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Áreas protegidas en Venezuela: un historial de impactos (parte 2)

En este análisis especial para el OEP, el investigador Douglas Rodríguez-Olarte continua con el análisis del impacto que han sufrido las principales áreas protegidas del país a partir del estudio de dos casos emblemáticos

Continuamos con la serie que reporta aspectos de la historia natural y de los estresores ambientales en áreas protegidas a lo largo de Venezuela. Al igual que en casos previos, en este reporte se describen eventos naturales y ambientales en áreas protegidas del país. Las evaluaciones, que son generales, no sistemáticas y orientadas a la divulgación, se complementan con la combinación de mapas e imágenes satelitales, incluyendo secuencias temporales, para facilitar la comparación para el monitoreo y el manejo de los recursos naturales. Las fuentes bibliográficas y recursos técnicos son indicados al final del documento. En el siguiente mapa de Venezuela (Figura 1) se indican las coberturas incluidas en este reporte y los anteriores.


Figura 1. Mapa de Venezuela donde se indican las áreas protegidas incluidas en esta segunda entrega.

1. Parque Nacional Aguaro-Guariquito. Llanos centrales, Guárico

Con 585.750 ha el Aguaro-Guariquito (1974) es el parque nacional más grande de la región de los llanos de Venezuela. Es un parque representativo del gradiente de ecosistemas en los llanos centrales, donde los extremos del clima y de la vida se conjugan año tras año. El río Guariquito es el drenaje mayor del área y colecciona a las corrientes menores que fluyen por el parque, como el Mocapra, San Bartolo y el Aguaro; estos ríos a su vez reciben las aguas de tupidos morichales y sabanas onduladas. El río Guariquito es vía del tráfico fluvial y de encuentros en la frontera del parque, pero hasta el poblado de Garcitas, donde se une con un brazo difluente del Apure -río Apurito- y que bordea el parque hasta la desembocadura del Aguaro. Luego, el Orinoco está “ahí mismito”, según costumbre; en realidad, el Orinoco está a unos diez kilómetros por la ruta acuática.

Dentro del parque y al norte están las altiplanicies de mesas y lomeríos. Ahí son habituales las sabanas arboladas y estrechos cinturones de selvas de galería que bordean los ríos encajonados. Luego, la fisiografía es más baja y con planicies eólicas que se mezclan con campos de dunas, en su mayoría estabilizadas. Un extenso campo de dunas alcanza unas 40.000 ha el este del parque. Ya en el sector medio del parque y gracias a al contacto de la permeable formación Mesa con las arcillas de la formación Oficina, los suelos manan el agua que servirá de asiento a decenas de morichales y palmares anegadizos. Más abajo, la cobertura forestal se diversifica y expande, con parches de selvas inundables y de galería, así como de vegetación en bancos arenosos donde la inundación no llega. Algunos de estos parches selváticos tienen tamaños notables, incluso bajo su permanente reducción por la deforestación e incendios.

Al sur las lagunas de rebalse y cauces remanentes se entremezclan con diversas formaciones vegetales, ahí la inundación temporal se impone durante varios meses. Salvo algunas riberas elevadas, las aguas todo lo penetran, ahí todo fluye. Las áreas bajo la inundación en el parque van desde láminas someras, con algunas decenas de centímetros de profundidad en los congriales y saladillales, hasta espejos profundos con varios metros por encima de las planicies, de los árboles, de las casas. Esta inundación es parte activa del extenso delta interno del río Apure, una anastomosis donde se recogen, mezclan y filtran las coloridas aguas de los ríos llaneros, como el Apure, Arauca, Cinaruco y Capanaparo. La inundación es predecible y regional, esta se origina por el represamiento de las aguas llaneras gracias a la descomunal inundación que trae el Orinoco; no obstante, estas inundaciones no trastocan la vida y los ciclos de los seres del llano, pues estos han evolucionado y medran en medio de tales eventos.

Algunas fuentes indican cambios en la presencia (ocurrencia) de agua superficial en el parque y su entorno; esto es, en algunos lugares se ha detectado una menor o mayor inundación en los registros históricos. Para esto hay varias explicaciones y la mayoría son inconclusas: con causales desde los impactos humanos hasta el cambio climático. Para visualizar tales variaciones en las aguas se utilizó una plataforma digital y se observó la intensidad de cambio temporal en la presencia u ocurrencia de agua superficial. En la Figura 2 un incremento en la ocurrencia de agua superficial se expresó en color verde, una disminución en rojo y cuando no hubo cambio el color fue negro. Así, en la imagen predominan áreas de color rojo brillante y se entiende que estas tienen una menor ocurrencia de agua que otras con color rojo tenue; además, algunas se asocian con superficies quemadas. Aparte de las posibles relaciones, lo cierto es que hay una menor ocurrencia y disponibilidad de agua para los ecosistemas locales.


Figura 2. Variación de la intensidad de cambio en la presencia de agua [incremento: verde, disminución: rojo, sin cambio: negro] en el periodo 1984-2020 en el Parque Nacional Aguaro-Guariquito (https://global-surface-water.appspot.com/).

Los incendios en los llanos del Orinoco tienen una de las mayores frecuencias de ocurrencia en el país y una muestra está en los llanos centrales y el Parque Nacional Aguaro Guariquito. Las imágenes históricas, fuentes documentales y experiencias de campo sugieren que los focos de incendios y las áreas quemadas pueden cubrir más de la mitad del parque nacional en cada año. En tiempos de pandemia la tendencia incendiaria no parece ser diferente. En la secuencia de imágenes satelitales de la Figura 3 (diciembre 2020, febrero 2021, abril 2021 y junio 2021) se muestra la variación bimensual en la cantidad y distribución de los focos atribuibles a incendios de vegetación (puntos de calor o hotspots). Para lograr estas imágenes los satélites toman “instantáneas” del terreno cuando sobrevuelan el planeta, en ellas cada incendio activo se expresa por el centro de un píxel y este puede contener uno o más incendios de vegetación, pero también se detectan e incluyen otras anomalías térmicas, como las refinerías y mechurrios, pero esto último aún no ocurre en el Aguaro-Guariquito.

Regresando a los fuegos, en todos los días de diciembre de 2020, cuando el período de sequía fue casi pleno, los incendios se concentraron en las tierras elevadas del parque. En esos momentos el Aguaro y sus morichales desaguan las aguas más límpidas del llano. Ya en febrero (máximo de sequía) y abril (primeras lluvias) los focos de incendios se sucedieron de manera muy extensa, pero con menos frecuencia en las tierras elevadas del parque, quizá porque ya fueron abrasadas. Los incendios van más allá de la biodiversidad perdida y la liberación del carbono vegetal; estos modifican la estructura y productividad del suelo y la vegetación, exponen los terrenos a la erosión e incrementan el arrastre de sedimentos a los cauces. El perjuicio es para todos: en tierra se consolidan comunidades simplificadas con predominio de plantas pirófilas y oportunistas, mientras que los sedimentos destruyen el hábitat acuático de varias especies, reducen la diversidad biológica y favorecen las formas tolerantes.

Es muy preocupante reconocer que durante la sequía la cobertura de incendios o puntos de calor sea similar dentro o fuera del Parque Nacional Aguaro-Guariquito. Este es un buen momento para recordar qué son los indicadores de una gestión ambiental con pertinencia en la conservación.

Figura 3. Variación de los puntos de calor en los llanos centrales. Al centro el Parque Nacional Aguaro-Guariquito. Periodo diciembre 2020 y junio 2021 (https://firms.modaps.eosdis.nasa.gov/ )

En todos los días de junio de 2021, el mes con mayor precipitación y donde las inundaciones son cercanas al máximo, se detectaron solo cuatro puntos calientes dentro del parque nacional (Figura 3). Para junio el agua cubre las planicies, pero las trashumancias han cruzado las sabanas un mes antes. Han partido desde las queseras del Guariquito, el Apurito y el Aguaro y tienen rumbo norte, hacia las tierras elevadas y secas en las riberas fluviales dentro del parque nacional. Van las vaquerías por las sabanas aguachinadas y caminos invisibles, mientras que las vías acuáticas son remontadas por las canoas cargadas con familias, cerdos y perros, van con lo querido y lo necesario. Arriba seguirá el ordeño y la manufactura del queso blanco, abajo las aguas fertilizarán las planicies y las marañas vegetales darán cobijo a los peces jóvenes. Luego, las aguas amainarán, prediciendo el retorno de los rebaños y las nuevas siembras en las vegas saturadas; más tarde estas regalarán los algodones más blancos y frijoles mas bayos del Orinoco.

Escondidos bajo los pequeños cursos fluviales y lagunas están los mayores atributos de este parque nacional: una extraordinaria vida acuática. Los descomunales caimanes y las toninas son los vertebrados en las tierras bajas del parque y acaso aún habrán manatíes en la espesura acuática. Los peces son reconocidos por alcanzar una abundancia y diversidad muy elevadas. Se estiman unas 350 especies de peces en el área protegida y de las cuales unas setenta son de mucho interés en la pesca comercial, mientras que otras tantas decenas son pasión e inversión para los acuaristas. De esta variedad íctica y la alta productividad acuática en el parque están al tanto los investigadores y los pescadores. Los ríos son fatigados por los pescadores artesanales que persiguen codiciadas cachamas y bagres, que los hay dorados, rayados y valentones. La cosecha se nutre también de otras especies que antes eran desdeñadas cuando las más solicitadas tenían grandes poblaciones. Ahora, siempre se consigue venta para los caribes, tusos y mijes; incluso para los humildes chorroscos y guabinas. Sin duda, los cardúmenes han disminuido y la pesca sigue excesiva e indetenible.

Entre diciembre y marzo el paisaje es más agreste y los ríos tienen poca agua. Los peces están concentrados y son más frágiles porque viven en el trance final de la maduración de sus gónadas para reproducirse al inicio de la temporada de lluvias. Es en esos momentos cuando los pescadores, cazadores y turistas se multiplican exaltados por los preceptos de las fiestas religiosas y las promesas del paseo vacacional. La demanda de pescado salado se dispara y las pesquerías artesanales hurgan todos los meandros y lagunas. Para la Semana Santa se salarán las carnes de peces, pero también de babas y chigüires; es que esas faunas vienen del agua, pues.

Para complementar la desventura, en los meses de sequía los turistas llegan para poblar las riberas de ríos y lagunas con una densidad y actividad inusitadas. Pescan en demasía. Todos quieren y persiguen el trofeo y emblema del parque: el pavón tres estrellas y, eventualmente, el pavón cinchado, soberbios y grandes peces cíclidos que viven en las aguas más claras, desafían su captura y ofrecen el sacrificio de una carne excelente. A finales del siglo pasado todos los años se pescaban tantos pavones que los tamaños individuales se habían reducido sensiblemente; además, se pescaban pavones en áreas críticas donde estos construyen sus nidos, cuidan de sus larvas y con vigor rechazan intrusos y muerden los anzuelos.

Los meses de sequía en combinación con las temporadas vacacionales han resultado perniciosos para la flora y la fauna del parque nacional. Las playas arenosas son colmadas de carros, tiendas y quioscos; ahí los nidos de terecay y otros reptiles no escapan al saqueo y destrucción del hábitat. Cada año se abren rutas, carreteras y riberas para el acceso y la pirueta -enfangada o sumergida- mientras se asola la naturaleza. Un cúmulo de actividades prohibidas se suceden en sequía, incluso en medio de la propagandas gubernamentales y electorales, siempre aceitadas de joropo y reguetón. Son días y noches de leña e incendios, de pesca y cacería, de basura y estridencias. Desde luego, también son días muy difíciles para los guardaparques, quienes por misión y vocación conservan la biodiversidad.

2. Parque Nacional Rio Viejo. Llanos occidentales, Apure

Al occidente del estado Apure y muy cerca de la frontera con Colombia, está el Parque Nacional Río Viejo. La designación de esta área protegida parte de la desafectación de una enorme reserva forestal que cubría las Selvas de San Camilo (450.000 ha. 1961), la mayor de los llanos de Venezuela. De esta se delimitó una porción de unas 80.000 ha y por gaceta oficial de 1992 se decretó el Parque Nacional Río Viejo, el único de los llanos occidentales del país y, probablemente, el que casi nadie conoce y que muy pocos han podido visitar.

Desde las montañas de El Tamá y la depresión del Táchira descienden los ríos que han modelado las selvas de San Camilo, ahora parches relictuales. Por el norte del parque corre el río Uribante y será frontera del mismo por varios kilómetros (Figura 4), mientras que por el sur descienden cauces desordenados y entrelazados; uno pasará frente a El Nula, se llevará su nombre -y el recuerdo de sus masacres silenciadas- para convertirse en el río Sarare y atravesar el parque. Es ahí donde los pantanos, lagunas y madre viejas hacen enloquecedoras difluencias en los cauces. Así, el Sarare y el Río Viejo han deambulado unidos y separados por una extensa planicie inundable; ahí las corrientes se desparraman más a menudo que en el resto de las llanuras locales, como se observa en este siglo. Ya en la frontera oriental del parque se reúnen las aguas del caño Burguita, el Río Viejo, el Uribante y el Sarare; luego, este último va aguas abajo para regar, fertilizar e inundar las sabanas, incluyendo las riberas y calles de Guasdualito, antes confluir con el Uribante, o el legado de uno de sus brazos. De inmediato se le conoce como el Apure, un río legendario que domina las planicies llaneras hasta internarse en la anastomosis del Orinoco medio.

En el Parque Nacional Río Viejo las planicies inundables son muy dinámicas gracias a su baja altura y las inundaciones históricas. Son tierras de bosques inundables y de pueblos anfibios. La dinámica fluvial domina la región y los ciclos anuales predicen explosivas floraciones de plantas e insectos, esteros sumergidos y, desde luego, pueblos ribereños acosados por las aguas. Aún son reconocidas las trashumancias ganaderas que pasan por El Cantón en búsqueda de tierras elevadas cercanas al piedemonte en donde asegurar el pasto para los rebaños y las faenas queseras. Otro hito abrumador son las ribazones de peces que remontan los ríos en búsqueda de aguas frescas durante la sequía. Esos cardúmenes no suben solos, los acompañan y diezman pueblos enteros liderados por diestros pescadores que dan cuenta de coporos, rayados y chechecos en cantidades cada vez más preocupantes. Más tarde, las planicies se inundarán durante las lluvias y darán cobijo a miríadas de larvas de peces nacidas de aquellos que esquivaron las pesquerías y ahora descendieron y se reprodujeron durante las avenidas fluviales. Estos ciclos anuales son vitales para todos.

La dinámica fluvial es contundente y vertiginosa, esta puede observarse al oriente del parque nacional. En los 30 años que abarca la secuencia de imágenes satelitales aquí mostradas (1988-1998-2008-2018. Figura 4), el volumen de agua y las corrientes del río Sarare han transformado y desbordado las planicies. Las extensas superficies sumergidas quizá cubren unas 20.000 ha y forman un intrincado humedal, el cual debe tener una elevada productividad y variados servicios ecosistémicos. Como rasgo positivo, este humedal tiene la menor intervención aparente dentro del área protegida, obvio.

Figura 4. El Parque Nacional Río Viejo. Se muestra la variación histórica en la cobertura forestal, los cauces fluviales y la expansión de la frontera humana. El recuadro indica el campo petrolero La Victoria.

Otro es el escenario en las tierras más elevadas del Parque Nacional Río Viejo y en su entorno inmediato. La carretera Guasdualito – La Victoria bordea plenamente la frontera sur del parque y, como el heraldo de la frontera humana, se asocia con fundos y caseríos. Otras vías menores penetran y cruzan el parque. En todas las áreas con intervención humana se evidencia una reducción de la cobertura forestal durante el periodo 1988-2018. A grandes rasgos, la cobertura de los fragmentos de selvas detectados para 2018 acaso representen el 30% del registrado veinte años antes (Figura 4). La sabanización se extiende y los potreros son el rasgo predominante del paisaje.

La intervención en el parque nacional Río Viejo es extensa y diversificada. Aquí la presencia humana ha transformado ecosistemas acuáticos y terrestres. Eso sí, los satélites detectan pocos incendios durante el año; en contraste, en las áreas deforestadas se revelan complejos agrícolas con carreteras mantenidas, siembras mecanizadas y deforestación por lotes. El destino de la reserva forestal aledaña al parque tuvo la misma ruta que las otras reservas regionales, como Caparo y Ticoporo. En la secuencia de imágenes se evidencia una parte de la reserva forestal de San Camilo al este del parque nacional, esta perdió la mayor parte de su cobertura forestal, destacando sólo unos cuantos parches selváticos. ¿Qué había antes? Decenas de miles de hectáreas de apretadas selvas.

Aquí un aparte para la historia: a partir de 1950, los diferentes regímenes en Venezuela siguieron una línea gubernamental para la creación de reservas y la protección de los recursos forestales. Para 1995 se habrían declarado 10 reservas forestales en todo el país, estas acumularon unas 11.367.000 hectáreas, algo así como cuatro veces el parque nacional Canaima. Alrededor de un millón de hectáreas de esas selvas fueron declaradas reservas forestales en los llanos occidentales. Tiempo hace que la mayor parte de esas reservas forestales ha desaparecido. Sólo algunos relictos siguen escapando a la vorágine maderera, y esto gracias a la defensa por parte de sectores ambientalistas y académicos y acaso también por la temible e impune presencia de grupos armados. Ahí están los testigos, como el Parque Nacional Río Viejo y la Estación Experimental de Caparo, sin más ejemplos, que persisten bajo el permanente avance y amenaza de las colonizaciones agrarias, las incursiones empresariales y los abandonos administrativos. En realidad, los agroecosistemas y la sustentabilidad no están entre las aspiraciones primarias de los bandos políticos, los emporios industriales y las muchedumbres desarraigadas.

Sobre el parque se ciernen otras amenazas. Las exploraciones en el siglo pasado dieron cuenta de extensas reservas de petróleo al suroeste del estado Apure. El campo La Victoria fue descubierto en 1984 y para 2013 ya contaba con 60 pozos de extracción, así como una estación de flujo que concentra, adecúa y bombea el petróleo a la estación de Guafita, al suroeste de Guasdualito. La contrariedad radica en que parte del campo La Victoria está dentro del parque nacional Río Viejo; ahí están unos 20 pozos de perforación (Figura 5). En la imagen, donde la línea roja indica el límite sur del parque nacional, se evidencia el estado de intervención aparente de los ecosistemas dentro y fuera del área protegida. Se reconoce el Campo La Victoria, con la estación de flujo y los grupos de pozos de extracción. Fuera del parque, los grupos de pozos se asocian con los cauces trenzados de caños y del Río Viejo y algunos fueron construidos en cauces colmados de sedimentos, aun cuando hay tramos de cauces que se activan durante periodo de lluvias y que confluyen sus aguas con el caño La Ceiba, que es frontera del parque hasta que cambia su nombre por el de Río Viejo.

Figura 5. Sección de la frontera sur del Parque Nacional Río Viejo. Se muestra el límite del parque (línea roja), los grupos de pozos de extracción (polígonos blancos), la estación de flujo del campo La Victoria (polígono amarillo) y parte del cauce del Río Viejo (línea punteada) que luego será frontera del área protegida.

Siempre es preocupante la relación entre un área de explotación minera o petrolera con un área protegida. Una exploración del área de influencia del campo La Victoria sugiere que hubo una posible contaminación por efluentes de la estación de flujo y que se extendió por los cauces que luego son frontera del parque nacional. Como se muestra en la figura 6, al norte de la estación de flujo hay un canal de desagüe que proviene de una laguna de residuos o de estabilización; este termina en uno de los cauces colmados de Río Viejo y desde ahí se ha detectado una lámina de inundación, la cual se extendió considerablemente en los meses de sequía, hasta conformar grandes áreas inundadas. Los efluentes se extendieron hasta unos 1.500 metros aguas abajo y el conjunto de las áreas inundadas acumuló alrededor de 70.000 m2. Lo anterior genera inevitables preguntas.

Figura 6. Imagen ampliada de la estación de flujo del Campo La Victoria cercano al Parque Nacional Río Viejo. La línea roja indica la dirección de un canal de desagüe y las flechas rojas indican las principales láminas de inundación en un cauce colmatado. El tamaño de la lámina de inundación asociada al canal de desagüe se indica en metros.

Se conoce el efecto inmediato de los derrames de hidrocarburos sobre los ecosistemas acuáticos y ribereños. El hábitat viene a ser muy afectado, incluyendo la reducción del oxígeno disuelto, el incremento de dióxido de carbono, la reducción de nutrientes y, por supuesto, la pérdida de la diversidad biológica, que desaparece por intolerancia, asfixia y bioacumulación. La contaminación asociada con la actividad petrolera es noticia y denuncia permanentes en el país, pero aún hay casos desconocidos y poco documentados, y son menos los eventos evaluados y remediados adecuadamente. Desde la pasada década se han incrementado las denuncias y reportes por los derrames de petróleo dentro o que inciden en áreas protegidas, siempre con efectos deletéreos sobre los ecosistemas, hábitats y grupos humanos. Los parques costeros y lacustres, como Morrocoy, Turuépano y Ciénagas de Juan Manuel, reciben periódicamente impactos por derrames de petróleo. Pero aún son muchos los ecosistemas de relevancia ecológica que no están protegidos y sobre los cuales existen reportes de estos impactos, o incluso todavía no reciben la atención y el monitoreo necesarios para mejorar la restauración de hábitats y poblaciones, así como para sostener y proteger los servicios ecosistémicos y los modos de vida locales. Ejemplo de ello son los derrames periódicos en zonas de producción o refinación de hidrocarburos aleñadas a los campos petroleros de San Silvestre (Barinas) y Guafitas (Apure) o en ríos y morichales al oriente del país, como en Amana, Morichal Largo y Zuata, por ejemplo.

Douglas Rodríguez-Olarte

Colección Regional de Peces. Museo de Ciencias Naturales. Decanato de Agronomía. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, UCLA. Barquisimeto, estado Lara, Venezuela. Accesos: [email protected]; @faunario

Referencias

Las imágenes incluidas en esta serie provienen (con o sin tratamiento posterior) del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (custodio del indicador 6.6.1. ODS), Google Earth Engine (2021), DigitalGlobe 2022 y Global Surface Water Explorer (Pekel et al. 2016). Las fuentes parciales de esta entrega son:

  1. Aymard, G., & González, V. 2014. Los bosques de los Llanos de Venezuela: Aspectos de su estructura, composición florística y estado actual de conservación. Colombia Diversidad Biótica XIV: La región de la Orinoquia de Colombia, 483-532.
  2. Carpio, H. 2021. Naturaleza en llamas: 20 años de incendios en áreas protegidas de Venezuela. Prodavinci. https://prodavinci.com/naturalezaenllamas/
  3. Gaceta Oficial. 1974. Decreto 1.686 del 07/03/74. Declaratoria del Parque nacional Aguaro-Guariquito. Gaceta Oficial de la República de Venezuela. Nº 30.349. Caracas, 11/03/1974.
  4. Lozada, J. (2007). Situación actual y perspectivas del manejo de recursos forestales en Venezuela. Revista Forestal Venezolana, 51(2), 195-218.
  5. Madi Y., J. Vázquez, A. León y J. Rodrígues. 2011. Estado de conservación de los bosques y otras formaciones vegetales en Venezuela. Biollania Edición esp. 10: 303-324.
  6. Mantovani, E. T. (2016). Las nuevas fronteras de las commodities en Venezuela: un nuevo salto del extractivismo en el “tejido de la vida.” Ecología Política, 51, 60–65.
  7. Marrero, C., Rodríguez-Olarte, D. 2006. Notas sobre la alimentación y el hábitat de algunos cíclidos del Parque Nacional Aguaro Guariquito (Edo. Guárico – Venezuela). Acta Biológica Venezuélica. 26(1): 53-63.
  8. Pacheco, C., Aguado, I., & Mollicone, D. (2011). Las causas de la deforestación en Venezuela: un estudio retrospectivo. Biollania, 10(1), 281-292.
  9. Pacheco, P. 1998. Ecología reproductiva del Terecay (Podocnemis unifilis) en el Parque Nacional Aguaro-Guariquito, estado Guárico. Tesis de maestría Manejo de Fauna Silvestre y Acuática. Universidad de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora
  10. Rodríguez-Olarte, D., Taphorn, D. C. 2004. Aspectos de la ecología reproductiva del pavón tres estrellas Cichla orinocensis Humboldt 1833 (Pisces: Ostariophysi: Cichlidae) en el parque nacional Aguaro-Guariquito, Venezuela. Memoria de la Fundación La Salle de Ciencias Naturales. 161: 5-17.
  11. Taphorn, D., D. Rodríguez-Olarte, N. Hurtado y A. Barbarino. 2005. Los peces y las pesquerías en el parque nacional Aguaro-Guariquito, estado Guárico, Venezuela. Memoria de la Fundación La Salle de Ciencias Naturales, 161-162:19–40.
  12. Machado-Allison, A. (2017). La conservación de ambientes acuáticos: petróleo y otras actividades mineras en Venezuela. En: Rodríguez-Olarte, D. (Editor). Ríos en riesgo de Venezuela. Volumen 1. Colección Recursos hidrobiológicos de Venezuela. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA). Barquisimeto, Lara. Venezuela

Autor

Douglas Rodríguez Olarte

Colección Regional de Peces. Museo de Ciencias Naturales. Decanato de Agronomía. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, UCLA. Barquisimeto, estado Lara, Venezuela. Accesos: [email protected]; [email protected]

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