Los Cuidados y la Pandemia en Venezuela desde una mirada ecofeminista

Crédito Foto : ACNUR / Vincent Tremeau

I. Introducción

La profunda crisis por la que atraviesa Venezuela se ha visto intensificada por el macro-acontecimiento[1] de la pandemia global de la COVID-19. Las afectaciones sobre los tejidos sociales son múltiples, diferenciadas sexualmente y se producen en la confluencia del capitalismo patriarcal, el colonialismo y el racismo que caracterizan la crisis actual de los cuidados. La reproducción de la vida es posible gracias al trabajo de reproducción y cuidados de las redes de vidas que sostienen las mujeres y cuerpos feminizados. Un trabajo deslegitimado, feminizado, no remunerado en muchos casos y sustentado por visiones esencialistas sobre ellas, es decir que naturalizan la labor de cuidados como si fuesen biológicamente determinadas.

La crisis de los cuidados, en especial con la pandemia y el confinamiento obligado reciente, es una crisis que incrementa la invisibilización del trabajo doméstico necesario para la reproducción y el sostenimiento del sistema patriarcal capitalista, y que debe ser reconocido como “el más esencial que hay” (Federici, 2020a: s/p). Esta es una crisis atribuida a una pérdida de control de los Estados sobre la gestión del bienestar social y de pérdida de derechos de la “sociedad civil”- sus derechos a los cuidados-, de no reconocimiento, ni remuneración, de las economías de reproducción de la vida que realizan las mujeres y también del cuidado de las redes de vida en un sentido ético.

“La conceptualización de los cuidados en la región latinoamericana y caribeña proviene sobre todo de los análisis en torno a la división sexual del trabajo, el sistema reproductivo y el trabajo doméstico, nociones que tienen sus primeros planteos en el feminismo marxista y socialista. Las miradas en América Latina sobre los cuidados también han hecho un fuerte hincapié en el cuidado como uno de los elementos centrales de una economía alternativa y feminista pero también como un componente clave del bienestar social» (Clacso, 2020 s/p).

Para Batthyány (2020):

“Podemos rastrear al menos cuatro miradas analíticas en la región: una propia de la economía feminista, centrada en la economía del cuidado, una segunda más ligada a la sociología que coloca el debate en el bienestar social y en el cuidado como un componente del mismo. Una tercera mirada o abordaje que es cercano al anterior y que coloca el énfasis en la comprensión del cuidado como derecho y una cuarta que lo hace desde la perspectiva de la ética del cuidado que se sitúa más cercana a disciplinas como la antropología y la psicología social” (p.14).

Desde el punto de vista del análisis riguroso de la riqueza del campo de reflexión sobre los cuidados, estas perspectivas constituyen miradas ineludibles de una compleja realidad. Quisiéramos sumar perspectivas al debate, planteando la profunda relación que existe entre la crisis de los cuidados y la pauperización de la salud de los ecosistemas, los problemas de distribución ecológica, y los impactos de los conflictos ecoterritoriales sobre la vida de las mujeres, niñas y cuerpos feminizados. La poca visibilidad de esta perspectiva se encuentra marcada por una infravaloración, en la sociedad moderna colonial, de las relaciones de ecodependencia que se necesitan para la reproducción y sostenibilidad de las redes de vida. La retoma y análisis de esta dimensión apunta a la realización de una lectura sobre los cuidados que contribuya a visibilizar la relación entre sus diversas expresiones, más allá de una visión antropocéntrica, en el marco de la crisis civilizatoria.

Ante la consideración de la crisis global por la COVID-19, como una crisis multidimensional, no solo sanitaria sino además política, económica y ecológica, consideramos que desde una perspectiva ecopolítica feminista la relación entre la salud de los ecosistemas y las desigualdades y constricciones de los sistemas de cuidados, con sus efectos sexualmente diferenciados sobre mujeres, niñas y cuerpos feminizados, es relevante para evaluar los impactos de la pandemia en Venezuela.

Particularmente, quisiéramos proponer una lectura desde una postura ecofeminista a la crisis de los cuidados que atraviesan las mujeres en Venezuela para poder asomar algunas consideraciones que apunten a responder, ¿cómo afecta particularmente a las mujeres venezolanas la crisis de los cuidados, en el marco de la crisis socioambiental, política, sanitaria, económica compleja por la que atraviesa el país, agudizada por la pandemia de la COVID-19?

II. Los cuidados desde una perspectiva ecoterritorial y ecofeminista

El surgimiento del debate alrededor de los cuidados data desde los años 80 en los Estados Unidos, a finales de los 90 en Europa y más recientemente en Latinoamérica desde finales de los años 2000 (Araujo e Hirata, 2021). El mismo tiene una fuerte base fundante en la crítica de las economías feministas a los procesos de externalización sobre la reproducción social, del trabajo de cuidado y del trabajo doméstico y de subsistencia como trabajos no productivos sin valor económico:

“…el cuidado – mayormente no pagado y feminizado – y su lógica económica implícita es definido y devaluado por los economistas neoclásicos como el otro en el marco de las lógicas mercantiles. Este mecanismo refuerza los estereotipos y el establecimiento de jerarquías de género” (Wichterich, 2015:69)

De esta base inicial de problematización emergen diversos enfoques para el desarrollo del campo. Como se ha señalado, las perspectivas son diversas: desde el énfasis en las cadenas de cuidados, las consideraciones a las variables afectivas y psicológicas asociadas, y perspectivas de tipo filosófico que abarcan elementos éticos. Sin embargo, quedan un poco al margen, aunque con consenso en su importancia, lecturas de tipo integradoras de las dimensiones ecológicas para realización del trabajo de cuidados que den cuenta del cómo, además de la interdependencia entre los seres humanos que hace imprescindible el cuidado como ethos, los seres vivos somos ecodependientes. Tanto la reproducción social como la reproducción de la naturaleza, con sus formas de cuidados implícitas, son preocupaciones de los feminismos hoy en día. 

“El patriarcado es un orden de dueños y de soberanía”, y de autonomías agregaríamos, “sobre los cuerpos y sobre los territorios” (Segato, 2021: s/p) y plantea formas de acumulación que favorecen al capitalismo sustentadas en el trabajo invisibilizado, no remunerado y romantizado de la reproducción de la vida a través de las tareas de cuidados diversas.

El patriarcado es “el sistema de todas las opresiones, todas las explotaciones, todas las violencias, y discriminaciones que vive toda la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y la naturaleza, como un sistema históricamente construido sobre el cuerpo sexuado de las mujeres” (Cabnal, 2010:16).

Ante estas opresiones diversas se configuran espacios para re-existir[2] (Albán, 2013; Maldonado-Torres, 2017) que sobrepasan las comprensiones coloniales, modernas y desarrollistas sobre los modos de vida. Un ejemplo son los mecanismos de resistencia y sanación que se hacen para la defensa del territorio-cuerpo-tierra[3] (Cabnal, 2010), que coinciden con los planteamientos desde los ecofeminismos críticos, que señalan que la vida es posible por las relaciones de interdependencia (Ress, 2012) y sobre todo de eco-dependencia (Puleo y Blanco, 2019). Muchas de las cosmovisiones y ecosofías indígenas plantean un lazo indisoluble entre el ser humanidad y el ser naturaleza, en donde se entrecruzan las violencias sobre los cuerpos con las violencias sobre la tierra, como territorio histórico (Cabnal, 2010), de manera interconstituyente. Relaciones no exentas de tensiones.

Los ecofeminismos, en especial la corriente constructivista crítica, han profundizado los debates feministas sobre la crítica al androcentrismo y las lógicas detrás de la organización sexual del trabajo y de la naturaleza. La relación con la naturaleza también ha estado mediada por la distribución sexual del trabajo. Una consideración a tomar en cuenta es que para que el trabajo de reproducción ocurra existen una serie de trabajos asociados a los cuidados de los territorios para asegurar alimentación, agua, acceso a los comunes, entre otros mal llamados “servicios ecosistémicos”, por lo que cualquier tarea de reproducción implica un relacionamiento con la naturaleza en clara ecodependencia. Sin embargo, esta dimensión queda invisibilizada y usualmente relegada en la reivindicación de políticas necesarias para los cuidados.

Para la organización La Otra Escuela (2018) desde “una perspectiva transformadora”, los cuidados implican los cuidados del sí, los cuidados de la otra, los cuidados colectivos y los cuidados a los territorios. Al respecto señalan:

“El Cuidado del Sí, anclado al reconocimiento de las emociones, las necesidades y los límites desde la sabiduría del propio cuerpo (…) el Cuidado de la otra, centrado en las relaciones como parte constitutiva del cuidado desde la comprensión de humanizar la relación, tejer vínculos y el construir hacia propósitos comunes de relación (…) el Cuidado Colectivo, en él exploramos el cuidado como un eje fundamental de los grupos, procesos y estructuras en las que participamos o trabajamos y desde las cuales incidimos en transformaciones sociales y territoriales (…) en el Cuidado del Territorio apelamos a comprender el territorio desde una perspectiva decolonial y compartimos miradas de diferentes comunidades para entender y reflexionar a partir de los conflictos territoriales, formas de ejercer el cuidado y el Buen Vivir” (p.8).

Cuidar tiene en su etimología la palabra cura, y son sus usos, el primero en el sentido de cuidar algo o a otro y el segundo, en el sentido de curar o asistir (Guimarães e Hirata, 2021)[4]. Para Tronto (1993) el cuidado se refiere a todo cuanto hacemos para asegurar la sostenibilidad de la vida comprendiendo todo lo que realizamos para mantener, continuar y reparar nuestro mundo, que comprende seres, cuerpos y entorno, entrelazados en red.  Esta dimensión de redes y de cuidados de todo lo vivo remite a la sostenibilidad[5] (Carrasco, 2009; Pérez Orozco, 2011) de las redes de vida, y es central para entender la crisis civilizatoria; como señala Pérez Orozco: “poner la sostenibilidad de la vida en el centro significa considerar el sistema socioeconómico como un engranaje de diversas esferas de actividad (unas monetizadas y otras no) cuya articulación ha de ser valorada según el impacto final en los procesos vitales” (p. 32). Desde una perspectiva feminista indígena, se trataría no de un centro sino de una red de redes con muchos centros interconectados, más que una visión lineal.

Esta visión nos lleva a pensarnos las esferas de la vida asociadas a los cuidados. Por ejemplo, uno de los elementos fundamentales de la cadena de valor de los cuidados transformadores es la alimentación. Según la FAO (2017), el 80% de los alimentos que llegan a nuestros hogares son producidos por la agricultura familiar de pequeña escala, principalmente gestionada por las mujeres; esto implica que la salud también depende de ellxs y deberían ser considerados trabajadorxs esenciales desde una perspectiva de los cuidadxs, junto a las enfermeras y profesionales de la salud, trabajos principalmente ocupados por las mujeres y feminizados. Se denigra de la importancia de los cuidados en pro del mantenimiento de las estructuras de poder que mantienen a lxs élites privilegiadxs (Tronto, 1993).

El hacer y la poética desplegada del cuidar y ser cuidado generan múltiples formas relacionales de vivir que expresan nuestros vínculos vitales y el vigor de los mismos, incluyendo a la naturaleza y su valoración. No se trata de agregar una dimensión más, se trata de agregarle valor a lo que consideramos y hacemos para vivir, el trabajo de reproducción de “la trama de la vida” (Moore, 2020), darle importancia al “Común Reproductivo” y al “común territorio” (Vega, 2019), dotar de sentido a lo común, comunalizar, desde el proceso mismo de la reproducción de la vida.

“Las discusiones sobre lo común se producen igualmente en América Latina, en sus propias claves y con lenguajes singulares. Estas conectan con una tradición intelectual propia, vinculada tanto a las luchas recientes por la defensa de territorios y fuentes de vida colectiva como a elaboraciones teóricas acerca de las comunidades, lo comunitario y la comunalidad” (Ibíd., p. 2)

De esta manera, se apuesta por una consideración amplia sobre lo que se considera vida y de lo que incluimos, articulamos, en nuestros análisis sobre el “sostenimiento de la vida”, en esta dirección Vega (Ibíd.) señala que:

“los análisis revelan la estrecha relación entre comunes diversos cuando estos se miran desde la perspectiva de la reproducción ampliada de la vida. La atención a los cuerpos en el ciclo de vida no se puede entender al margen del aprovisionamiento y gestión del agua, el espacio habitable, la producción de alimentos o las condiciones ambientales para el resguardo de la salud, el bienestar y el territorio. Los conceptos reproducción y sostenimiento de la vida apuntan en esta dirección y sitúan la naturaleza, el espacio y, de manera particular, los cuerpos en el punto de mira” (p.60).

Igualmente, en otras valoraciones sobre los cuidados, cuando consideramos los cuidados del territorio, resulta urgente la denuncia sobre el avance de las actividades extractivistas depredadoras durante la pandemia. La deforestación, el avance de la frontera agrícola y del modelo agrícola tóxico agroindustrial, la instalación de actividades mineras, son sólo algunas de las actividades denunciadas por diversas articulaciones de mujeres de Abya Yala. Recordando una vez más que Latinoamérica es una de las regiones más peligrosas para lxs defensorxs de los derechos humanos y de la naturaleza (Global Witness, 2017).

Mientras a raíz de la Coronacrisis se hace inocultable el lado feminizado de la vida, es decir, cómo de las actividades y trabajos feminizados (de crianza, salud, educación, cuidado a adultos mayores, cuidado de los bosques y ríos, entre otros) depende la vida del planeta entero, la dependencia de los cuidados y las vulneraciones diferenciadas sexualmente en todas las dimensiones de reproducción y sostenimiento, el patriarcado, el capitalismo, el colonialismo y el extractivismo, imponen un orden que presupone la masculinización de los territorios, securitizándolos, militarizando la vida y haciendo intensivos los patrones de acumulación extractivistas. Extractivismo y patriarcado son dos caras del mismo orden de muerte en donde las violencias contra las mujeres y contra la naturaleza son violencias gemelas.

La defensa de los territorios también apunta a formas de violencias racializadas y diferenciadas sexualmente, como señalan diversas investigaciones desde los feminismos antiextractivistas por los bienes comunitarios (Fernández, 2019), los feminismos territoriales (Ulloa, 2016), comunitarios indígenas (Cabnal, 2010), y una enorme diversidad de organizaciones de Abya Yala, articulaciones como la Red Latinoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Sociales y Ambientales, la articulación de mujeres de la COICA en la panamazonía, El Movimiento de Mujeres Zapatistas, solo por nombrar algunas. A pesar de las complejidades que le son propias y las diversas perspectivas, quisiéramos mantener la mirada ecofeminista en tanto:

“fuerza social articulada en expresiones diversas. Una suerte de movimiento social que aparece ilustrado por una pluralidad de voces y sujetas. Y en tanto corriente de pensamiento y movimiento social, lo que tiene en común es que pone de manifiesto la afinidad que hay entre la opresión de las mujeres y la opresión sobre la naturaleza, que están conectadas en un esquema binario de dominación” (Svampa y Pascual, 2020: s/p).

De esta manera, en perspectiva ecofeminista sobre los cuidados es esencial, entre otros aspectos, considerar: 1) los cuidados de los territorios y del cuerpo-territorio como unidad indisoluble de relaciones ecosistémicas, esto es, fuera de la dicotomía naturaleza-humanx; 2) la complementariedad y valor de la comunidad para todos los cuidados, pero que debe ser cuidada en sí misma, en su tejido complejo relacional y; 3) mantener la mirada sobre la interdependencia pero también sobre la ecodependencia que sostienen las tareas de reproducción de la vida afectadas profundamente hoy en día por la precaria salud e impactos sobre los ecosistemas y las cadenas de representaciones de lo que son, como dice Pérez Orozco, las vidas vivibles.

III. Cuidados y pandemia en Venezuela

Venezuela atraviesa una de las peores crisis sociopolíticas, económicas y ecológicas de su historia. Existen estructuras, tramas y casos de corrupción que han quedado en la denuncia, sin investigación ni justicia, favoreciendo un desfalco económico sin precedentes blindado por la impunidad, junto a sanciones económicas sobre Venezuela implementadas por gobiernos extranjeros, al tiempo que el modelo monoexportador se viene al suelo con la caída progresiva de los precios del petróleo. La pandemia global ha dejado en evidencia cómo la fuerte desinstitucionalización de las estructuras elementales de bienestar social ha favorecido lógicas de securitización de la cotidianidad y del espacio público, formas económicas neoliberales autoritarias para el despojo y la ruptura de los vínculos relacionales elementales para los cuidados.

Se han profundizado lógicas de militarización de los territorios urbanos y rurales que tienen como actores tanto estructuras oficiales policiales y de seguridad, como un cuerpo de actores paraestatales y criminales como los llamados “sindicatos” de las zonas mineras o las redes de narcotráfico y trata de mujeres. La deriva tanto del gobierno como de las formas de gobernanza diversas de estos territorios es el autoritarismo, que es además un síntoma tristemente generalizado en la región que, junto al giro neoliberal de la economía y leyes de corte neoliberal de la década reciente en Venezuela, y los pactos con grupos fundamentalistas, hacen bisagra a cadenas de violencias profundamente patriarcales.

“Varias autoras están problematizando el neoliberalismo y su convergencia con formas autoritarias y violentas. A su vez, las formas neoliberales en regiones como América Latina implican un archivo clave sobre la violencia originaria del capitalismo. Estas cuestiones permiten animar la crítica al neoliberalismo con preocupaciones feministas sobre la dinámica moralizadora, financiera y desposesiva que arremete contra cuerpos y territorios” (Gago, 2020).

El endeudamiento, en sentido político y amplio no sólo como mecanismo sujeto a la esfera económica ortodoxa, es parte de la dinámica de invisibilización y externalización de los procesos que se requieren para poder recuperar el bienestar y la confiscación del buen vivir como horizonte político, en donde se transite de las políticas de los cuidados a los cuidados como políticas para el sostenimiento de la vida. “El proyecto neoliberal consiste, entre otras cosas, en la invisibilización y externalización de los procesos regenerativos esenciales para el bienestar, lo que ha destruido -sobre todo a través de las medidas de austeridad- nuestra capacidad de hacer frente a las múltiples crisis que genera” (Bruneau, 2021: s/p). La deuda de los cuidados es una deuda contraída por las élites patriarcales capitalistas, corporaciones y Estados tanto con las mujeres como con la naturaleza.

Estetransitar de las políticas de los cuidados a los cuidados como políticasno implica el abandono a la demanda al Estado y el capital a saldar la deuda patriarcal en este ámbito; implica una ampliación para considerar cómo además de los cuidados de personas en situación de dependencia –como niñxs, adultxs mayores o personas con discapacidad o con alguna enfermedad o condición especial–, cómo las formas de comunidad actuales sostenidas por las mujeres en los cuidados del sí, de la comunidad y de los territorios, son políticas también de los cuidados y requieren autonomía y condiciones para potenciarse y multiplicarse, sin obviar las tensiones de los procesos de reproducción de la vida de los entramados comunitarios (Gutiérrez y Salazar, 2015).

En Venezuela, luego de un período intensivo y vigoroso de disputa sobre la construcción de formas alternativas organizativas del poder popular[6], la experimentación y concreción tímida del proyecto comunal[7], o la fuerte experiencia cooperativista autónoma de pequeña escala que persiste[8]; las redes comunitarias, mantenidas principalmente por las mujeres, se han visto fuertemente golpeadas por el desmembramiento de familias y comunidades por la migración forzada[9], la pulverización del salario y las condiciones laborales[10], problemas de acceso a derechos básicos reproductivos como métodos anticonceptivos o educación, el saqueo a espacios comunales, políticas de exterminio en barrios populares[11], y programas asistenciales de alimentación de baja calidad que impactan la salud y no están anclados al fortalecimiento de la producción nacional[12]. En especial, en contexto de pandemia, los cuidados se han visto comprometidos por sistemas de doble o triple explotación con la educación en los hogares, sin conectividad efectiva o acceso a la tecnología en muchos hogares, la ausencia de un sistema de protección integral de la salud de los trabajadorxs y el avance de economías extractivistas masculinizadas como la minería que obligan la orificación de la vida (Buitrago, 2020). Hay una sobreexigencia sobre las economías no monetarias, domésticas y el incremento de procesos violentos de desterritorialización.

Hay un proceso de masculinización de la vida ante la promoción del desarrollo, sustentado en el despojo de los comunes por parte del Estado, el discurso alrededor de la recuperación económica a través de la minería (de datos, de oro, de tierras raras[13]), del turismo de lujo y de alianza con Estados denunciados por violencias feminicidas[14] o grupos fundamentalistas, antiderechos, ante los cuales se han pronunciado las organizaciones feministas[15]. Muchas defensoras de los territorios se han visto forzadas a emigrar o a declinar en sus apuestas de lucha ante la criminalización a defensores de derechos humanos, o los problemas intrafamiliares y violencias ecoterritoriales causadas por el avance de actividades extractivistas como la minería, la deforestación, el turismo de élites o el desalojo forzado que afectan sus territorios, su salud y redes comunitarias de subsistencia[16]. Ante el congelamiento y precarización de la economía, la salud, la educación, la alimentación[17], la salud de los comunes naturales y las posibilidades de vida, existen tres elementos que se conjugan en la pandemia: la subsistencia, la conflictividad social marcada por las protestas y el fuerte deterioro de los ecosistemas, todas ellas con una alta incidencia sobre las violencias contra las mujeres, niñas y cuerpos feminizados.

Se han realizado estudios e investigaciones en Latinoamérica (Bidegain y Calderón, 2018; 2020; ONU Mujeres y Cepal, 2020; CIM y OEA, 2020; Batthyány et al, 2020; Álvarez, 2021) y específicos en Venezuela (Avesa, 2020; Carosio et al, 2021), en especial bajo la perspectiva de la economía de los cuidados. Según la OIT, las mujeres tienen a su cargo 76,2% de todas las horas del trabajo de cuidado no remunerado (más del triple que los hombres). Todos los estudios sin excepción señalan la crisis de los cuidados y la gravedad de la misma para la región, con una tendencia a una crisis alimentaria global y el incremento de las violencias contra las mujeres y niñas, en particular en Venezuela debido al contexto socioeconómico, político y sanitario que precede a la pandemia. El comunicado del Grupo de Trabajo Cuidados y Género de CLACSO (2020) señala que “Más de la mitad de las mujeres trabajadoras en América Latina y el Caribe son trabajadoras informales, eventuales o se encuentran en condiciones de muy baja calidad de empleo. Ellas están más expuestas a perder sus ingresos durante esta pandemia, como consecuencia de las medidas de aislamiento social preventivo, y a la suspensión total o parcial de las actividades económicas”. En Venezuela esta situación se agrava con los factores de crisis anteriormente mencionados, sumado a la dificultad en el acceso al agua, electricidad[18], gas, o la movilidad básica y la violencia feminicida[19]. Aunado a esto, el extractivismo toma una deriva más autoritaria y agresiva, con un incremento hacia las actividades mineras y el agronegocio a pesar del contexto de pandemia (Teran-Mantovani, 2020)[20].

IV. Conclusiones

Una mirada ecofeminista y ecoterritorial sobre la pandemia y los cuidados en Venezuela podría contribuir, en un contexto extractivista, al replanteo de cuestiones básicas como  ampliar las miradas sobre las violencias sobre las mujeres y niñas; la visibilidad de las afectaciones estructuralmente coloniales, racistas y patriarcales que subyacen a las violencias ecoterritoriales, como violencias que afectan de manera diferenciada a mujeres y niñas, profundizando la crisis de los cuidados; y la caracterización crítica sobre la masculinización de los territorios y las condiciones para el ejercicio de los cuidados que evidencien los vínculos entre reproducción, cuidados y comunalización, procesos afectados por la desterritorialización y el despojo.

La multicrisis actual en Venezuela pareciera el síntoma de una enfermedad global originada por la imposición de un modo de vida depredador de los vínculos de ecodependencia. En su base representa una disputa ontológica (por el modo de estar en diversidad): hiperconsumo frente a los límites económicos-ambientales, imaginario desarrollista frente a formas de vidas sostenibles cooperativas, dependencia de los combustibles fósiles frente a la búsqueda de transiciones justas, el giro neoliberal y la imposición de una economía de subsistencia parecieran profundizar las tensiones. A pesar de ello, y con dinámicas de baja intensidad, se realiza la reproducción de la vida con sus redes en comunidades raizales, indígenas, campesinas, racializadas y precarizadas que se encuentran sitiadas por gobernanzas mafiosas[21]. Los principales problemas de los enclaves mineros replican los que se reportan en la literatura especializada latinoamericana, con décadas de estudios sobre megaminería, agronegocios, megaproyectos hídricos que, entre otros factores, favorecen: el racismo estructural, incrementan las violencias feminicidas, impidiendo los derechos a una vida libre de violencias para las mujeres y la redistribución, garantía desde el Estado y la comunización y redistribución de los cuidados.  

Pareciera entonces que la crisis de los cuidados en Venezuela, para las mujeres y niñas, en pandemia, ha resultado en una crisis de imposición de economías de subsistencia e insostenibilidad de las condiciones de vida, que hace que entronquen tanto la crisis en los sistemas de la organización social de cuidados como el colapso de la salud del tejido que permite una relación con la naturaleza para sus/los cuidados.

Urge la búsqueda de alternativas, narrativas y modos de vida por la sostenibilidad en sentido amplio, que sean posibles más allá del imaginario del desarrollo. Acercarse a aproximaciones desde el territorio-cuerpo-tierra, que se relacionen con lo que señala Federici:

 “Estamos concientizando que cuando perdemos nuestra relación con la tierra perdemos mucho más que un recurso económico. Como los pueblos de América lo han sabido desde siempre, cuando perdemos la tierra perdemos nuestro conocimiento, nuestra historia y nuestra cultura. Como Marx reconoció, la naturaleza es nuestro cuerpo inorgánico, una extensión de nosotros mismos. Así la muerte de la tierra es nuestra muerte. Cuando se corta un bosque, cuando se contaminen los océanos y cientos de ballenas llegan a la orilla de la playa, nosotros morimos también” (2020b:39).

Pasar de una perspectiva de las políticas públicas de los cuidados, que son necesarias y urgentes, a una perspectiva de los cuidados como políticas implica éticamente, en perspectiva ecopolítica feminista, que las relaciones de poder que han establecido el orden del Antropoceno/ Capitaloceno deben invertirse para procurar los cuidados de la diversidad, los cuidados para la sostenibilidad y los cuidados de los vínculos de vidas, “retomar el pacto con la naturaleza” (Shiva, 2020). Los cuidados como políticas requieren debatir el cómo los comunes son constitutivos para la reproducción de la vida y cómo se pueden procurar en tanto parte esencial de la salud de las mujeres.

Romper con el imaginario de la “Venezuela Potencia” y las enfermedades del desarrollo infinito, pasa por ponerse en compasión (cualidad fundamental para el ejercicio de los cuidados) del lado de quienes son afectados en su salud por la precarización de la salud de los ecosistemas. Implica considerar que las desigualdades sociales son producto de desigualdades ecológicas y que esta relación es proporcional a la salud de las comunidades feminizadas. Sin agua no hay agricultura, sin agricultura no hay alimentos, pero además los alimentos si no son sanos nos enferman. La redistribución del trabajo de los cuidados pasa por la redistribución con perspectiva de género del acceso y usos de la tierra, a los servicios públicos que se requieren para la salud sexual y reproductiva de las mujeres, pero recordando que no hay servicios públicos sin comunes, no hay agua “como un servicio público” sin fuentes comunes de aguas sanas. En este camino el ecofemisnismo, los feminismos comunitarios indígenas y los espacios de re-existencias y defensas territoriales frente a los extractivismos tienen mucho que aportar.

[1] En el sentido del acontecimiento monstruo señalado por Pierre Nora (1972) para señalar el acontecimiento como invasión de la vida del contemporáneo. “Propagado y fabricado por los medios de comunicación, se insinúa por todas partes y esconde la vida cotidiana, en el momento preciso en que el historiador lo excluye de sus preocupaciones en provecho de los fenómenos repetitivos y las estructuras”.

[2] En palabras de Albán: “Concibo la re-existencia como los dispositivos que las comunidades crean y desarrollan para inventarse cotidianamente la vida y poder de esta manera confrontar la realidad establecida por el proyecto hegemónico que desde la colonia hasta nuestros días ha inferiorizado, silenciado y visibilizado negativamente la existencia de las comunidades afrodescendientes. La re-existencia apunta a descentrar las lógicas establecidas para buscar en las profundidades de las culturas —en este caso indígenas y afrodescendientes— las claves de formas organizativas, de producción, alimentarias, rituales y estéticas que permitan dignificar la vida y re-inventarla para permanecer transformándose” (p.455).

[3] Para los feminismos comunitarios indígenas de Latinoamérica la conexión entre lo humano y lo natural, como un todo, se expresa en la forma en la que se viven las violencias socioambientales sobre los cuerpos feminizados, esto es el cuerpo-territorio, o cuerpa-territorio. De esta manera el territorio-cuerpo-tierra es noción ontológica, que surge de las ecosofías de las comunidades indígenas. Particularmente utilizada para dar cuenta de las violencias contra las mujeres de estas comunidades y de lo indisoluble del vínculo cuerpo (lo humano) y la naturaleza. La reflexión epistémica es atribuible a Lorena Cabnal, mujer maya xinka de Guatemala, y retomada por organizaciones de mujeres amazónicas, el Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, en Wallmapu, entre otras. Hoy en día el cuerpo-territorio y el territorio-cuerpo-tierra son nociones ampliamente utilizadas por los feminismos comunitarios, indígenas y populares de Abya Yala. 

[4] En el sentido de curar al otro, me gustaría resaltar cómo cuando en 2020 inicia la pandemia por la COVID-19, los pueblos indígenas y en especial las mujeres indígenas realizaron un encuentro global que denominaron Cura da Terra, que reflejaba esta noción implícita a la salud a través del cuidado. Con un juego discursivo expresaban así la contradicción fundamental de la modernidad que busca anular y romper el vínculo entre naturaleza y la humanidad y nos recordaban cómo a través de la recuperación de esta conexión es posible curarnos y promover una sociedad del cuidado. Disponible en: https://curadaterra.org/.

[5] “El concepto de sostenibilidad exige no sólo que la vida continúe en términos humanos, sociales y ecológicos, sino también desarrollar condiciones de vida aceptables para toda la población” Carrasco (2009).

[6] Una discusión a detalle se ha dado en Buitrago (2016).

[7] La construcción del proyecto del Estado comunal, como una forma de disputa con fuerte efecto especular desde abajo en relación al Estado, derivó en la conformación de consejos comunales y comunas, y un marco legal propio para estos desarrollos organizativos comunitarios. Hoy se mantienen pocos, algunos como espacios productivos, como el ejemplo emblemático de la comuna el Maizal en el estado Lara, y otros como meros espacios de gestión política de la distribución de alimentos subsidiados desde el Estado en alianza con el partido de gobierno.

[8] Cecosesola, con más de 50 años de historia cooperativista es una de las experiencias más fuertes de organización en Venezuela https://cecosesola.net/

[9] Carosio et al (2021) señalan que “Hay casi dos millones de venezolanas viviendo en diferentes países de América Latina. En su mayoría migrantes pobres que han salido del país por sus pies, se han incorporado muy precariamente a las economías en los países de acogida” (s/p). Muchas de ellas se insertan en el sector de los cuidados y trabajos feminizados. En la caracterización de esta problemática también es conveniente la revisión del informe de Acnur en Venezuela: https://www.acnur.org/situacion-en-venezuela.html

[10]  En Venezuela el salario mínimo es de menos de 2 dólares y la canasta básica alimentaria supera los 200 dólares. Al igual que en Latinoamérica, el sector salud y educativo descansan en los hombros de las mujeres, como señala la Cepal (2020): “La fuerza de trabajo en el sector salud está compuesta por multitud de profesiones y trabajos feminizados (enfermeras, auxiliares de enfermería, terapistas, bacteriólogas, personal de limpieza). Las mujeres representan más del 80% de las personas trabajadoras del sector. La mayoría de ellas cuenta con empleos precarios y bajos salarios, y son la primera línea de atención. Como se ha denunciado en muchos países de la región y del mundo, las trabajadoras y trabajadores no cuentan con los elementos de bio-protección necesarios para atender el creciente número de enfermos e infectados con riesgo para su salud, la de los pacientes, comunidades y familias”.

[11] Situación visibilizada ampliamente por organizaciones sociales como Surgentes, Provea, entre otros que denuncian ajusticiamientos y políticas de exterminio en barrios populares: No pararemos hasta lograr justicia – Surgentes, en: https://surgentes.org.ve/2020/08/26/no-pararemos-hasta-lograr-justicia/  

[12] Ver comunicado de la Campaña Venezuela Libre de Transgénicos (2018): https://semilladelpueblov.wixsite.com/semillasdelpueblo/comunicado-anti-gmo

[13] En Euronews por Manzanaro (2019), https://es.euronews.com/2019/08/14/que-son-y-quien-posee-las-reservas-de-tierras-raras-los-elementos-mas-codiciados-del-siglo

[14] La relación con el gobierno de Turquía es principalmente para el mantenimiento de programas de abastecimiento alimentario y los intereses sobre el oro venezolano. Véase: https://www.dw.com/es/venezuela-y-turqu%C3%ADa-una-nueva-alianza/a-47298858. Sin embargo, esta es una alianza patriarcal sostenida en el feminicidio denunciado por el movimiento feminista kurdo. Al respecto ver las campañas en apoyo al movimiento de mujeres kurdas: https://www.diarioarmenia.org.ar/mujeres-kurdas-lideran-una-campana-contra-erdogan-por-sus-politicas-femicidas/. Campaña 100 razones: https://100-reasons.org/

[15] Ver declaraciones de activistas por los derechos del la ONG Mérida Feminista y Caleidoscopio Humano (2021) para el medio el diario: https://eldiario.com/2021/03/22/comunicado-cev-contra-matrimonio-igualitario-aborto-antiderechos/

[16] El trabajo que realizamos desde el Observatorio de Ecología Política de Venezuela así lo refleja: no han cesado las denuncias de conflictos durante la pandemia y en entrevistas a mujeres y organizaciones de mujeres en enclaves extractivistas o comunidades afectadas por despojos, se ha constatado esta situación que vulnera especialmente a comunidades indígenas y campesinas, aunque tiene su correlato en la precariedad de los servicios en zonas urbanas.

[17] Los Comités Locales de Alimentación, CLAP, han paleado la situación alimentaria de hogares en situación de pobreza extrema. Estos programas de distribución de alimentos que se siguen garantizando a pesar de las difíciles condiciones económicas, sin embargo, son de muy bajo valor nutricional.

[18] Aixa López, presidenta del Comité de Afectados por Apagones, denunció que Táchira y Mérida están entre las entidades con más dificultades en materia eléctrica, con 18.519 y 13.218 fallas, respectivamente, en el mismo período de tiempo. Durante el año 2020 en el país se registraron 157.719 apagones, siendo el estado Zulia el más afectado con más de 32.000 cortes eléctricos. Disponible en: https://cronica.uno/en-2020-se-registraron-157-719-apagones-en-el-pais/. La grave situación de los servicios públicos ha derivado en protestas continuas en todo el territorio nacional a pesar de las limitaciones del confinamiento. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) registró 9.633 protestas durante 2020: https://www.observatoriodeconflictos.org.ve/destacado/informe-anual-situacion-de-la-conflictividad-en-venezuela-en-2020

[19] De acuerdo a las cifras levantadas por organizaciones e investigadoras feministas independientes como el monitor de femicidios de Utopix (en Venezuela no existen cifras oficiales desde 2016), en 2020 cada 33 horas la violencia femicida cobró una víctima. https://utopix.cc/pix/informe-anual-enero-diciembre-2020-256-femicidios-en-venezuela/

[20] “En Venezuela, en medio de la desastrosa crisis que se vive, el 8 de abril se promulgó la Resolución N° 0010 mediante la cual se autoriza la práctica minera de oro, diamantes y demás minerales estratégicos, en importantes ríos de la Amazonía venezolana, lo que supone una dramática expansión de las áreas de explotación en el marco del devastador proyecto Arco Minero del Orinoco” (Teran-Mantovani, 2020), decreto luego derogado ante las presiones y movilizaciones de las comunidades y grupos ecologistas.

[21] Como un ejemplo de estas dinámicas, en medio de la lógica de subsistencia, pero con autonomía, la Red de Cooperativas CECOSESOLA inaugura en plena pandemia la sala de parto humanizado en el centro de Salud Integral, que, con una visión holística y solidaria de la salud, presta servicios a la comunidad de Barquisimeto en el estado Lara.

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Liliana Buitrago

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