una década de conflictos. Durante el tiempo en el que existió la Gran Colombia se vio un enorme interés por atender la situación de salud,para el gobierno republicano, la fiebre amarilla, la lepra y el coto eran las enfermedades de mayor interés desde el principio. La vacuna contra la viruela en las provincias se mantuvo como una práctica legada de la Colonia, aunque sólo se pudo realizar efectivamente al finalizar la guerra en el territorio nacional (Martínez Garnica, 2008). En 1827 por iniciativa de José María Vargas se funda la Facultad de Medicina, reemplazando al colonial Protomedicato y dirigiendo la docencia médica, lo que representó un paso importante en la modernización de la enseñanza médica y muestra del compromiso colombiano para con la salud (Silva Álvarez y Archila Medina, 1995). Caída la unión colombiana, reasumida la autonomía de Venezuela como Estado independiente, el tema de la salud y la sanidad estuvieron presentes en las autoridades, pero su visión liberal de “dejar hacer, dejar pasar” aunada a las penurias fiscales de la época, evitaron el desarrollo de políticas estatales tendientes a abordar la salud general de la población. Esto se ve claro en la inexistencia de un sistema o de instalaciones de salud pública, la cual queda en manos de la Iglesia a través de hospicios, lazaretos y hospitales de caridad, y por otro lado los pequeños hospitales militares, sostenidos estos sí por el gobierno (Ibíd.).

El año de 1833 inició con las noticias de una epidemia que se llamó “Peste de Apure”, la cual afectó desde Mantecal a todo ese estado, provocando una enorme mortandad; esta peste era nada más y nada menos que un nuevo brote de paludismo. La carencia de médicos, hospitales y normas sanitarias para contener la enfermedad era evidente y muy poco pudieron hacer las autoridades. El historiador Francisco González Guinán (1954), quien registró esta noticia, desde su mentalidad positivista, informaba que en las ciudades el grado de civilización alcanzado permitían frenar los contagios y así estas evitaban ser infectadas; pero en el campo venezolano, descrito como lugar abandonado por el gobierno y desprovisto de civilidad, la fiebre se enseñoreó del país y provocó millares de muertes, y generó desolación durante todo el siglo referido. González Guinán, quien formaría parte de un gabinete del gobierno de Antonio Guzmán Blanco, expresaba la visión positivista dominante en la clase gobernante con respecto a la salud, las epidemias y la enfermedad.

Los brotes de fiebre amarilla en Caracas se contarían en los años 1839, 1850, 1857, 1858, 1860, 1864, 1869 y 1885 (Archila Medina, 1995). En otras regiones del país se dieron varias epidemias igualmente de fiebre amarilla, siendo Trujillo la provincia-estado más afectada, al experimentar 7 brotes de la enfermedad en la segunda mitad del siglo XIX. El Estado procuró abrir la enseñanza de la medicina en los Colegios Nacionales, con el objetivo de formar médicos que luchasen contra las enfermedades (Ibíd.). Otras epidemias asolaron el siglo XIX venezolano, tales como la del sarampión, la tosferina y el nunca ausente paludismo.

El caso del cólera amerita también especial atención. Esta enfermedad impactaría al país a partir de la década de 1850, causando gran cantidad de muertes desde oriente a occidente, siendo una de las más temidas enfermedades. La incapacidad técnica y material para enfrentar las epidemias fue determinante (González Guinán 1954). De acuerdo a la historiadora María Soledad Hernández, el gobierno de los hermanos Tadeo y José Gregorio Monagas, en medio de las dificultades políticas y serias críticas a su gestión, ocultaron las cifras reales de víctimas de la epidemia –lo que incluso profundizaría las diferencias entre Tadeístas y Gregorianos. El Obispo de Trícala, un Tadeísta y crítico del manejo de las cifras por parte de los ministros del Presidente José Gregorio Monagas, aseguraba que los muertos superaban a los 20.000 y no los escasos 5.000 individuos señalados por el funcionario (Gómez, 2020), lo que además evidenciaba con claridad el uso político del asunto sanitario en el país.

Otra cuestión interesante respecto al cólera de esa época tiene que ver con su origen pandémico, relacionado con la erupción del volcán Tambora (Indonesia) en 1816, lo que provocó que durante ese año se diese el fenómeno climático global llamado “el año sin invierno”, con catástrofes a nivel mundial y  la epidemia del cólera en Bangladesh, que se iría difundiendo por todo el Imperio Británico, hasta llegar a nuestro país 34 años después. Es curioso que nuestra historiografía ha ignorado por completo los efectos climáticos y sociales vividos en nuestro país durante ese año sin invierno, revelando nuevamente que ciertos aspectos de la vida no están en el foco de los discursos nacionales.

Sin embargo, no todo el país, ni todos los venezolanos, compartían la visión positivista y de modernidad que imperaba en el círculo oficial. A esta se contraponía la medicina popular, la cual se apoyaba en la naturaleza y en los rituales místicos heredados de los pueblos indígenas y afrodescendientes; y que eran las más utilizadas por la población, ante la inexistencia de un sistema de salud estatal. Estas prácticas e ideas populares chocaban con las ideas de modernizar el país, aunque algunos médicos recetaban medicinas de plantas, mezclando modernidad y saber ancestral. Esta lucha fue patente durante el guzmancismo, época en que el positivismo se arraigó en las élites dominantes del país y era la principal escuela de pensamiento en la Universidad. Durante las tres últimas décadas del siglo XIX, los avances de la ciencia médica en el país fueron evidentes: prominentes médicos introdujeron métodos modernos de investigación y atención al paciente, también se creó el Colegio de Médicos de Venezuela, la Academia de Medicina y nuevos hospitales, no sólo en Caracas sino en todo el resto del país.

En este ambiente, durante el primer bienio del gobierno de Joaquín Crespo (1884-1886), se daría un incidente que reflejaría dicho conflicto. Crespo, de raigambre y extracción popular y campesina, creía fielmente en la medicina popular y los curanderos, así que a su sanador personal, el señor Telmo Romero, le nombró como director del manicomio de Caracas y le otorgó prerrogativas y respetos como a todo profesional de la medicina. En febrero de 1886, la Universidad tuvo que ser cerrada, pues se dieron disturbios cuando salió una publicación del señor Romero llamada El Bien Público y que el gobierno solicitase le otorgara esta institución el grado de médico, provocando la ira de los círculos académicos que incineraron las publicaciones de Romero. Para algunos autores la presencia de Romero no fue totalmente negativa, su trabajo en el manicomio es reconocido por su éxito al abordar con un enfoque diferente las complicaciones mentales de sus pacientes, que en muchos casos solo requieran de alguien que les hablara y entendiera sus problemas (Oliveira, 2003).

A pesar de los avances obtenidos en el campo de la ciencia y la educación, así como en las prácticas médicas privadas, el fuerte ideal liberal del gobierno lo cohibía de asumir la labor de gestor de sanidad; igualmente la penuria fiscal permanente por gran parte de nuestra historia fortaleció la idea de alejar de dichas responsabilidades al Gobierno. Pero esa situación tendería a cambiar repentinamente. La pandemia de la llamada “Gripe Española” causó en Venezuela más de 25.000 muertes, la cual estuvo acompañada por un brote de peste bubónica entre 1908 y 1919. Pero esos años marcaron el final de una era y el inicio de otra.

El siglo XIX representó una lucha entre el gobierno y su obstinación por modernizar el país, por explotar la naturaleza, y la gran cantidad de enfermedades que aquejaron a la población, poniendo freno a gran parte de dichos empeños. En el contexto no existía un cuestionamiento de los efectos de la explotación de la naturaleza, las talas indiscriminadas, el asentamiento en zonas inundables y humedales, y su relación con las epidemias. No se tomaba en cuenta la cuestión de los flujos migratorios, desde la trata de esclavos en la era colonial, hasta la constante e ininterrumpida inmigración europea al continente americano, que evidentemente trae siempre el riesgo de la difusión de enfermedades. Los conocimientos ancestrales en medicina herbal, así como datos claves como el donde asentar aldeas, eran desechados, en búsqueda de un mayor control del territorio y una facilidad en las operaciones de explotación de la naturaleza y acceso a los mercados nor-atlánticos. La enfermedad era relacionada con lo salvaje, y lo salvaje con la enfermedad; por tanto la salud era una expresión de la misión civilizatoria. Estos elementos son claves para entender la gran profusión de epidemias.

III. Siglo XX: petróleo y modernidad, nuevos contextos del problema de la salud y la enfermedad

Con el descubrimiento de enormes yacimientos petroleros y el inicio de su explotación comercial por empresas capitalistas, la historiografía tradicional divide en dos grandes ciclos la historia nacional: la Venezuela rural y la Venezuela petrolera. La centralización del poder y unificación nacional bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez configurarían un modelo de Petro-Estado que daría las herramientas para una lucha contra las enfermedades y someter a la naturaleza, como asumían los intelectuales de la época, tales como Arturo Uslar Pietri, Alberto Adriani, Esteban Gil Borges, entre otros.

Durante la primera mitad del siglo XX empiezan a diseminarse hospitales y dispensarios, precarios en su mayoría, pero orientados a combatir las enfermedades más comunes como el paludismo, la tuberculosis y la fiebre amarilla; igualmente se descubren los agentes patógenos causantes de la mayoría de estas “pestes” que cubrían con su manto de insalubridad al país. Así en 1923 se promulga la Ley de Sanidad Nacional; durante esos años se empieza a producir la vacuna antivariólica en Venezuela y se inician campañas de vacunación y antituberculosis que son señaladas con entusiasmo como el avance de la civilización sobre la barbarie rural (Silva Álvarez y Archila Medina 1995). Las nuevas exigencias del capital, que necesitaban adentrarse en terrenos agrestes y selváticos para acceder a nuevos yacimientos, exigen una política de Estado que atienda las necesidades sanitarias de la población que trabaja en los campos petroleros y en las nuevas regiones económicamente articuladas al flujo de capital.

Sin embargo, el salto más grande se da a partir de la muerte de Gómez en 1935. El 26 de febrero de 1936 se decreta el llamado Plan de Febrero, luego de grandes movilizaciones populares y huelgas, el cual en resumidas cuentas propone una reforma constitucional que abarque el desarrollo de la educación nacional, la higiene, la salud pública, asistencia crediticia para el fomento de la producción nacional, ampliación de las obras públicas y perfeccionamiento del ejército nacional (Pacheco, 1984). Ello se completaría con un plan de inmigración y colonización. En fin, se intenta introducir a Venezuela dentro de los circuitos de la modernidad, sustentándose con los nuevos caudales que produce la renta petrolera y evitando con esto el surgimiento de movimientos marxistas-socialistas que encaucen el descontento popular y el sentimiento de abandono de las masas por parte del Estado.

A partir de este momento y con la formación de los partidos políticos modernos, el lenguaje de la clase dirigente en materia de sanidad va encaminado a derrotar el abandono, la barbarie y domesticar a la naturaleza para los fines del desarrollo económico y convertir a Venezuela en un país moderno y capitalista (Tinoco Acevedo, 1987). Los cambios que se desencadenan en el país, la rápida urbanización que se va a ir desarrollando, fortalecerán esta idea, discurso y acción. Sin embargo, dentro de esta narrativa poco se tocan los casos de las enfermedades producidas por la contaminación generada por el nuevo modelo de desarrollo, que cada vez se va generalizando. Si bien las llamadas “endemias”, paludismo, fiebre amarilla, parasitosis, cólera; van cediendo terreno, aparecen y se recrudecen otras enfermedades vinculadas al estilo de vida moderno y la exposición a productos químicos nocivos por diferentes vías. Ahora son derrames petroleros, mechurrios, desechos industriales, contaminación del aire y sónica, entre otros, junto a radicales cambios en los patrones alimenticios (gaseosas, enlatados, etc.), los agentes de deterioro de la salud. Así, vemos como las enfermedades cardiovasculares y del sistema respiratorio, la diabetes, obesidad, cáncer, entre otras; van sustituyendo progresivamente a las viejas epidemias, sin que esto sea abordado como graves problemáticas de salud pública, y mucho menos vinculadas a los efectos del estilo de vida moderno. La modernización no desplaza la enfermedad, sino que modifica sus expresiones.

La política estatal sanitaria se intensifica en el llamado período democrático, en el cual mientras simultáneamente se pelea por el acceso a una porción mayor de la renta, se invierten enormes cantidades de esta en la modernización del país, de forma mucho más acelerada y monumental que la concebida en el Plan de Febrero y los gobiernos que siguieron sus lineamientos. La reforma agraria y la expansión del capital, incidirían en la necesidad de saneamiento del país; campañas masivas de vacunación permitirían la erradicación de la viruela a nivel global incluyendo a Venezuela. El famoso doctor Enrique Tejera habla en 1961 de un triunfo de la civilización sobre la muerte y la naturaleza (Archila Medina 1995). Este y otros factores incidirán en la explosión demográfica de las décadas siguientes.

En 1963, el paludismo se declaró erradicado luego de haber sido fumigados con DDT 600.000 km2 del territorio nacional. El personaje descollante del momento fue Arnoldo Gabaldón, fundador de la División de Malariología y de la cual fue jefe desde 1936 hasta 1950 (López Ramírez, 1995); empezando su actividad de fumigación con vertidos de petróleo en pozos y cursos de agua, que podrían servir de criaderos del mosquito anofeles, principal vector del paludismo (Vitae, 2003). Gabaldón se enfocó en una lucha para exterminar al vector de la malaria, más que generar una inmunidad o desarrollar tratamientos eficaces para la enfermedad; el enemigo era la naturaleza en sí misma. Las campañas de propaganda del gobierno mostraban las operaciones de saneamiento; fumigaciones masivas con DDT como la panacea y la fórmula mágica de salvar vidas; sin embargo estas fumigaciones han dejado consecuencias hasta la actualidad, pues el DDT es un agente de difícil disolución y se va acumulando con el paso de tiempo en las cadenas tróficas, afectando a los animales y a humanos por igual; generando efectos cancerígenos, disminución de la fertilidad, entre otros (Montilla y Alvarado, 2015); los cuales no han sido abordados y han quedado ignorados por las autoridades y quienes manejan el discurso modernizador. Esta empresa se llevó a cabo bajo el esquema de organización militar de quienes debían fumigar y atender a los enfermos y se vio, efectivamente, como una guerra contra la naturaleza, que se oponía al desarrollo y avance del hombre y la modernidad (Vitae, 2003).

Igualmente se observó un desarrollo de sistemas de cloacas, se articuló progresivamente un sistema de salud pública, y se vinculó el saneamiento del país y la prosperidad económica, gracias a los ingresos petroleros, con el crecimiento, el desarrollo y la modernización. Sin embargo, es importante notar que ese desarrollo se dio de formas muy desiguales, que aún se observan en las áreas urbanas sectores barriales que a duras penas cuentan con cloacas rudimentarias y a cielo abierto, en contraste con las áreas centrales y suburbios de personas de altos ingresos. Del mismo modo, se da una relación desigual entre el centro del país y la periferia; tanto en el sistema cloacal, como en el sistema de salud y la articulación de los establecimientos médicos, dispensarios y demás; denotándose un carácter discriminador producto de las relaciones de poder geográficas, de clases e incluso de raza y género.

Este proceso de saneamiento y prosperidad económica va a entrar en crisis. A finales de los años 80’s el modelo petrolero empieza a mostrar fisuras y se desencadena un declive progresivo, tanto en el ingreso de renta, como en sus posibilidades para impulsar el tan anhelado desarrollo. El Petro-Estado llega a sus límites y empieza a colapsar bajo su propio peso. La crisis desencadenada en esa década hará que el sistema de salud construido hasta el momento, entre en un proceso de desinversión y abandono progresivo, afectando principalmente las áreas rurales del país y la periferia de las grandes ciudades. Igualmente se verá el surgimiento del modelo neoliberal, que desde el gobierno y el sector empresarial, intentarán desplazar progresivamente al Estado de la atención a la salud pública, para llevarla al campo de la empresa privada y el enfoque de la salud-sanidad como un servicio. Esto provocaría un aumento de los efectos nocivos del estilo de vida moderno en la salud de los venezolanos, que a falta de la asistencia médica requerida, o su incapacidad para cubrir los costos de la misma, se verán abatidos por las “enfermedades de la modernidad”.

IV. Siglo XXI: colapso del Petro-Estado, disolución de la modernidad y crisis de la salud

El siglo XXI tiene como entrada un proceso de agitación política producto de la decadencia de la Venezuela petrolera y la crisis de la renta. En este proceso se instala el gobierno de la llamada Revolución Bolivariana, que va proponer variados cambios políticos para el país. Definir al chavismo se ha llevado enormes ríos de tina y abre un debate interminable que no es el fin de este espacio; sin embargo, nos limitaremos a mencionar que este fenómeno político aparece como reivindicador del Petro-Estado y con un discurso que apunta a su restauración, bajo el modelo tradicional socialdemócrata, en contraposición al modelo neoliberal que se había impuesto en las dos últimas décadas del siglo XX. Así, en el aspecto de la salud-sanidad, observamos que los gobiernos bolivarianos apuntaron a reconstruir un sistema de salud articulado, reiniciaron campañas masivas de fumigación en áreas rurales y urbanas, se crearon misiones como Barrio Adentro, destinadas a brindar un mayor acceso a la asistencia médico-sanitaria, financiada con el dinero proveniente de la fluctuante renta petrolera; sobre todo cuando se daría el tercer boom de los precios del petrolero. Un modelo extractivista, que como ya mencionamos, se encontraba agotado y en proceso de colapso, que apenas consiguió un respiro por los conflictos en el Medio Oriente y el importante crecimiento de China y los BRICS que aumentaron la demanda de hidrocarburos.

A partir del 2012, cuando el boom desaparece y los precios de los hidrocarburos empiezan a bajar, se observa un colapso general del país y del financiamiento del Estado y la economía, totalmente dependiente y atada a dichos ingresos. El Petro-Estado llega a su ruina final, aunque el fondo de su existencia sigue manteniéndose a todo trance, buscando respiros en diversas modalidades de negocios, mudando la obtención de renta y el enfoque extractivista del petróleo a otras fuentes de divisas. Observamos ahora el desarrollo agresivo de la minería en todo el país, sobre todo en el sur del Orinoco. Esto desencadena la aparición de enfermedades consideradas extintas, como el paludismo y la difteria; producto no sólo del colapso del sistema de salud-sanidad basado en el financiamiento del Estado, sino también por el avance de la frontera extractiva, invadiendo los territorios de la Guayana. El discurso neoliberal resurge en medio de la crisis, la salud es un servicio y sólo quienes puedan pagarlo tienen acceso al mismo, modelo que se va instaurando progresivamente, de manera extraoficial; incluso en hospitales públicos, donde los insumos deben ser costeados por los pacientes.

Se consolida la “derrota de la naturaleza” con la evidente y progresiva expansión de la frontera agrícola, la deforestación de enormes cantidades de bosques, como las selvas de Ticoporo; la conquista completa del territorio nacional, incluyendo regiones que anteriormente se consideraban impenetrables en los estados Bolívar, Zulia y Amazonas; todo lo cual ha incidido en el aumento del extractivismo.

En estos tiempos de crisis, el extractivismo ha tomado un nuevo rostro, un nuevo orden, aparentemente desordenado, al carecer de la concentración del Estado o grandes empresas matrices, como vemos en el Arco Minero del Orinoco, dirigido por sindicatos del crimen, grupos irregulares y empresas de fachada de grandes capitales.

Este avance extractivista en tierras que habían permanecido en “reserva”, y el franco deterioro del Estado, reflejado en la precariedad de los sistemas de salud, ha redundado en la reaparición de enfermedades consideradas erradicadas y de epidemias, aunadas a la ya existencia de las enfermedades del estilo de vida moderno, sumándose a otras nuevas producto de la intoxicación por los productos de la minería –como por ejemplo el mercurio, o bien los que se producen a raíz del colapso de la industria petrolera–; todo lo cual ha confluido con la nueva pandemia mundial de COVID-19.

Por lo tanto, la reflexión que este trayecto nos deja es sobre la necesidad de repensar la salud y la naturaleza, dejar de ver la segunda como un obstáculo para la primera y cambiar el chip “belicista” y positivista que aún se nota en ciertos círculos, buscar alternativas, sin desechar los criterios científicos que son fundamentales, pero que vienen cargados de un poderoso discurso ideológico desarrollista. En fin, buscar un balance que nos permita convivir con la naturaleza, en buen estado de salud y entender que hay barreras que ella misma tiene, para defenderse del extractivismo.

Descargue aquí el N° 4 de nuestra Revista Territorios Comunes

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