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¿Seremos capaces de ecologizar la Revolución Bolivariana?

Por: Nicanor A. Cifuentes Gil y Lenin I. Parra Montes de Oca Frente de Resistencia Ecológica del Estado Zulia. FREZ

No. 1 Revista Territorios Comunes

 

 

Desde el deseo de entender lo que forma parte del devenir político que asume el bolivarianismo, timoneando el Estado-Nación en la República Bolivariana de Venezuela, desde 1999 hasta el año en curso, hemos sido muy afines de las justas y necesarias políticas de inversión social que representan un cambio importante en el trato hacia la población venezolana toda. Esto es innegable, es plausible y merece el mayor de los respaldos, toda vez que se erige una nueva sociedad desde valores inclusivos que hacen contrapeso a la deriva maleva y globalizante del mercado internacional, al tiempo que tributan a la necesaria insistencia por el país, la matria y el mundo posible que anhelamos.

 

Donde nuestra inquietud se centra, ayer y hoy, con el Presidente Hugo Chávez y con el presidente Nicolás Maduro, es en esos episodios donde la inercia del mercado global corporativo obliga por varias razones a zanjar todo debate, toda propuesta y comienzan a desplegarse “modus operandi” o “dispositivos” que aspiran a limitar toda disidencia acusándola incluso de adversa al proceso revolucionario y aliada del poder hegemónico imperial.

 

Esto no es nuevo. Sin embargo, sigue inquietándonos pues para nuestro entender este repliegue por parte del Estado–Gobierno limita el acceso a la información vinculada a las dimensiones ecosistémica y sociocultural (que en nuestra democracia, que se precia de participativa y protagónica, es vital), configurando una tensionante realidad para todos aquellos que asumimos una postura crítica, propositiva y garante de la constitucionalidad que nos dimos desde el año 1.999, con el inédito y necesario llamado a la primera Asamblea Nacional Constituyente en tiempos de revolución.

 

Se entiende que el Estado no siempre ha de ser diáfano con su hacer y su aparataje político y económico, más aún si consideramos su herencia e inercia burguesa excluyente, soberbia y jerárquica. No obstante, frustra mucho el devenir cuando, ante escenarios de bipolaridad política[1] extrema, hacemos defensa de un proceso emancipador que no siempre es leal con los que levantamos las banderas de la custodia y salvaguarda de la matria bolivariana.

 

No se trata de desconocer los cambiantes escenarios de la economía y geopolítica internacional y sobre todo de sus impactos “a lo interno” de nuestro país, ¡No!; se trata de saber ver esos episodios donde las frases “Integridad Nacional”, “Seguridad de Estado”, “Soberanía”; “Progreso Nacional” están por encima de evidentes nudos críticos vinculados con denuncias sobre la cultura extractivista, misma que se erige desde los tiempos de la conquista española y desde el enquistamiento del período colonial hasta nuestros días. Entendemos que desde el más dialéctico y justo enfoque revolucionario, humano, deben dársele cabida a estos tensionantes “nudos” para no abonar más a la incertidumbre y puntuales desesperanzas que pretenden sembrarse, para horadar lo hasta ahora erigido juntos, en estos tiempos donde surgen nuevas identidades eco-políticas

 

Cuando desde la militancia ecológica, la lucha indo campesina, la militancia sexo genero diversa, se levantan propositivos espacios y tiempos para profundizar, comunalizar éticas y haceres verdaderamente libertarios e históricos, las más de las veces se contienen, se les coopta, se les diluye en el dilatado proceder de las interminables “mesas de trabajo” o en las más desesperantes frases asociadas a la minusvalía de tales colectivos versus la sapiente y suprema practicidad del Estado–Gobierno, que todo lo entiende pero que está urgido por otras ¿más vitales? coyunturas.

 

Suena ya muy de ingenuos aspirar a un revolucionario proceso de seguimiento de cada una de las rigurosas y justas propuestas que, emanadas del poder popular constituyente, oxigenarían lo que a momentos se esclerotiza y o “formoliza”[2] en el Estado–Gobierno. Estamos refiriéndonos a lo que se estanca en el dialogar entre lo constituido (con poder) y lo constituyente (con el anhelo transformador). Es en este pulso (que no debería ser tal) que, a nuestro humilde entender, se gestan difíciles y agravadas contradicciones que pudieran atizar despliegues inéditos, creativos, legales, de articulación y acción política que abonarían vitales episodios de crecimiento republicano.

 

¿Por qué aún el venezolano no tiene acceso a informaciones que en el corto y mediano plazo afectarán su cotidianidad e incluso la de su descendencia?; ¿por qué se distancia el Estado-Gobierno ante exhortos que develan y revelan lo lejos que aún estamos del encumbramiento vital del Poder Popular?; ¿por qué ciertos tonos en el discurso, en la praxis, llevan a entender que el Estado–Gobierno, pese a más de una década de pedagogía política, sigue intacto en sus resoluciones?

 

No se trata tampoco de direccionar toda la responsabilidad hacia el Poder Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Moral en el entendimiento de estos “lamentables divorcios”, de estos duros episodios tributarios de tensiones y malestares innecesarios para la defensa de lo que hemos construido durante el proceso revolucionario. Es clave también revisar-nos como sujetos políticos y entes históricos llamados permanentemente a “resolvernos en multitud” y a saber disipar egolatrías y metodologías caducas para dar cabida a efectivas formas de incidir en la “arena política” nacional, nuestramericana e internacional.

 

Se anhela, se desea, se milita, se conversa, se articula, se trasciende el dolor y lo que agrede al cúmulo de saberes que nos dan certeza en un mundo de incesante incertidumbre, y en ese “siendo” se van tensionando los enfoques y se van disipando las ingenuidades. Es allí, en la visibilización de estas tensiones donde, creemos fervientemente, nuestro Estado–Gobierno revolucionario ha de sincerar sus pesadas y paquidérmicas movilidades en escenarios de tecnocracia (burocratismo especializado) hartos padecidos por nuestra matria.

 

En la defensa de la revolución sabemos no ha sido efectivo, ni convocante hacia estadíos de resolución dialogada de conflictos socio-ambientales,  el infantil chantaje entre los que, desde un medidor de efectivos actos de heroísmo revolucionario, laceran y juzgan a la otredad apelando a un único y dogmático hacer en la revolución.

 

Lo que entendemos, desde la praxis docente y de acompañamiento eco-militante para la resolución de escenarios socio-ambientales conflictivos, es que como sujetos activos y amorosamente atizados por la actual y futura matria, aspiramos mantener diáfanos canales de comunicación de nuestras propuestas como poder constituyente para que la incidencia en el hacer cotidiano del Estado sea más que retórica (o gastada demagogia) y mute en diálogo movilizador y en praxis cotidiana capaz de re-direccionar, re-orientar duras e inerciales tendencias modernas ancladas en la idea del despojo territorial, en la abierta sordera a las voces que claman una praxis otra en estos temas medulares, así como en la obtención de divisas extranjeras para el fisco nacional comprometiendo de manera creciente un patrimonio ecológico y cosmovisionario indígena tan desconocido como revitalizador de nuestra identidad.

 

No es tiempo de escamotearnos ni de desempolvar viejos alfabetos de la soberbia. Es una imperativa de este tiempo la lucidez y la “poiesis” que sepan pedagogizar los más graves momentos que estamos llamados, entre todos y todas, a superar invictos. Abonando desde inercias burguesas las sorderas ya conocidas y padecidas de un Estado–Gobierno, perdemos todos y gana la farsalia del fascismo internacional que es el brazo armado del coloniaje expoliador de elementos naturales.

 

Por tanto, nos convoca una unidad que sepa reflexivamente entenderse diversa y tolerante de tantas taquicardias que nos urgen a dar solvencia inmediata a las graves problemáticas que como nación se nos presentan.

 

Esto que anteriormente comentamos abona para el debate reflexivo sobre la relación del Estado-Gobierno con las bases sociales eco-militantes; sin embargo, es pertinente puntualizar que lo que ha prevalecido en este vínculo es, la más de las veces y sin ánimo de reduccionismos innecesarios, la cooptación consciente e inconsciente (diríase inercial) de importantes grupos ecologistas a nivel nacional que en su contundente exposición de conflictos socio-ambientales a ser asumidos de manera integral y efectiva, son convocados a dinámicas que desestructuran en la práctica todo envión correctivo o crítico de políticas ambientales por parte del Estado-Gobierno. No en vano se han activado en los últimos años importantes aportes referidos al debate sobre el cambio climático o la salvaguarda de las más importantes cuencas hidrográficas a nivel nacional, sin que esto sea una política robusta y modélica a ser considerada por los más diversos factores con incidencia en el tema ecosistémico nacional. Lo coyuntural y efectista atizado por la dinámica polarizada/polarizante, tributa más a escenarios electorales y propagandísticos que a efectivos y profundos haceres en salvaguarda del patrimonio ecosistémico nacional.

 

Nuestra humilde experiencia en la dimensión eco-militante nos permite dar cuenta de no pocos eventos que suelen, la más de las veces, nuclear e imantar a importantes fuerzas de este movimiento a escala regional-nacional hacia relevantes tareas de: a) reforestación, b) defensa y reproducción de semillas de especies vegetales autóctonas, c) voluntariado en defensa de especies animales en situación de calle o, d) las más exigentes tareas (en escala geopolítica – ecosistémica) de salvaguarda de importantes hectáreas de territorio biodiverso y sociodiverso[3]. Logramos ver y compilar con rigor en este acompañamiento, que no se evidencia un seguimiento por parte del Estado-Gobierno que sea capaz de asumir las propuestas que se generan en ese diálogo, el cual creemos necesario y edificante de una sana praxis gubernamental orientadora, pedagogizante, preventiva… ¡¡¡revolucionaria!!!

 

Por ello el título de este escrito nos convoca a interrogarnos en pluralidad, sin exclusiones de ningún tipo: ¿seremos capaces de ecologizar la Revolución Bolivariana? Toda vez que los escenarios conflictivos están sin duda en creciente y alarmante aparición en toda la matria venezolana. Creemos que la interrogante tiende a generar una polémica que pensamos debe aprovecharse para saldar grandes deudas con una narrativa indetenible desde el Estado-Gobierno, vinculada con el fervor y la praxis revolucionaria basada en principios que tributen a la materialización de un Ecosocialismo, donde prive la reciprocidad entre los habitantes de las ciudades y regiones no urbanizadas del país y donde la producción agroalimentaria no esté divorciada de la salvaguarda efectiva e integral de nuestras frágiles cuencas hidrográficas. Sin embargo, lo que vemos en la cotidianidad es una notoria dependencia científico-tecnológica que acrecienta una brecha de dependencia con países marcadamente interesados (por diversas vías) de nuestros elementos naturales abundantes y poco defendidos. Así mismo, advertimos una silente y parca actuación por parte del Estado-Gobierno en debates, en situaciones que en cuanto a lo minero-extractivista, en cuanto a la verdadera soberanía nacional, resultan a todas luces lesivas para ésta y las subsiguientes generaciones a habitar el país.

 

Pensamos, sin incerteza alguna, hay que ecologizar en clave ecosocialista este accionar de los movimientos ecologistas nacionales para que existan canales de participación nada cooptados y sí eficaces en la corrección de evidentes desviaciones, donde priva la interesada, oscura y nada revolucionaria tecnocracia política que, desde la burocracia ralentizadora y refractaria, invisibiliza los más relevantes y vitales esfuerzos de protección de la vida diversa, tropical y frágil de nuestro país.

 

Se trata pues de un exhorto a la “mutación” de la situación en la que, en los actuales momentos en que redactamos estas líneas, parece estar estancado el debate ecosistémico en la construcción de la Revolución Bolivariana, donde aún privan lesivas prácticas al patrimonio ecológico y cosmovisionario indígena, afrodescendiente y campesindio y donde no hemos todavía iniciado un debate riguroso y de revitalizante esfuerzo para revisarnos como nación auspiciante del cambio climático a escala planetaria, toda vez que nuestro más grande producto de exportación es el petróleo, combustible fósil altamente incidente en este peligroso fenómeno.

 

Zanjar, evidenciar y resolver estas brechas, estos pulsos dilatantes, refractarios entre el Estado-Gobierno (siempre a la defensiva) y el de los movimientos ecologistas nacionales (poco dados a la insistencia y acomodados a la resistencia y a la contraofensiva la más de las veces) es tarea fundamental para reorientar los años porvenir, donde sabemos se acrecentarán las demandas demográficas sobre nuestra geografía vital y donde es menester hacer un viraje que en términos de efectivas políticas públicas se deje permear (sin esnobismos ni sectarismos patéticos) de un entramado de razones sentipensantes, realmente en claves ecosistémicas  vinculadas con la necesidad de no desvincularnos más de la naturaleza que nos incluye.

 

No perder de vista que esto no es un “lunar” propio, endémico de nuestra geografía atizada por hegemones voraces de nuestros recursos energéticos y minerales, sino que estamos también en un contexto de alcance global donde el imperio estadounidense llega a su evidente desmoronamiento (fase de mayor virulencia y dependencia energética) y se reposicionan países emergentes con economías también capaces de fagocitar nuestra biodiversidad, si no concretamos eficaces e integrales medidas y esfuerzos de alcance nacional para evitarlo.

 

Esta necesidad de ecologizar la revolución cabría para un mundo sobrecalentado expuesto a inerciales y paleo-técnicas visiones de seguir moviéndose a partir de extracciones, erosiones y aniquilamiento del patrimonio ecosistémico global. Será el tiempo pues de fomentar otras tecnologías y aprovechamiento de energías más limpias, más frías que abundan, para regocijo y desafío científico tecnológico, en el trópico biodiverso y equinoccial que nos define.

 

 

El Arco Minero del Orinoco atiza las alarmas de la organicidad eco-militante nacional

 

Ante el tema minero que se “motoriza”, hace falta más claridad tanto del Estado–Gobierno (y sus socios en el mentado Arco Minero del Orinoco), como del poder popular que milita en la “trinchera ecológica”. Aquí, sin duda, el más emblemático dilema que nos lleva a interrogarnos y a asumir el desafío de “ecologizar” la Revolución Bolivariana. De allí que nos preguntemos: ¿Qué país requiere hipotecar su suelo, sus bosques, su agua, sus cosmovisiones indígenas para poder agilizar una determinada ganancia de divisas que tributen a la inversión social? ¿Qué sociedad se erige desde el financiamiento que proviene del quiebre bio y sociodiverso del 12 % del territorio venezolano? ¿Acaso sabemos como pueblo lo que está en juego cada vez que se firman acuerdos, se establecen alianzas desde el proceder coyuntural conceptualizado en el burocratismo especializado (tecnocracia), más enemigo del debate, del diálogo y el reconocimiento de errores?

 

A esto nos referimos, con una sed inmensa de saber todo lo que se muestra y publicita desde el Estado–Gobierno, y lo que no. Acceso a lo que se negocia en todas las dimensiones del extractivismo vinculado a la obtención de divisas, para y desde el reconocimiento, poder resolver lo difícil de esta coyuntura. Esto debería llevarnos a sincerar lo que somos y seremos como matria emancipada, y decimos “matria emancipada” pues la narrativa y praxis bolivariana deben estar en una dimensión coherente a prueba de estos desafiantes análisis que pretendemos posicionar con mayor fuerza y desde múltiples voces.

 

Si celebramos la independencia, y la historia enseña a quienes diligentemente la escrutan y la gozan sensiblemente, debemos estar a la altura de estas luchas que recuerdan, más allá de la retórica, desde la lectura de los sistemas ecológicos que nos incluyen, que la minería no es opción de futuro pues socava la territorialidad (tangible e intangible) que sostiene la vida perdurable que ahora tenemos (y la que aspiramos tener).

 

Debemos pues, según lo entendemos, hacernos de más información para corresponsablemente hacer salvaguarda de un patrimonio biodiverso y socio cultural que la evolución y las dinámicas humanas asociadas a ésta han configurado en esta zona puntual del orbe, que por delimitaciones político–administrativas, pertenecen a la República Bolivariana de Venezuela, donde es menester interrogarnos integralmente, de nuevo: ¿seremos capaces de ecologizar la Revolución Bolivariana?

 

En ánimo de no zanjar el debate, es tiempo de destrabar las dificultades que impiden el diálogo entre el Estado-Gobierno y el poder popular ecologista, para trascender torpes y nada efectivas visiones reduccionistas de un tema que, de no entenderse amplia y detalladamente, terminará tributando a la larga lista de experiencias de expoliación natural y humana. Experiencias donde las “externalidades” del quehacer voraz minero las asumimos y padecemos nosotros y el disfrute de la explotación y comercialización mineral (aurífera y coltanífera fundamentalmente) la usufructúan los ya consabidos consorcios multinacionales, hoy “disfrazados” en este ‘Motor Minero’ poco debatido y poco sincerado por un Estado–Gobierno que, proviniendo del poder constituyente originario, se precia de revolucionario.

 

Finalmente, concluimos con nuestras ganas de destrabar lo conflictuado de ambos procederes: el del Estado–Gobierno y el del poder popular ecológico nacional. El primero, obligado a ser diáfano y coherente con su visión política y económica en transición al socialismo y el segundo, en su definición de poder ser capaz de incidir desde rigurosas propuestas tendientes a reconfigurar (o detener si es el caso) este proyecto minero asumiéndose parte del sistema que, en clara interacción, deje también de sumar más incertidumbres al diálogo que urge.

 

La ecología nos enseña a ser conscientes de la importancia de cada forma vital, sensible, que interacciona con el sistema ecológico que lo incluye. Desde esta lección escucharemos cada voz que ayude en corresponsabilidad a revelarnos visiones y haceres que sumen solvencias y no fraccionen más la quebrada, tensionada e incierta vida que hacemos ahora juntos. De allí la fundamental ayuda de la ecología política en este periplo.

[1]  La bipolaridad política está referida al pendulante y no siempre homogéneo proceder de un Estado Gobierno que alza banderas de inclusión y participación cuando se trata de las temáticas más relevantes de alcance nacional pero que también es capaz de monopolizar desde un celaje, la más de las veces inentendible y harto limitante, la participación popular y sus rigurosas denuncias sobre desviaciones en el proceder revolucionario.

[2]  Cuando hablamos de “formolizar” nos referimos al químico empleado en la conservación de organismos vivos con la idea de metaforizar el rigor mortis que deriva de las formas conservadoras y en nada flexibles que contienen el envión propositivo y dinamizante del poder constituyente.

[3] Donde se encuentran importantes cuencas hidrográficas amenazadas por el irracional esquema economicista de extracción minero-carbonífera (nor-occidente del Estado Zulia) o la declaratoria de nuevos y ampliados Parques Nacionales (Parque Caura en el sur de Venezuela).

Organización multipropósito que orientada a la visibilización y estudio de las desigualdades e impactos socio-ecológicos que se generan a raíz de la transformación e intervención de la naturaleza, y al apoyo y acompañamiento de luchas socio-ambientales en el país